Viaje al paraíso

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Sin dejar de masturbar mi verga con una mano, llevas la otra a tu boca y chupas muy sensualmente uno de tus dedos, sin dejar de mirarme. Vuelves a introducirte la cabeza de mi pene en tu boquita y al mismo tiempo me penetras el ano con el dedito que empapaste de tu saliva. Cuanto más profundo introduces tu dedo en mi cuerpo, más adentro introduces mi pene en tu boca. Y cuanto más me oyes gemir de placer, más intensos se hacen tus movimientos.

El sonido poco a poco va metiéndose en mi cabeza y sacándome del profundo sueño en que aún estoy sumido. ¿Qué ocurre? Apenas abro un poco los ojos y me deslumbra la luz que entra por las ranuras de la persiana a medio bajar de mi ventana. ¡Y ese ruido! Constante, repetitivo. ¡No, por favor, otra vez no! Todos los domingos lo mismo. ¿No hay nadie en este maldito barrio que vaya a esa iglesia a decirle al viejo cura que nos toca los cojones con sus jodidas campanas de mierda todos los domingos por la mañana?

No puedo evitar esa ráfaga de mal humor. Tengo la cabeza embotada, resacosa. Hace calor. Tendré que pensar en cambiar la programación del sistema de calefacción, ya no es necesario calentar tanto, llegó la primavera y pasaron los rigurosos fríos del invierno. Retiro la sábana hacia abajo y aprecio la dulce suavidad del roce del satén sobre mi piel. Eso me calma un poco.

¿Qué ocurrió anoche? Entre brumas recuerdo que hubo una fiesta en la casa de no sé muy bien que amiga de no recuerdo qué compañero de trabajo. Si, eso es. Una bonita casa, grande, lujosa, mucha gente, un enorme jardín, una piscina iluminada, comida, música, alcohol. Mucho alcohol. Debí regresar tarde, sin duda. Y seguramente bebí mucho, demasiado, como vengo haciendo últimamente cada vez que salgo, es decir, dos o tres veces por semana.

Otra de las cosas que voy a tener que cambiar. Oigo el delicado sonido que produce un cuerpo resbalando por entre las sábanas de satén. ¡Pero… yo no me moví!

Me doy la vuelta y descubro tu presencia. ¿Quién eres? Me das la espalda. ¿Qué haces en mi cama? Lo primero que me llama la atención es tu pelo, negro, liso, en una melenita corta, a lo Cleopatra, ese tipo de peinado tan femenino y que tanto me gusta. La mitad superior de tu cuerpo está descubierta, desnuda. Avanzo la mano, la coloco sobre tu delicado hombro y lo acaricio suavemente, haciéndola bajar despacio por tu espalda. Tu piel tiene la suavidad de la seda, es dulce y tersa. Me confieso a mi mismo que ya hacía mucho tiempo que no experimentaba tal sensación al acariciar, mucho tiempo que mi mano no tocaba un cuerpo tan tierno y dulce.

Sientes mi caricia y te das la vuelta. Tu preciosa carita queda a pocos centímetros de la mía y puedo ver el maravilloso color azul de tus ojos entreabiertos y aún cargados de sueño. ¡Oh, que joven eres, pareces una niña! ¿Cuál es tu nombre? En mi cabeza se enciende una lucecita, como una pequeña alarma, y me pregunto cual puede ser tu edad, esperando que al menos tengas dieciocho años, y dándome cuenta de que lo que es seguro es que no tienes más de veinte.

Tu mirada se clava en mis ojos. ¿Qué ves tú en la mía? No lo puedo saber, pero, ¿sabes? No me importa en absoluto. Porque lo que ves en ella, sea lo que sea, provoca en ti una hermosísima sonrisa, amplia, fresca, franca. Una sonrisa que ilumina tu virginal rostro y provoca que olvide todo temor por tu joven presencia, que desaparezca toda ira por las replicantes campanas, que quedé como petrificado ante tu tierna belleza y sonría también. Acaricias mi cara con tu dulce manita, con una delicadeza infinita, y de tu boca sale, sonando poco más que como un dulce susurro un… “Hola.”

No me atrevo a decir nada. No me atrevo a moverme. Mi mirada empieza a resbalar por tu piel, descendiendo por la hermosa forma de tu cuello. Veo tus pechos. Deliciosos. Tus pechos que, en contraste con el resto de tu cuerpo, menudo y delgado, son voluminosos. Espléndidos, coronados por unos tentadores pezones, anchos y oscuros. El deseo de besarlos, de rozarlos con mis labios y la lengua suavemente, e introducírmelos dentro de la boca para saborearlos es inmenso. Pero no me atrevo a hacerlo. Solo retiro un poco más la sábana y sigo mirando y admirando tu cuerpo… tus brazos, tu barriguita, tu delicada cintura, tu bajo vientre cubierto por el casi inexistente tanguita negro, tus muslos…

Mi deseo se enciende, crece y se manifiesta de manera incontrolable. Vuelvo a mirarte a los ojos. Tu sonrisa sigue iluminando tu carita, aunque ahora tiene una expresión un tanto picarona. Esa expresión mezcla de feminidad satisfecha y deseo que manifestáis las mujeres cuando sabéis que tenéis al hombre rendido ante vuestra diabólica belleza. Sin duda la expresión que tenía Eva al hacer morder la manzana a Adán.

Nuestras bocas se van acercando la una a la otra, poco a poco. Cuando se encuentran los labios y sentimos mezclarse el calor de nuestros alientos, los ojos se entornan y nuestros cuerpos resbalan sobre la sábana, buscándose el uno al otro. Nos abandonamos a la creciente intensidad de nuestro beso y fundimos en un abrazo que me provoca una incontrolable y violenta descarga de ternura y deseo.

Mis manos comienzan a explorar tu cuerpo, rozándolo delicadamente, como si temiera poder estropear tu delicada y dulce piel con mis caricias. Lo recorren entero, descubriéndolo y adorándolo, para finalmente venir a detenerse sobre tus pechos, acariciarlos más intensamente y pellizcar y apretar suavemente entre las yemas de mis dedos tus duros pezones.

Por tu parte, una de tus manos se hundió en mi pelo y acaricia mi cabeza. La otra bajó por mi cuerpo acariciando mis hombros, mis bíceps, mi pecho, mi vientre, y continuó su descenso hasta llegar a mi sexo y encontrase con mi pene, erecto, duro, ardiente de deseo, que con exquisita delicadeza empiezas a acariciar con la palma de la mano, sintiéndolo quemarte la piel, y después agarras más fuerte con tus tiernos deditos y comienzas a masturbar, despacio, con suaves movimientos de arriba abajo que me provocan tal sensación de placer que no puedo evitar dejar escapar un intenso gemido. También tú gimes sintiendo la caricia de mis dedos sobre la delicada tela de tu tanga. Nuestras bocas dejaron de besarse ante la imperiosa necesidad de expresar nuestro intenso placer con esos gemidos.

Vienes a colocarte sobre mí, siento el ligero peso de tu cuerpo sobre el mío, frotas tus tiernos senos contra los músculos y el vello de mi pecho, gimiendo suavemente, sintiendo mi pene duro pegado contra tu vientre, acariciando mis brazos, desde los hombros y bajando por ellos hasta que nuestras manos se encuentran y entrelazan. Besas mis labios, los mordisqueas, besas también mi barbilla y mi cuello, que imagino un poco rasposos por la naciente barba, pero tus besos son cálidos, intensos, me hacen cerrar los ojos y abandonarme completamente a ti, dejarte hacer, como un adolescente tímido e inexperto se abandonaría al saber hacer de una amante madura y experimentada. A pesar de que, en nuestro caso, soy yo el que, seguramente, te doble la edad.

Sigues bajando, me besas el pecho, me acaricias con la punta de la lengua, haciéndome de nuevo sentir flotar de placer. Continúas tu descenso. Siento tus pechos rozar mi pene y atraparlo entre ellos. Al mismo tiempo, de un rápido movimiento, haces deslizar tu tanguita por las piernas y te lo quitas, abrazas una de mis piernas con las tuyas y colocas tu sexo húmedo contra mi piel, apoyándolo fuerte y frotándolo intensamente. Mi movimiento reflejo y mi suspiro te comunican el intenso placer que siento colocado entre tus senos y comienzas el más sensual de los movimientos, lento, cálido, sin detener tu descenso, continuando hasta que es tu dulce boquita la que entra en contacto con mi inflamado glande, febril de deseo. Lo besas y lames dulcemente, dándole suaves caricias con tu delicada lengua, al tiempo que acaricias todo mi pene y mis testículos con tu mano, sin dejar de moverte y rozar tu sexo contra mi pierna, haciéndome vivir y sentir un placer increíble.

Me miras a los ojos, intensamente, una mirada mezcla de inocencia y puro vicio, que me hipnotiza, me hace perder toda capacidad de decisión, toda voluntad propia, todo control. Sin dejar de masturbar mi verga con una mano, llevas la otra a tu boca y chupas muy sensualmente uno de tus dedos, sin dejar de mirarme. Vuelves a introducirte la cabeza de mi pene en tu boquita y al mismo tiempo me penetras el ano con el dedito que empapaste de tu saliva. Cuanto más profundo introduces tu dedo en mi cuerpo, más adentro introduces mi pene en tu boca. Y cuanto más me oyes gemir de placer, más intensos se hacen tus movimientos.

El deseo bruto, animal, empieza a ganar terreno a la delicadeza y la ternura inicial. Tu boca acapara una buena parte de mi sexo y lo chupa intensamente. Tu dedito sigue penetrándome, cada vez más profundamente y tus piernas se van abriendo más y más. Abrazándome con ellas, vuelves a subir deslizándote sobre mi cuerpo, acariciando cada centímetro de mi piel, lamiendo las partes más sensibles con la puntita de la lengua y jugando con mi vello entre tus deditos. Poseída por el deseo, gimiendo, subes más y más hasta que, apoyando las manos contra la pared, haces llegar tu sexo hasta mi boca. Separas las piernas lo más que puedes y mis labios comienzan a besar tu suave, dulce y casi completamente depilado coñito. Lo beso saboreando tu delicado y tierno sabor a deseo y entrega.

Acaricio tus nalgas, firmes y suaves, apretándote más contra mí para poder lamer mejor tu sexo y sentir en mi boca tu humedad, tu calor. Lo acaricio con la lengua, de arriba abajo, lo lamo intensamente, tomo tu clítoris entre mis labios y lo chupo con fuerza, como si quisiera absorberlo del todo dentro de mi boca, y lo lamo con la punta de la lengua, con un movimiento rápido e intenso. La humedad creciente de tu sexo, tus movimientos y tus intensos suspiros, me confirman que mi deseo de proporcionarte placer se está realizando plenamente.

Eso me anima y continuo mis caricias, intensificándolas, haciéndolas más profundas, hasta que tu placer se hace tan intenso e incontrolable que un fuerte orgasmo sacude todo tu cuerpo. Intento prolongar al máximo la intensidad y duración de tu orgasmo continuando con las caricias de mi lengua sobre tu sexo durante y después del mismo.

Cuando cesan los temblores de placer de tu cuerpo y tus músculos se relajan un poco de nuevo, vienes a buscar mi boca y nos fundimos en un nuevo beso. Nuestras lenguas se rozan con ternura y sensualidad, nuestras manos se pierden entre nuestros cabellos y nuestros sexos se rozan. El mío sigue excitado al máximo y deseoso de penetrar tu adorable cuerpo angelical, pero me obligo a esperar que recuperes el aliento tras el intenso orgasmo que acabas de disfrutar y que pase el tiempo necesario para que el deseo vuelva a insinuarse en ti.

No me haces esperar demasiado. Al cabo de solo unos minutos, que pasamos abrazados y besándonos, vuelves a buscar mi pene para acariciarlo con tu delicada manita. Lo sientes grande y duro. Lo agarras más fuerte y lo colocas sobre tu sexo. Juegas con él, moviéndolo contra tu coñito que vuelve a humedecer, frotas la punta hinchada contra tu clítoris y gimes de placer. Sigues jugando así un par de minutos más haciéndonos a ambos sentir el deseo dispararse, invadir todo nuestro cuerpo y no pensar ya en otra cosa que no sea en poseernos físicamente el uno al otro. Colocas la punta de mi pene a la entrada de tu sexo y comienzas a sentarte sobre él. A empujar hacia abajo, hacerlo entrar en tu sexo estrechito pero muy mojado, sentirlo invadirte y llenar toda la vagina y no paras hasta quedar completamente empalada.

Te quedas quieta durante unos segundos, erguida, con los ojos cerrados, los brazos levantados y agarrando tu cabeza por detrás, la boca entreabierta y suspirando de placer. Yo observo tu magnífico cuerpo, tus pechos tersos y levantados, tu vientre plano y bronceado, tu carita de niña lujuriosa abandonada al placer que le proporciona mi penetración. Mis manos vienen a acariciar tus también morenos y duros muslos mientras que las tuyas vuelven a apoyarse contra la pared dejando tus pechos a poca distancia de mi boca, pero inalcanzables a mis labios.

Empiezas entonces un suave movimiento de cabalgada sobre mí. Despacio al principio, lo vas intensificando poco a poco, excitándome de manera salvaje e intensa con tus gemidos y el movimiento de tus pechos. También tu deseo crece y, tras unos minutos de suaves movimientos preliminares, colocas tus manitas sobre mi pecho y comienzas a moverte más deprisa, a cabalgar más fuerte sobre mí.

Yo, poseído por el deseo y el placer, agarro fuerte tus nalgas y acompaño tus movimientos con empujones ascendentes, provocando que, cuando nuestros movimientos se sincronizan, mi verga venga a entrar completamente dentro de ti, fuerte, casi con violencia, clavándose por completo en tu cuerpo, hasta el límite, hasta que físicamente es imposible entrar más adentro y aún así, tan poseídos estamos por el deseo, seguimos empujando más y más, con fuerza.

Oigo tus gemidos, veo tu maravilloso cuerpo sobre mí y siento tan intenso placer que sé que no voy a poder aguantar mucho más.

También tú estás al borde del éxtasis. Cuando mis manos tocan y aprietan tus pechos, las tuyas vienen también a acariciarlos y te pellizcas entre las yemas de los dedos la punta de los pezones, gimes y cabalgas sobre mí casi descontrolada. Bajas a buscar mi boca y comenzamos a devorarnos mutuamente. A comernos nuestras lenguas y a lamernos la cara. Nos abrazamos y damos la vuelta.

Quedo entonces sobre ti, me empiezo a mover rápido, fuerte, clavándote de nuevo mi pene entero en cada embestida y, a los pocos segundos, nuestros gemidos se convierten en gritos, nuestras caricias en arañazos, y casi perdemos la consciencia ante la intensidad del fortísimo orgasmo que sentimos prácticamente al mismo tiempo.

Quedamos inmóviles, abrazados, intentando recuperar el sentido, volviendo poco a poco a la realidad. ¿Cuánto tiempo? Vienes a acurrucarte contra mí y yo te acojo entre mis brazos, abrazándote y apretándote contra mi cuerpo.

Quedamos acoplados, como dos cucharas, tu cuerpo menudo casi desaparece dentro de mis brazos y solo se oye el ruido de nuestras respiraciones aún agitadas. Nos abandonamos completamente y en silencio a ese estado de felicidad pura y de paz, viviendo intensamente ese viaje al paraíso que estamos compartiendo y sumiéndonos en un delicado sopor que sin duda nos conducirá a un dulce sueño.

Cuando siento que me duermo mi inconsciente me hace abrazarte más fuerte, como queriendo impedir que puedas desaparecer, sintiendo el temor, la terrible angustia, de que cuando despierte ya no estés aquí y compruebe que todo esto, en realidad, no fue más que un sueño.

Autor: Antal

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Escrito por Marqueze

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