Mi mujer y yo rondamos los 45 años y por asombroso que parezca, ya casi cumplimos 20 años de matrimonio. Tenemos 3 hijos varones, 2 de ellos ya comenzaron la universidad y solo tenemos al menor en casa aún. Vivimos una vida muy tranquila en las afueras de la ciudad, alejada de su tráfico y sus ruidos. No tenemos televisión en casa, aunque tenemos un monitor que utilizamos.
Tengo un gimnasio en casa y solo salgo a ejercitarme a una pista de atletismo dentro de una pequeña universidad cerca de casa. Estoy completamente en forma y fuerte, mido 1.85 metros y peso 88 kilos, mi piel es morena y soy velludo por todo lado, uso una barba no muy alineada y el pelo algo largo, tampoco suelo cepillarlo, así me gusta.
Mi mujer es una flaca, lleva una dieta vegetariana desde que la conozco y a pesar de dar a luz 3 hijos, es una flaca como una adolescente. Practica un tipo de misticismo hindú, porque estudió en esa región del mundo. Toda su filosofía de vida gira alrededor de su creencia y me gusta, porque le hace una persona muy relajada, habla calmadamente y nunca alza la voz. Físicamente, mide 1.70 metros y está baja de peso, siempre ha sido así. Usa el cabello muy largo, aunque ella sí lo cepilla, su color es casi dorado. También gusta de usar sus vellos corporales al natural, es decir, que rara vez se recorta o depila sus axilas y pubis. De vez en cuando va a un lugar para arreglarse los vellos faciales y las piernas, no es mucho, porque en esas zonas no tiene mucho vello. Sus axilas y pubis sí son muy llenas y copadas de vellos, y muchas veces muy largos.
Llevamos una vida sexual placentera y de mucha confianza. A veces bromeamos con alguna persona que aparecen en una revista, por la calle o las películas. Nos preguntamos mutuamente, si nos atrae o nos gusta. Lo hacíamos en broma hasta que una vez se tornó el tema hacia lo serio. Suelo salir a correr algunas mañanas a la pista que mencioné, allí acude también una señora más joven que nosotros. No paso de saludarle, aunque es muy guapa. Corre en leggins, top sin mangas, lentes oscuros, muy linda en verdad; está algo pasada de peso y tiene unos pechos que se ven preciosos y grandes. Me atraen sus pechos, porque mi mujer casi no tiene (32A). Le conté a mi mujer, que a la pista llega una señora muy atractiva. Me preguntó cómo era y le dije que era bajita como de 1.60, algo chubby, rostro muy lindo que siempre usaba lentes oscuros, tenía algo de abdomen, piel blanca, piernas gruesas y unas nalgas para ser admiradas. Ella se echó a reír y me dijo, es todo lo contrario a mí. ¿Qué color de cabello? Es negro. Y me dijo, ves que es lo contrario a mí, es bajita, gordita, hace ejercicio, pechos y nalgas grandes y cabello negro. ¿Te gusta mucho? No supe qué contestar sin herirla. Me atreví a decir que me causaba morbo por el tamaño de sus pechos. Mi mujer se reía como si no le diera importancia. Durante los días posteriores, cada vez que hacíamos el amor, mi mujer me decía «imagínate que soy ella, que soy pesada y tengo esas grandes tetas». Se subía sobre mí, me cabalgaba como loca y ambos terminábamos intensamente. Ese juego nos gustó hasta llegar al punto de hablarlo seriamente.
– ¿Te excitas imaginándote que eres ella y me haces el amor?
– No, lo que ocurre es que me provoca imaginar que tú le haces el amor. Quisiera verte hacer el amor a alguien, pero que yo te diga quién.
– ¿Es en serio? ¿Estás segura?
– Sí, quiero ver cómo le haces el amor a otra mujer. Si te permito hacerlo, ¿tú me dejarías probar otro hombre?
– Ah, por allí va la cosa. ¿Te ha gustado otro hombre?
– No es eso, solo que nunca he tenido sexo con otra persona que no seas tú. Me da mucho morbo escuchar algunas conversaciones de amigas con sus maridos.
Luego de pensarlo unos días, ambos acordamos permitir unos cuernos. Yo pedí que me permitiera explorar, si podía conseguir a la mujer que corría. Mi mujer salió al paso y me dijo que ella le traería a casa para no alzar sospechas, porque probablemente ella tenía marido.
– Ganaré su confianza, le traeré a casa. Creo que conozco al marido y no me interesa para mi turno, solo le convenceré para ti y tú me permitirás escoger otro hombre.
Al cabo de varios meses, ellas eran grandes amigas y conocimos a su esposo. Aquella mujer resultó ser una presentadora de televisión y no lo supimos antes, pues no tenemos tv en casa. Resultó ser una mujer algo famosa, muy jovial, muy abierta de mente, muy fuerte de personalidad. Al pasar los meses, mi mujer me dijo lo siguiente.
– ¿Estás listo? Ella lo está.
– ¿¡Cómo lo has logrado!?
– Cosas de mujeres. Ella no sabe que intentarás seducirle, sino que piensa que nos verá hacer el amor. Le hablé tanto de ti, que me confesó que le gustas físicamente y le he causado morbo describiéndole tu pene de 19 cm y gordo. Le seduciremos y tú le harás el amor.
Esa noche casi no dormí imaginando cómo sería aquél encuentro.
Al llegar el momento del encuentro, yo vestía vaqueros y una camisa de botones. Mi mujer vestía un vestido de verano de una pieza sin mangas. La invitada llegó también vestida de verano con unos cortos naranja y una blusa blanca sin mangas. Nos sentamos a platicar, los 3 estábamos nerviosos y mi mujer salió adelante.
– Bueno, hemos venido para algo, no para plática esta vez. ¿Quieres pasar a la habitación o aquí está bien?
– Vayamos a la habitación, quiero ver cómo lo hacen en lo íntimo.
Nos sentamos sobre la cama, la invitada frente a nosotros. Mi mujer comenzó a comerme a besos y tocar mis pectorales. Desabrochó mi camisa y dejó ver mis pechos musculosos con mis tetillas excitadas. Me abría las piernas y tocaba el pene sobre el pantalón. Con voz sensual, dijo «¿lo tienes duro para mí solo para mí o también estás pensando en ella?». Entendí el juego y le respondí «siempre lo he tenido duro solo para ti, pero quiero que ella lo vea…también lo puedo compartir». Vimos sus ojos admirados y sus manos temblorosas. Mi mujer desnudó mi miembro venoso que estaba completamente erecto, lo tomó en sus manos y le dijo «¿quieres un poquito?, no pasa nada, tienes mi permiso». Tímidamente, la invitada se acercó, tomó mi tronco desde la base y buscó mis bolas. Terminé de desnudarme y ambas me acariciaban el miembro, se lo compartían para tocarlo. Busqué los labios de la invitada, le metí la lengua hasta la garganta mientras mi mujer le quitaba el sostén para liberar esos enorme pechos. Una vez los pechos quedaron libres, aquella mujer se sobresaltó al sentir mis fuertes manos apretando cada una de sus tetas; me incliné para mamar sus pezones oscuros hasta que se pusieron como pequeñas torres levantadas. Mi mujer le bajó el corto y la dejó a mi merced. La senté totalmente desnuda sobre mí, abrí sus piernas y sin más preparación se la metí toda. Pujó y me dijo «eres un animal». Fue lo último que dijo, cuando comencé a metérsela y sacarla como locomotora, mis vellos y bolas se empaparon de sus mieles vaginales. No le solté las tetas de mis manos ni mi boca, terminaron rojas de tanto succionarlas y levantarlas. Su corrida fue de gritos, pujidos, gemidos y lloriqueos, no artículó palabra. Le dejé ir toda mi leche dentro. Mi mujer ser comía las uñas de nervios y excitada. Aquella invitada se sacudió como animal en brama…

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