Gigoló

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Notaba su pene duro a través de la ropa, su respiración cada vez más excitada, reprimiendo su impulso de dejarse llevar por el deseo sexual. Se lanzó con toda su pasión, hambriento de mí, descontrolado, y yo, cual marioneta sólo podía sentir, gozar y abandonarme en sus brazos, gimiendo de pasión.

Allí estaba yo, una mujer madura, caminando hacia su casa desbordada por un deseo incontrolable. Ansiaba sentir sus labios sobre mi piel, sus brazos abrazando mi cuerpo y su pene duro a través de la ropa, prometiendo unos momentos de placer indescriptible.

Sólo de pensar en ello notaba el flujo humedecer mis braguitas y un estremecimiento profundo recorría todo mi cuerpo. El simple recuerdo de los momentos en que había estado con él, en que me había poseído salvajemente, encendía mi pasión y mis perversiones más ocultas.

Deseaba arrodillarme ante él, entregarme totalmente a sus deseos más salvajes y gozar de esa pasión descontrolada hasta perder el sentido de la realidad. ¡Cómo deseaba a ese hombre! Su sola presencia me anulaba totalmente, me hacía sentir el impulso de arrastrarme a sus pies e implorarle que hiciese conmigo lo que quisiese…

Ni yo me lo creía, ¿cómo podía sentir eso? ¿Qué clase de pasión arrebatadora podía doblegarme de esa manera? ¿A mí? No alcanzaba a comprenderlo, pero en el fondo me daba igual cual fuese el origen de esa pasión, sólo quería gozar con él, vivir sus deseos y sus perversiones intensamente.

Caminaba lentamente, reprimiendo mi impulso de correr hacia su puerta y lanzarme en sus brazos, como si en el fondo quisiera sufrir un poco más esa distancia que me separaba de la lujuria, disfrutando en cada paso de nuestros recuerdos y regocijándome en el sufrimiento de mi propia represión.

Mi lento peregrinar acabó ante esa barrera silenciosa que escondía tras de si a esa persona, a ese hombre joven y apuesto, que había conseguido descubrir en mí, mis deseos más perversos, deseos, que ni yo conocía y que fueron fluyendo poco a poco impulsados por esa lujuria morbosa que él despertaba en mí.

Tras el sonido del timbre, unos segundos de espera y la puerta se abrió lentamente. Allí estaba, tranquilo, impasible, mirándome fijamente. Empecé a temblar. Deseé con todas mis fuerzas que no se me notara, no sé si lo conseguí, pero empecé a caminar hacia él ansiosa, expectante, sin saber cómo iba a empezar…

¡Como me gustaba ese momento de incertidumbre! Cerró la puerta despacio, alargando mi agonía, mi deseo, mi ansiedad por sentirme suya, como si él también gozase con mi propia incertidumbre. Mientras cerraba, nuestros labios se iban acercando poco a poco, cerré los ojos dejando atrás la realidad, entregándome a ese hombre que me hacía gozar como nadie.

Oí como se cerraba la puerta, notaba su aliento cerca de mis labios, muy cerca, casi rozándolos. Sus manos empezaron a acariciar mi cuerpo, despacio, sin prisa, casi sin tocarlo, hasta subir a mi rostro. Abrí los ojos y nos miramos intensamente, sin mediar palabra. Acercó sus labios a los míos, despacio, gozando cada centímetro y me besó dulcemente. Aún conociendo la relación que nos unía, sentí su cariño a flor de piel, cálido, protector.

Otra vez volvió a sorprenderme, esperaba un arrebato de pasión desenfrenada y me ofreció cariño y dulzura. Me besó despacio, dulcemente, arrancando hasta el más mínimo ápice de voluntad en mí, embriagándome con su cariño, consiguiendo que perdiera toda noción de espacio-tiempo.

Siguió besándome por la cara, en el cuello, mientras acariciaba mi espalda, hasta que, de pronto, y cómo si hubiese llegado al límite me abrazó con fuerza, dejando ya rienda suelta a su pasión. Yo estaba totalmente descontrolada, temblaba como una hoja seca a merced de una tempestad, absolutamente embriagada por el placer.

Me cogió por la mano y me llevó hacia la habitación. Una vez allí, volvió a besarme dulce y largamente, mientras sus manos iban despojándome de mis ropas. Notaba su pene duro a través de la ropa, su respiración cada vez más excitada, reprimiendo su impulso de dejarse llevar por el deseo sexual. De alguna manera, se había propuesto que aquella sesión no fuera tan desenfrenada como las anteriores y sentía como frenaba sus impulsos, hasta que le dije: “déjate llevar, cariño, lo necesito”…

Se retira un poco, nos miramos a los ojos y me dijo: “sabes que me vuelves loco”. Le sonreí y se lanzó con toda su pasión, hambriento de mí, descontrolado, y yo, cual marioneta sólo podía sentir, gozar y abandonarme en sus brazos, gimiendo de pasión.

Cada vez que nos veíamos me parecía diferente, intenso, inigualable… Hicimos el amor absolutamente entregados al placer. En cada caricia, cada beso y cada vez que me penetraba era puro fuego, sabía cómo volver loca a una mujer.

No alcazaba a comprender cómo era capaz de saber en todo momento lo que necesitaba, llegué a pensar que existía una química especial entre los dos, pero sabía que no era así, que la cruda realidad era que es el mejor en su trabajo.

La mujer que me lo recomendó supo lo que ofrecía y lo que yo necesitaba, un amante experto, un gigoló que conseguía hacer mis sueños realidad.

Autora: Elle

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Escrito por Marqueze

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