La caida moral VIII

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Regrese el lunes a la madrugada. Por supuesto Jorge me había dado el día franco, no laborable.

– Demasiado trabajó esa concha todo el fin de semana, jajaja-habían sido sus palabras.

Llegue literalmente reventada. Mis labios vaginales estaban hinchados y al rojo vivo. Mi marido abrió un ojo, me vio llegar, miró la hora, se dio media vuelta en la cama y siguió durmiendo. Yo necesitaba una ducha urgente. El olor a semen que desprendía mi piel era impresionante. Pase unos veinte minutos bajo el agua y me seque con un inmenso toallon. Me coloque ropa interior limpia y me acosté. Mi mente rememoraba todo el fin de semana. Ya no solo me gustaba chupar pijas sino también conchas.

Segundos antes de caer rendida ante el sueño, senti la tos de uno de mis hijos y pensé: -Dios mio Ana, ni siquiera se te ocurrió mirarlos, ni te acordaste de ellos….Y me rendí a los brazos de Morfeo.

Dormí todo el día y me desperté a eso de las 5 de la tarde. Esa noche y durante todo el desayuno siguiente Germán ni siquiera me dirigió la palabra. Los niños me miraban como a una extraña y caí en la cuenta de que cada día era menos el tiempo que pasaba con ellos

El martes llegue a mi oficina diez minutos antes de lo previsto y sentí en el ambiente el perfume de mi macho. No pude evitar una carcajada al preguntarme a mi misma si lo que yo calificaba como “el perfume de mi macho” era aroma a Kenzo ( su fragancia preferida ) o el aroma a su semen.
Jorge tampoco me dirigió la palabra en todo el día, parecía como si los dos hombres de mi vida se hubieran puesto de acuerdo para ignorarme.

A eso de las 5 de la tarde dí por terminado mi día y como aún tenía mucho por tiempo por delante hasta la hora en que habitualmente comenzaba a cocinar para mi familia, decidí ir a tomar un trago sola.
No pude evitar sonreír al pensar en cuanto tiempo hacia que no cocinaba para mis hijos. Mi vida iba en declive….un declive maravilloso….

Iba por mi segundo Martini cuando me sentí profundamente observada, levante mi vista y en una mesa cercana ví a dos hombres de piel negra que susurraban entre ellos dirigiéndome miradas de tanto en tanto.
Me levante para ir al servicio de baño y al salir del mismo casi choco de frente con uno de ellos. Era inmenso, joven y muy atractivo. Casi rozándome me dijo : – Me enloquece tu perfume….
Eso hizo que automáticamente mi vagina se pusiera en funcionamiento. Regrese a mi mesa y termine lo que quedaba de mi trago, pague la cuenta y me dirigí a la salida, preguntándome donde estaban los dos apuestos negros.
Apenas salí al estacionamiento los vi en un auto rojo con las puertas abiertas y mirándome fijo.
Cuando pase a su lado uno de ellos descendió y me señalo el interior del vehículo. Como una autómata subí al mismo. Las puertas se cerraron y el motor aceleró.

Sin dirigirme una palabra, manejaron durante unos diez minutos y entraron al estacionamiento de un moderno edificio de departamentos de la zona de Retiro.

Casi sin darme cuenta me encontré en un piso 17 sentada en el medio de una inmensa cama de un departamento de lujo con dos negros enormes y muy buenos mozos que lamían los lóbulos de mis orejas al tiempo que me iban desvistiendo en silencio.

-Ana, Ana, ¿que haces? me pregunte, mientras mis pezones parecian a punto de estallar producto de las lamidas de mis acompañantes. Mire de reojo el reloj y este me indico que eran las 19 hs.

Abrí mi boca de manera automática para que la primer pija se metiera en ella. Larga, ancha, dura, venosa, un sueño. Mire a su lado y ahí estaba su gemela. Las dos pijas mas grandes que había visto en mi vida a centímetros de mi lengua.

Estaba por ser infiel a Jorge, pensé. Por un instante logre asimilar lo terrible de mi pensamiento. Serle infiel a mi jefe, ni pensé en mi marido Germán.

Y mi boca comenzó su tarea. Trague pija como para estar satisfecha un año entero. Ellos ya estaban desnudos y yo ni me había dado cuenta por la manera enloquecida en que mamaba sus miembros. Uno de ellos se acostó boca arriba y yo me senté sobre su pija mirando a sus pies. Cuando me penetró mi concha era un rio de flujo que resbalaba hacia abajo, hacia mi ano hambriento, lubricándolo, preparándolo. El otro negro se puso de pie delante mio y comenzo a coger mi boca que babeaba de calentura.

Como no podía ser de otra manera mi celular comenzó a sonar. Estaba en mi cartera, sobre la cama a mi lado. Con una mano atendí y vi que era mi hijo. – Mamá… comenzó a decirme y corte la comunicación. En ese momento nada era mas importante que esas dos vergas inmensas. Ni siquiera mi hijo.

Con un plop me saque la pija de la concha y la dirigi a mi ano lubricado. Me senté despacio y comencé a metermela . Los gemidos del negro comenzaron a hacerse oír en todo el edificio pero cuando metió la punta en mi ya dilatado culo, mis gemidos lo superaron ampliamente. La cama era un charco de flujo y ver al segundo negro prepararse para metermela en la concha hizo mi vagina se empapara por completo.

Mi cabeza trabajaba a mil. Seguramente mi marido estaría preparándoles algo de comer a los niños y yo, la esposa-madre estaba siendo empalada por dos sementales negros, a conciencia y muy a gusto. Sonreí y lancé un escupitajo a la cara del morocho como para indicarle mi urgencia de carne. Este no se hizo rogar y me la clavo en la concha hasta el fondo.

Parecía un sándwich mientras los dos negros me cogían como animales por la concha y por el culo. De mis tetas caían gotas de transpiración tanto mías como del negro que tenia encima. Cada tanto el de abajo me levantaba la cadera y sacaba la pija de mi culo y con sus manos abría mi culo mostrándoselo a su compañero. El hueco parecía el túnel del subte de Buenos Aires. Lo supe porque podía verme en el espejo. Tremendo. El morbo era terrible, mi moral por el piso era mi trofeo.
En pocas semanas mi vida había dado un vuelco terrible y me había transformado en la puta más grande de la ciudad. Verme en el espejo era para una fotografía: Mis ojos semicerrados, mis tetas rojas brillando de sudor y saliva, mi culo abierto, mi concha chorreada, mis gemidos de yegua en celo, de perra sucia caliente. La madre y esposa salivando a la cara a sus dos sementales mientras su maridito cocinaba para los niños.
Todo eso era tremendo, terrible, hermoso, doloroso, humillante, todo en uno. La yegua, la cerda, hambrienta de pija ajena, o sea yo, empezó a despedir aire por el orificio del culo cada que la pija del negro de abajo, salia del mismo. Esto enardeció al que estaba encima mio que me pego una cachetada mientras me martillaba con su taladro humano.

-¿Te gusta cerda?

-…Si…. respondí

– Dilo , entonces

– Me encanta, hijos de puta , revientenme, partan en dos a esta puta asquerosa, les grite.

Acabaron casi al mismo tiempo. Me rebasaron de leche humana. Me cogieron tres horas seguidas y cuando se agotaron nos dirigimos los tres a la ducha donde luego de arrodillarme me hicieron abrir la boca para llenarla de su orín, tibio, amargo, caliente.

-Orín de negros para la cerda blanca , dijeron y eso me volteó de excitación.

Orgasmé como una yegua tirada en la bañera para deleite de los negros.

Llegue a casa a las 3 de la mañana. Las puertas de los dormitorios estaban cerradas con llave y una nota en la heladera rezaba:

– Ana en esas maletas esta tu ropa. Quiero que te vayas de esta casa. Firmaba Germán.

Comencé a llorar en silencio. Mi vida tocaba fondo. Caí en la cuenta de que era más grande mi hambre de pija que el de madre y esposa.

Continuara….

Ana

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Escrito por Marqueze

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3 Comentarios

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  1. Excelente!!!!!!!!!!!!!

    A la espera de la continuación y si la entrega llega el prox. año, felices fiestas.

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