La compasión de mi hijita

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Amor Filial Hetero, Incesto, Padre e hija. Demasiado tiempo viudo….

Enviudé hace dos años, una hermosa mujer era mi amada esposa. La recuerdo en los ojos de mis dos hijas: María Alejandra y Luciana, de 18 y 21 años respectivamente.

Luciana notaba mi soledad y el vacío que su madre dejó. Asumió algunas labores del hogar y la guía de su menor hermanita. Mi vida sexual se convirtió en un conjunto de noches con prostitutas, aventuras con vecinas y una maestra de la escuela de mis hijas y las fantasías en mi mente con… es difícil decirlo… pero deseaba a mis hijas sexualmente, poseerlas… deseaba penetrar a Lucianita.

Una tarde ella salía de la ducha cubierta con una toalla, la abracé, mi intención interior era la de follarla. Sin embargo, me controlé, lloré. Ella me abrazó y es seguro que sintió mi erección. Cayó parte de la toalla, pero no me concentré en observar su cuerpo sino en despejar el deseo incestuoso.

Era de noche cuando quedamos solos en la casa, la menor de mis hijas estaba en una pijamada con sus amigas. Luciana conversaba por teléfono en el sofá y desde mi lugar podía disfrutar de la vista de sus curvas. Pronunciadas caderas, fuertes piernas. Senos jóvenes y glúteos para el goce. Mis genitales tenían todo el estímulo para el sexo con ella. No era una niña y habíamos conversado sobre mis hábitos con prostitutas y demás mujeres, era evidente su disgusto pero también resignación.

Luciana. – le dije
Me miró, al terminar la llamada telefónica.
Acompáñame a dormir. – completé
No era la primera vez que se lo había propuesto. Pero esta vez se puso de pie.
Ahorita voy. – pronunció algo que no esperaba. La deseaba pero era eso tal vez suficiente. Sin llegar a satisfacer mi instinto y tal vez esa desviación o anormalidad. Amor filial, perversión. No sé cómo lo llames tú.

Fui a mi cama, me desnudé y me cubrí.

Ella ingresó a la habitación con un camisón que cubría su pecho y hasta arriba de sus muslos. Suspiré con deseo y tratando de mantener la calma.

Me miró con ligero sonrojo, me retiró la mirada y se quitó con relativa agilidad el camisón. Se aproximó a la cama y se recostó sobre mí. Me preocupó no saber su real intención, pensé que tal vez tendría una actitud violenta o alguna reacción fuerte. La acaricié y empecé a estimularme con su textura, su temperatura y la impresión visual que me facilitaban los espejos de la cómoda y un armario en el cuarto.

Luciana, qué piernitas mamita! Esa cinturita. Ay bebita!
Perdóname pequeña, pero soy hombre! tengo ese deseo que conoces bien. Sexo mi vida, quiero sexo contigo. Ay mi amor, es incorrecto, no lo mereces, pero bebé no sabes cuánto te lo agradezco. – decía yo cada vez más excitado.

Mis manos recorrían sus muslos, y acariciaban sus mejillas mientras robaba besos de sus labios. Acomodaba ella su cabello y yo también. Mi nenita.

Ay que grandota estaba! Tenía un aroma de dulzura y de hembra. Le pedí que nos sentáramos y retiré su brassiere. Ella al parecer entró en dudas y no deseaba continuar con el acto sexual, sabía que la ruta era directa hacia el coito. Pero algo había hecho que entrara así a la habitación con su propuesta de sensualidad y entrega. Acaricié su vientre, ese vientre seductor. Fue un placer. Y besé sus senos, uno de ellos primero. Mi pene estaba listo y me puse de pie para que pudiera brindarme una fellatio inicial. La cabeza de mi pene a pocos centímetros de su boquita y una de mis manos acariciando su rostro y cabello, acercándola para invitarle a chuparme la pinga.  Sus labios y lengua estuvieran pronto dándome el placer en mi falo. Delicioso. No deseo explicar más esta situación.

Miré su tanga, negrita, pequeña, qué culo! genial mi Lucianita.

– Recuéstate sobre la cama, lo hsz hecho muy bien. Quiero ver tu culazo. Empínate.

Me dirigí a terminar con esas ansias y penetrarle la vagina pero ella volteó, y cogió mi pene de nuevo. El placer había tomado posesión de su naturaleza de hembra y estaba mamando nuevamente. Que rico. No sabía si dejar que ese momento culmine en eyaculación. Bajaba la mirada y encontraba sus ojos cerrados y sus labios hermosos masajeando la piel de mi pene. Su boca remojando mi glande. El meneo de sus cabellos, el sonido en su boquita, eso era lo que más me excitaba. Alzaba la mirada y veía el camino desde su cabello, espalda, cintura y me quedaba imaginar la vista desde atrás de su culo, de su anito. Había sudor sobre su piel. Cogí sus manos y acaricié sus dedos con los míos. Ella me miró. Sin pensar, le falté el respeto.

Sigue chupando, puta. – Le dije.
Chupa pendeja, que tienes que sacarme la leche. – Estaba hecho una bestia.

Me miró de nuevo.
Yo la abracé para voltearla y colocarla en la pose de perrito.
Ajusté su cuello con el mío. Acaricié su ombliguito y con esa mano la sujeté de la panzita, con la otra acomodaba una de sus piernas que se me escapaba tal vez porque le estaba haciendo doler o no estaba cómoda.

Déjate – le susurré, mientras terminaba de apresar a mi banquete sexual. Adelanté sus rodillas y me encajé bien, su concha me quedaba alta, ella ya estaba más alta que yo pero con ese acomodo de rodillas iba a quedar justo para el bombeo de chucha.
Y así fue.
Lucianita, que rica conchita mami! ay diosita, mami, princesita.
Ella gemía.
Putita, putita, así debes entregarte siempre a tu papito, que te quiere tanto, solo necesita un poco de sexo, de tu cuerpito tan rico.
Papi, te amo. – me dijo, llevada por la excitación.
Me excita estar así – me dijo.
Sometida, viéndote excitado, cachándome, utilizándome como hembra. – – Aumentó mi cachorrita.

Que delicioso era ver como sus nalgas eran encogidas por la presión de cada embestida mía. Ya en esta sesión la había penetrado agarrándola del cuellito, jalándole el cabello, apoyado en su cinturita, amasando sus caderas, cogiendo fuerte esas ricas caderas tiernas. Besé sus muslos. Luciana, esas nalgas las palmotié a mi gusto. A pesar de la viada del sexo siempre hubo ese espacio para el juego pícaro.

El final de esa noche de pasión era marcado por una escena en la que una mano mía se apoyaba en su espalda baja, sobre la marca que su tanga había dejado tras un bronceado de verano. Mi otra mano apoyada suavemente sobre su cadera, adentrándose en su vagina a veces y también descendiendo a sus muslitos. Mi dedo pulgar jugó poco con su anito, aunque fue estimulante y ella reaccionaba intentando voltear pero era presa de mi sujeción. La impulsé hacia delante, cayó de cara sobre la almohada, se golpeó. Levanté sus pantorrillas para dejarla desiquilibrada. Todo su peso sobre sus rodillas y su cara. Presioné su nuca y era mi penetración la fuerza que hacía que ella siga en esa posición. Seguí la penetración para dar lugar al chorreo de semen y luego dejé la presión tan violenta para dejar fluir la leche en su interior. Ella volteaba para ubicar el motivo de tanto placer. Miraba sus nalgas por sobre sus hombros, sonrió un poco. La lechada fue placentera.

Así confieso a ustedes una noche con una de mis hijas. He olvidado algunos detalles y también es posible que haya confundido algunas situaciones y acciones con las de otras noches con ella o con su hermana.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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