La nena de la unidad

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Separé mis piernas y me incliné hacia adelante, sentí una de sus manos sobre mis nalgas, al voltearme a verlo, me di cuenta de que en sus ojos había una muy extraña mirada. No dije nada, mientras él continuaba acariciándome el culo, él acercó su verga a mis nalgas, en pocos instantes ya Francisco había dejado de hablar pendejadas y procedió a enterrarme su buen pedazo de carne.

Bueno así es como me llamaron eventualmente, después de un tiempo, pero no siempre fue así. Recién reclutado, al igual que a la mayoría de los que pagamos el servicio militar, me tuvieron unos cuantos meses en entrenamiento básico, y mientras eso duró, me sentía orgulloso de estar en las fuerzas armadas. Pero cuando me asignaron a un lejano puesto fronterizo, no pensé nunca que me llegara a suceder, lo que finalmente pasó.

Como en la mayoría de los casos, cuando uno es el nuevo le asignan los peores trabajos, pero aun y así tenía tiempo de sobra para estar ocioso, y la mayor parte del tiempo me la pasaba pensando en lo único que no se veía en todo ese puesto, en mujeres. Lo peor de todo era que no había una sola mujer, en ese retirado y olvidado puesto en medio de la selva. Por lo que en ocasiones nada más me ponía a soñar despierto con que me encontraba con alguna mujer, que se me presentaba completamente desnuda dándose un baño, en alguna de las quebradas cercanas al lugar, donde yo tenía orden de montar guardia. Lo que finalmente me llevaba a hacerme una paja, nada más de pensar en eso. Pero al pasar los días se me ocurrió una noche estando montando guardia, mientras estaba por masturbarme, quitarme toda la ropa, al fin que nadie iba a supervisarme, y comencé al principio por tocar mis nalgas, soñando despierto que se trataban de las nalgas de una mujer, poco a poco mis dedos comencé a introducir mis dedos dentro de mi culo, mientras me masturbaba, también soñando que se los estaba metiendo en el culo a una chica.

Pero luego cuando regresé a la unidad, durante el día busqué algo para penetrarme yo mismo por el culo, entre las cosas que hallé estaba un gran destornillador, cuyo mango era lo bastante grueso y largo, cuando estaba a solas en mi puesto en medio de esos montes, me los comencé a introducir entre mis nalgas, lo que seguí haciendo cada vez que me tocaba una guardia solo. Pero me di cuenta de que en ocasiones, mientras me encontraba en las duchas, la vista se me iba tras las vergas de mis compañeros, en mi vida me habían llamado la atención otros hombres. Eso me puso algo nervioso, y comencé a preocuparme, pensaba que de seguro, la falta de mujeres me estaba haciendo daño. Por lo que decidí dejar de hacer todas las cosas que hacía cuando estaba solo de guardia.

Como a las dos semanas, el cabo me asignó un compañero, de nombre Mauricio. Desde que llegamos al retirado puesto no hizo otra cosa que ponerse a hablar de sexo, lamentándose mucho, por qué no hubiera mujeres cerca, o por lo menos un maricón. Le dije que entendía lo de las mujeres, pero no que por lo menos un maricón. Fue cuando me dijo. Que un maricón, de seguro le podía comer el culo, acariciar sus nalgas y ponerlo a mamar por lo menos. Esas palabras resonaron bastante en mis oídos.

Pero Mauricio continuó hablando de sexo abiertamente, y yo escuchándolo con bastante atención, hasta que de momento, Mauricio me propuso, como él lo llamó, simplemente un negocio entre él y yo.

Cuando le pregunté de que se trataba, me dijo es algo bien sencillo, primero tú me das el culo a mí, y después yo te lo doy a ti. Al escuchar su propuesta, le dije que dejase de joder, pero Mauricio continuó insistiendo, diciéndome que después de él darme por el culo, yo se lo podía meter a él, y que de esa manera los dos estábamos seguros de que el otro no contaría nada, y nuevamente continuaba diciendo que me proponía eso porque no había mujeres o un maricón a quien darle por el culo, de lo contrario, me dijo que pensaba que se volvería loco, de tantas pajas que estaba haciéndose, pensando únicamente en eso. Pero al nuevamente proponerme su negocio, sacó su verga y frente a mis ojos, lentamente comenzó a masajearla, apretándola entre los dedos de su mano derecha, la que subía y bajaba a lo largo de toda su verga.

Algo bien profundo dentro de mí, me llevó a finalmente decirle tímidamente que aceptaba. Pero con la condición, de que después de que él, me diera por el culo, yo se lo metería a él. Lo que Mauricio con una gran sonrisa en su rostro aceptó.

De inmediato sin que él me lo indicase, me quité toda la ropa del uniforme, quedando del todo desnudo ante él. Me tomé mi tiempo, para ponerme en cuatro frente a él, Mauricio en esos momentos estaba bien deseoso de enterrar su verga dentro de mí. Pero apenas comencé a sentir la presión de su verga, contra mi esfínter, comencé a gemir de algo entre dolor y placer, a mover mis nalgas suavemente de un lado a otro, a medida que la verga de Mauricio continuaba penetrándome divinamente, cuando lo escuché decirme.

Mi mujercita que rico culito tienes, no sé por qué le respondí de inmediato con afeminada voz, es todo tuyo papito lindo, Mauricio continuó enterrándome sabrosamente su pedazo de carne, mientras seguía tratándome como si yo fuera una chica, lo que hacía que yo disfrutase más lo que los dos hacíamos.

Con sus manos colocadas a la altura de mi cintura, me apretaba deliciosamente contra su cuerpo, metiendo y sacando su verga de mi culo, al tiempo que yo continuaba moviendo mis nalgas de un lado a otro y procurando actuar como si fuera una mujer. Por un buen rato disfruté de lo que Mauricio me estaba haciendo, al punto que de momento sin tan siquiera tocar mi propia verga me había venido. Mauricio comenzó a  acelerar los embates contra mi cuerpo, hasta que de momento se detuvo bruscamente, apretándome con mayor fuerza, los dos nos quedamos quietos, hasta que después de un buen rato, Mauricio sacó su verga de mi culo.

Cuando los dos nos levantamos del suelo, él se quedó viendo mis nalgas y pellizcándolas ligeramente, me dijo. Mi reina tienes un culo riquísimo, tras lo cual completamente desnudo, me dirigí a una cercana quebrada moviendo mis nalgas provocativamente, por un buen rato me dediqué a lavarme y expulsar, lo que Mauricio me había dejado dentro de mí cuerpo. Al regresar ya no volvimos a decir nada, ni tan siquiera se me ocurrió pedirle que se preparase para yo metérselo, porque realmente eso no me interesaba.

El resto de las guardias que realizamos juntos, Mauricio de una forma u otra me convencía de que lo dejase meterme su verga. Pero también se las arregló para conseguirme, no sé de donde ni como, unas pequeñas pantis y su correspondiente sostén, que me pidió que usara cada vez que los dos, fuéramos hacer guardia.

Por lo que cada vez que eso sucedía, apenas me quitaba mi uniforme quedaba en pantis y el sostén me lo ponía de inmediato. La mayoría de las veces, Mauricio me daba por el culo, pero como a la tercera o cuarta vez, ya estando en panti y sostén, me puse con una pequeña toalla alrededor de mi cintura, como si fuera una mini falda.

Mauricio al verme detenidamente, me pidió que se lo mamase. Lo que sin perder tiempo, me dediqué hacer, arrodillándome frente a él y agarrando su verga entre mis dedos, primero me dediqué a masturbarlo suavemente, luego con mi lengua comencé a lamer su glande al principio, para después seguir pasando lamiendo toda su verga, hasta que él colocando sus manos sobre mi cabeza, colocó su verga dentro de mi boca, la que me dediqué a mamar y a chupar con bastante insistencia, mientras él me decía, que era la mejor mamada, que mujer alguna le había dado.

Cuando soltó su chorro de leche dentro de mi boca, en lugar de dejar que saliera de mi boca, disfruté completamente el tragármelo todo, cosa que a Mauricio le gustó bastante, o por lo menos así me lo dijo.

Pero parece que mi amante cometió una falta, y lo castigaron dejándolo en el calabozo, por tres semanas. Cosa que yo lamenté mucho, por lo que las siguientes guardias las hice con diferentes soldados, pero con los cuales, por  miedo a que se me saliera alguna indiscreción, casi no hablé con ellos, me limité a realizar mi guardia, dando las rondas que se esperaba que diera. Pero a la tercera noche me tocó otro soldado, un negro bastante grande y con cara de muy pocos amigos.

Yo pensaba comportarme de la misma manera que me había comportado con los otros, es decir hacer mi ronda y hablar lo menos posible con él. Pero en una de esas que regresé de hacer la ronda, lo encontré orinando, entre los dedos de su mano derecha mantenía firmemente su gran verga, a la que yo la verdad es que no pude quitarle los ojos de encima. Hasta que su gruesa voz, me sacó de mi ensimismamiento, al decirme de manera afirmativa. Así que tú eres al que le están comiendo el culo.

Yo me quedé petrificado, no podía creer que él supiera lo que Mauricio y yo, hacíamos las noches que nos tocaba estar juntos, haciendo guardia. Bastante sorprendido por la pregunta, así que bien nervioso y asustado, lo único que se me ocurrió fue preguntarle. Si Mauricio le había contado todo lo nuestro. En lugar de mandarlo al carajo, o decirle que yo pensaba que era a él, al que le comían el culo en la base. Pero si su pregunta me dejó impresionado, más me impresionó su respuesta, cuando riéndose me dijo. No sé de qué Mauricio me hablas, lo que si se es que, por lo nervioso que te has puesto y lo que me acabas de preguntar, no me queda la menor duda ahora, de que el tal Mauricio te está comiendo el culo.

Al escucharlo, casi me muero de la vergüenza, en cierta manera prácticamente yo mismo había aceptado, que eso era cierto. De inmediato el negro continuó diciéndome. Pero no te asustes, no se lo voy a decirle nada a nadie, claro está, a menos que tu no me… y al decir eso volvió a agarrar su verga.

No me costó trabajo entender, que si no hacía lo que él deseaba, toda la unidad sabría de que pata yo cojeaba. Por lo que de manera resignada, le pregunté qué deseaba. Domingo que es  como se llama ese recluta, se me quedó viendo y tras pensarlo un poco me dijo. A ver para empezar, dame una mamada, para entrar en calor. En el fondo creo que yo estaba deseando eso, así que de inmediato, en medio de la oscuridad de la selva, sin protestar me agaché frente a él y tomando su verga entre mis dedos, sin perder tiempo, dirigí su grueso miembro a mi boca, y sacando mi lengua comencé a lamer lentamente la colorada cabeza de su miembro.

Al dirigir mi vista hacía su rostro, me di cuenta de que Domingo se sonreía, supongo que estaba feliz, de que su juego le hubiera dado el resultado que él deseaba. Yo bajé la mirada y continué lamiendo toda su verga, desde sus oscuros y peludos testículos, pasando por todo lo largo y ancho de su tallo, hasta rematar de nuevo en su glande. Lenta y suavemente comencé succionar con mi boca ese gran pedazo de carne, mientras que su dueño cerrando los ojos, se recostaba en el improvisado asiento en que se encontraba, sobre un viejo árbol caído.

Yo no sé ni que pensaba en esos instantes, bueno si lo se deseaba estar vestido de mujer y que me tratase de esa manera. Pero a medida que seguía mama que mama, chupa que chupa, Domingo colocó sus manos sobre mi cabeza, para después agarrarme por ambas orejas y de esa manera sujetándome de esa forma, guiaba mi rostro contra su cuerpo. Yo mismo en cierta manera estaba sorprendido de que esa inmensidad entrase por completo dentro de mi boca, mi nariz chocaba contra la base de su verga, haciendo que los pelos de su verga en ocasiones me entrasen en mi nariz, y su olor a macho me embriagase por completo.

Pero de momento, retirando mi cara de su cuerpo, me dijo. Ya está bien, ahora quiero comerte ese culo, así que bájate el pantalón y ponte en cuatro. Aunque de haber sido por mí, en eso momento, me hubiera quitado toda la ropa, pero en esos instantes me limité a seguir sus claras ordenes. Pero al bajarme el pantalón del uniforme, se me olvidó que tenía las pantis puestas, y cuando Domingo me las vio, de inmediato me preguntó. ¿Qué es lo que tienes puesto?

Yo no sabía que decirle, pero de inmediato continuó hablando y  me dijo. Mejor te quitas todo el uniforme, y te quedas con eso puesto. Sin perder tiempo me saqué las botas, las medias, el pantalón, la camisa y la camiseta, quedándome con la pequeñas pantis puestas.

Por unos instantes caminó a mi alrededor, sin decir nada viéndome detenidamente de pies a cabeza, en una de esas me agarró las nalgas por encima de la panti y me dijo. Pero si lo que tengo aquí es casi una mujercita, y de inmediato me preguntó, a ver linda cómo te llamas, yo hasta ese instante no había pensado en usar un nombre femenino, por lo que lo primero que se me ocurrió fue decirle así mismo me llamo Linda.

En ese momento saqué de uno de los bolsillos mi pantalón, el sostén que tenía escondido, y ya con más tranquilidad me lo puse frente a él. Domingo se sonrió y me dijo. Te ves bien, pero para la próxima vez aféitate los sobacos, y todos los pelos de abajo, es más también las piernas, los brazos y el pecho. Para que te veas más mujer.

Mientras que me decía eso se colocó tras de mí y comenzó a restregar su parada verga contra mis nalgas, yo deseaba intensamente sentir todo eso dentro de mí, por lo que cuando me indicó que me tirase al suelo, sobre mi propio uniforme, de inmediato lo hice, quedándome con las piernas ligeramente separadas, y sentí como sus manos, fueron haciendo a un lado las pantis y me acariciaban las nalgas.

Sus dedos llenos de su propia saliva los sentí sobre mi hueco, por un corto rato, y después la presión sobre mi esfínter no se hizo esperar. Domingo me comenzó a meter toda su larga y gruesa verga dentro de mi culo, la verdad es que hasta las lágrimas se me saltaron del dolor. Pero una vez que todo su cuerpo se posó sobre el mío, el placer que sentí, por tener semejante verga dentro de mí fue increíble. Domingo me sujetaba divinamente entre sus brazos y a medida que me apretaba contra su pecho, su boca me mordisqueaba las orejas y su lengua lamía mi rostro.

Yo por mi parte, a pesar del dolor que aun tenía, comencé a mover mis nalgas de atrás hacia adelante, o de lado a lado. Y a medida que lo iba haciendo el dolor fue dando paso al placer, un placer tan grande, como la verga del macho que me la estaba metiendo. Mi cuerpo se quebraba todo bajo el de él, y a medida que Domingo continuaba metiendo y sacando toda su verga de mi apretado culito, mientras que yo con afeminada voz, le decía. Dame más duro papi. Domingo jadeando como un perro, sobre mi me decía, lo sabrosa que yo estaba y lo rico que era mi culo.

No por cuánto tiempo estuvimos, en medio de la oscuridad de la selva, tirados en el suelo disfrutando uno del otro. Pero cuando finalmente Domingo acabó dentro de mí, quizás exagere un poco al decir que pude sentir, como sabrosamente su caliente semen inundaba todo dentro de mí. Domingo y yo, nos quedamos dormidos, por suerte en mi reloj tengo una alarma que me indica la hora en que debo regresar a la unidad, de no haber sido por eso, quizás nuestros relevos nos hubieran encontrados, acostados y yo bien ensartado por Domingo.

Ese mismo día al regresar a la base apenas llegué, lo primero que hice fue pasarme la maquinilla de afeitar por todo mi cuerpo mientras me daba un baño. Cuando uno de los chicos de la barraca se dio cuenta, me preguntó. ¿A qué se debía eso? Le respondí, que era para no sentir tanto calor.

Domingo y yo disfrutamos en muchas ocasiones en la soledad del puesto, eventualmente Mauricio salió del calabozo, y con él nuestros encuentros se limitaron a que ocasionalmente en las duchas, yo le diera una buena mamada, o que nos encontrásemos en uno de los almacenes, y ahí él aprovechaba para rápidamente metérmelo. Pero cuando nos tocó la primera licencia, aproveché y compré algunas prendas femeninas, las que introduje de contrabando en la base sin que nadie se diera cuenta de ello. Un buen día me dijo Domingo, que le habían cambiado la guardia, por lo que supe que nuestros encuentros serían al igual a los que tenía con Mauricio, algo ocasional.

Después de Domingo, me cambiaron de puesto, mandándome hacer guardia en un viejo almacén y en lugar de tener un solo acompañante, me asignaron dos, por lo que por un buen rato, no sabía ni me atrevía plantearles que me tuviéramos una pequeña orgía, entre los tres. Por lo que cuando uno de ellos propuso que jugásemos una partida de cartas, y el otro propuso que a falta de dinero apostásemos las prendas del uniforme, que al final se devolverían después de pagar una pequeña penitencia, lo que a mí me pareció lo más apropiado, aunque en principio no fue mi intención, terminé perdiendo todas las manos, quedándome del todo desnudo frente a ellos dos, que al parecer ninguno se dio cuenta de que estaba usando pantis, en lugar de interiores.

Pero cuando entre ellos se preguntaron qué cosas tendría que hacer yo para recuperar mi ropa, la respuesta fue. Bueno para comenzar, puede mamarme la verga a mí, mientras que tú le da por el culo. Al otro pareció agradarle la idea, yo solamente sin decir palabra alguna, me puse en cuatro patas, así que mientras uno me lo introducía por el culo, al otro se la comencé a mamar. Después de esa noche, ya en las siguientes guardias que los tres hicimos juntos, no perdíamos el tiempo jugando carta, sino que apenas llegábamos, yo me transformaba, y ellos lo disfrutaban.

En otra ocasión, me volvieron a mandar a mi antiguo puesto en medio de la selva, y nuevamente me asignaron un nuevo compañero, desde que llegamos lo único que hacía Francisco era hablar de la biblia, que si la salvación, que el pecado era cosa del demonio y así se lo pueden imaginar.

Como en realidad esa noche hacía mucho calor, decidí darme un refrescante baño en la quebrada, además no quería seguir escuchado todas las cosas que Francisco repetía como si fuera una grabadora. Así que dije que me pensaba ir a dar ese baño y de inmediato dándole la espalda, me fui quitando todo el uniforme, hasta quedar completamente desnudo, y de esa manera me coloqué en la orilla y con una lata comencé a echarme agua por sobre mi cuerpo.

De momento siento que me observan, y me imaginé que era el tal Francisco, por lo que sin darme por enterado continué echándome latas y latas de agua. Separé mis piernas y ligeramente me incliné hacia adelante. Ya ni pensaba en Francisco, cuando sentí de momento, una de sus manos sobre mis nalgas, al voltearme a verlo, me di cuenta de que en sus ojos había una muy extraña mirada. No dije nada, mientras él continuaba acariciándome el culo. Hasta que él quitándose los pantalones y las botas, acercó su verga a mis nalgas. Yo continué sin decir nada, al tiempo que sus dedos exploraban mi hueco. En cosa de pocos instantes ya Francisco había dejado de hablar pendejadas y procedió a enterrarme su buen pedazo de carne.

Bueno así poco a poco la mayoría de mis compañeros de unidad, me fueron comiendo el culo, con los que tenía mayor confianza, apenas llegaba al puesto de vigilancia, me cambiaba de ropa vistiéndome enteramente de mujer. Cosa que disfrutaba muchísimo, y en algunas ocasiones hasta ellos mismos me regalaban una que otra prenda femenina, con las que les gustaba verme vestido. Uno de mis compañeros me regaló una peluca, que realmente parecía un gorrito, pero ya cuando la tenía puesta daba la impresión de que era una chica.

Poco a poco, casi todos hasta algunos oficiales, que también me habían comido el culo, sabían que yo era la puta, pero en una ocasión mientras nos encontrábamos en las duchas, uno de los nuevos, que ya me había acostado con él, me pidió que se lo mamase frente a todos. Cosa que me negué hacer, y de inmediato me saltó encima para caerme a golpes, quizás pensó erradamente, que como me dejaba dar por el culo y hasta mamaba verga, no me defendería.

Pero se equivocó, por lo que terminó tirado en el piso de la ducha, retorciéndose por el golpe que le di en la boca del estómago, yo pensé que se quedaría tranquilo, pero frente a todos comenzó a insultarme diciendo que yo era un puto maricón, que vestido de mujer le gustaba que le dieran por el culo.

Como era de esperar, todos se arremolinaron alrededor nuestro, y sentí una vergüenza increíble, algunos de mis compañeros comenzaron a reírse, y a decirme entre otras cosas maricón. No sé bien que más pasó realmente, ya que se formó una pelea en toda la barraca, en la que todos terminamos arrestados por la policía militar. Cuando me ordenaron presentarme ante el oficial a cargo, simplemente me dijo que debido a los sucesos, me darían de baja, yo pensé protestar. Pero entendí que de nada valía la pena.

Después de salir de baja, sin ningún oficio aprendido, que no fuera el de transformarme en mujer. Al llegar a la capital, rápidamente conseguí trabajo, pero de mesera en un Pub. Donde actualmente sigo trabajando y manteniendo uno que otro cliente de manera intima, gracias a lo cual, poco a poco he ido realizando cambios permanentes en mi persona.

Autor: Narrador

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Escrito por Marqueze

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