La noche en que dejamos que decidiera el azar
Clara llevaba tres semanas contando los días.
No era mucho tiempo, se repetía, pero cuando estás acostumbrada a dormir junto a alguien, tres semanas pueden parecer una pequeña eternidad. Marcos había tenido que viajar por trabajo y, entre reuniones, aeropuertos y horarios imposibles, sus conversaciones habían terminado reducidas a mensajes rápidos durante el día y una videollamada antes de dormir.
Aquella noche fue diferente.
—No cuelgues todavía —le dijo él.
Clara estaba tumbada en la cama, con el portátil apoyado frente a ella. Sonrió al escuchar ese tono. Lo conocía demasiado bien.
—¿Qué estás tramando?
—Te voy a mandar un enlace.
El móvil vibró.
Clara lo abrió y se encontró con una ruleta sexual online.
—¿En serio?
—Confía en mí.
—Esa frase nunca termina bien.
Marcos se rio.

La página les pedía elegir un nivel. Clara recorrió las opciones con el dedo.
Suave.
Picante.
Atrevido.
—Picante —dijo ella.
—Sabía que ibas a elegir ese.
—No sabes absolutamente nada.
—Después de cinco años contigo creo que algo sé.
Clara pulsó.
La ruleta empezó a girar.
Durante unos segundos ambos observaron sus respectivas pantallas como si aquello fuera una competición importantísima.
Apareció el primer reto.
Era sorprendentemente inocente: contar algo que todavía recordaran de su primera cita.
—Esto es fácil —dijo Marcos.
Pero no lo fue.
Clara recordó el restaurante diminuto donde habían cenado, el vestido que había elegido después de cambiarse tres veces y aquella sensación absurda de estar demasiado pendiente de dónde colocar las manos.
Marcos recordaba otra cosa.
—Cuando saliste del restaurante te adelantaste dos pasos —dijo—. Y yo pensé: como no la bese ahora, voy a arrepentirme.
Clara se quedó mirándolo desde la pantalla.
—Nunca me habías contado eso.
—Porque aquel día intentaba parecer interesante.
—¿Y ahora?
—Ahora ya sabes que no lo soy.
Ella se rio.
Giraron otra vez.
El siguiente reto fue diferente.
Debían describir algo que les gustaría hacer cuando volvieran a verse.
Clara levantó una ceja.
—Empieza tú.
—Ni hablar. Has girado tú.
—Qué oportuno.
Durante unos segundos ninguno habló.
La distancia había creado algo extraño. Decir ciertas cosas mirando una pantalla parecía más sencillo que decirlas teniéndose delante.
Clara comenzó despacio.
No describió nada extraordinario. Le habló de llegar a casa, cerrar la puerta, dejar los teléfonos lejos y olvidarse durante unas horas de mensajes, trabajo y obligaciones.
Mientras hablaba vio cómo cambiaba la expresión de Marcos.
Ya no parecía estar a cientos de kilómetros.
—Ahora tú —dijo ella.
La respuesta de Marcos consiguió que Clara apartara durante un instante la mirada de la pantalla.
—Eso no vale.
—¿Por qué?
—Porque sabes perfectamente el efecto que tiene decirme eso.
—Precisamente por eso vale.
Siguieron jugando.
Algunos retos les hacían reír. Otros les obligaban a hablar de cosas que probablemente nunca habrían mencionado en una conversación normal.
Hasta que Clara recordó otro juego que había visto.
—Espera.
Esta vez fue ella quien mandó el enlace.
—¿Qué es?
—Un juego de preguntas para parejas.
Marcos lo abrió.
—Esto se está poniendo peligroso.
—Ese es el objetivo.
Las primeras preguntas fueron sencillas.
¿Qué detalle de tu pareja te resulta más atractivo?
¿Qué momento juntos repetirías exactamente igual?
¿Cuándo fue la última vez que sentiste mariposas por ella?
Pero poco a poco comenzaron a aparecer preguntas que obligaban a detenerse antes de responder.
Clara leyó una en voz alta.
—“¿Existe alguna fantasía que nunca te hayas atrevido a contar?”
Silencio.
Marcos sonrió.
—Puedes pasar.
Clara negó con la cabeza.
—No quiero pasar.
Se quedó unos segundos jugando con una esquina de la sábana.
Entonces empezó a hablar.
No era exactamente una confesión espectacular. Era una idea, una situación imaginada muchas veces pero nunca verbalizada. Lo interesante no fue lo que contó, sino descubrir que decirlo en voz alta no provocó ninguna reacción extraña.
Marcos simplemente escuchó.
Y después dijo:
—Pues me gusta.
Clara sonrió.
—¿Ya está?
—¿Qué esperabas?
—No sé.
—Creo que llevamos demasiado tiempo juntos para seguir fingiendo que no tenemos imaginación.
Aquella frase cambió el resto de la noche.
Ya no estaban intentando completar un juego.
Empezaron a utilizar las preguntas simplemente como excusa.
Una llevaba a otra conversación.
Un recuerdo llevaba a otro.
Una respuesta provocaba una pregunta que ni siquiera aparecía en la pantalla.
La distancia seguía existiendo, naturalmente. Marcos continuaba en una habitación de hotel y Clara seguía sola en casa.
Pero algo había cambiado.
Durante esas semanas habían utilizado el teléfono para contarse qué habían comido, cómo había ido el trabajo o a qué hora llegaría el vuelo.
Aquella noche lo estaban utilizando para mirarse de verdad.
Cuando apareció una pregunta sobre qué harían durante las primeras horas después de reencontrarse, Clara empezó a reír.
—Esta la dejamos pendiente.
—¿Por qué?
—Porque dentro de cuatro días vuelves.
Marcos miró la cámara.
—Entonces tendremos que comprobar la respuesta.
Clara cerró el portátil casi una hora después.
Antes de dormir recibió un último mensaje.
“Quedan cuatro días.”
Sonrió.
Quizá la distancia no tenía ninguna gracia.
Pero descubrir que todavía podían sorprenderse después de tantos años sí.
