Le puse los cuernos a mi amigo infiel.

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Infidelidad, Hetero. “Vas a vengarte de los cuernos que te pone tu marido, y yo te voy a ayudar”

Tengo un amigo, Juancho, de 46 años de edad, casado con Isabel, de 40. Él es un gran deportista, ciclismo, fútbol, … y ella es una mujer que está muy pero que muy bien físicamente, de gimnasio; morena, de piel sin arrugas, ojos grandes y negros, pestañas preciosas, no muy alta, ni gorda ni flaca, pero con un culo magnífico y unas tetas de esas que dan ganas de agarrarlas sin más. Todo ello, aderezado por una elegancia poco común en el vestir.

Juancho comenzó hace unos años una relación extramatrimonial con una antigua compañera de trabajo, que siempre le atrajo, si bien físicamente no tenía ni comparación con su esposa.

No sé si por mala conciencia, o por tensar la cuerda y romper su matrimonio, lo cierto es que Juancho le confesó a su mujer que tenía una amante. Drama, lloros, preguntas que hacen perder la dignidad, en definitiva una auténtica tragedia. Todo esto lo sé porque hace un par de meses Juancho, en la amistad que nos une, me lo contó. Y me dijo que no estaba dispuesto a dejar a su amante y que así se lo había dicho a su mujer, quien había aceptado continuar viviendo con él por no romper su familia, pensando en los niños, o quizás por comodidad, vaya usted a saber.

Yo siempre he deseado a la mujer de mi amigo. Más de una vez haciendo el amor con mi esposa he pensado que a quien le estaba rompiendo el culo era a Isabel. Por mi amistad con Juancho nunca me insinué; pero también por mi confianza con Juancho, conocía los gustos y preferencias sexuales de su mujer, lo que la hacía más apetecible para mí.

Juancho e Isabel viven en mi misma urbanización, en mi misma calle, sólo a dos casas por debajo de la mía. Esto motiva que, si él no está, dado que viaja mucho por trabajo, su mujer haya llamado a la mía en más de una ocasión para que me envíe a ayudarla en cualquier tarea que requiera más fuerza de la que ella tiene.

Hace dos semanas fue uno de esos días. Isabel llamó a mi casa y le dijo a mi mujer que me enviara a echarle una mano con unas cajas que debía subir a un armario del garaje. Como tantas veces, fui. Entré por la puerta del garaje y allí estaba Isabel. Con unas mayas de practicar deporte y una camiseta de manga corta ajustada que hacían que sus pezones sobresalieran formando un cuadro precioso. La visión de su culito, que ya había disfrutado con la mirada tantas veces, hoy se veía superado por la imagen de su pubis. El monte de su vulva se perfilaba perfectamente señalando la raya que daba acceso al placer.

– Hola Isabel. En qué te ayudo?
– Hola, Javier, mira sujétame la escalera y acércame esa caja de cartón para que yo la pueda colocar arriba en el armario.

Ella subida en la escalera esperaba que le entregara la caja y le sujetara para que no se cayera. Pero por casualidad, al ir a darle la caja la empujé y perdió el equilibrio, cayendo encima de mí, y los dos abrazados al suelo. Le pregunté si se había hecho daño. Me dijo que un poco, en la pierna. Comencé a tocarle preguntando “aquí?, te duele aquí?”, y ella me indicaba dónde se había hecho daño. Esto me puso cardíaco. Mi erección bajo el pantalón vaquero que llevaba puesto, ya no podía ocultarse pues la punta de mi bulto le estaba tocando la rodilla a Isabel.
Ambos nos dimos cuenta y entonces le miré los pezones que estaban muy duros. Ella me dijo: te gusta mi camiseta? Y yo le contesté “sí, pero puesta en ti” a lo que ella respondió “pues hay a quien no le gusta tanto. Sabes que tu amigo tiene un lío?” Le contesté que sí, que me lo había contado y que no le entendía, teniendo una mujer como ella. Cuando le dije esta frase, la acompañé con una caricia en la mejilla, que hizo ruborizarse a Isabel y a la vez, aumentar mi erección si es que eso era posible.

Como vi que no rehuyó la caricia, bajé por su cuello y agarrándola de la nuca la acerqué hacia mí. La besé, experimenté cómo eran los besos que me contaba Juancho y puse la palma de mi mano en uno de sus pechos. Tampoco pareció evitarlo y entonces introduje la otra mano por debajo de sus mayas, descubriendo que no tenía bragas, lo que me puso aún más fuera de mí.

La tumbé en el suelo y le dije “ojo por ojo. Vas a vengarte de los cuernos que te pone tu marido, y yo te voy a ayudar”. La ayudé a quitarse la camiseta y aparecieron dos pechos preciosos bajo un sujetador negro semitransparente, que no tardé en quitar desabrochando por su espalda.

Disfruté entreteniéndome en sus pezones, los mordía y ella perdía el control. Bajé por su abdomen, mientras se arqueaba sentada en el suelo, y le bajé las mayas. Cuando quedó liberada, le comí los labios depilados, tal y como Juancho me decía que le gustaba. No tardó en tener el primer orgasmo.

Tomó mi miembro y lo chupó como no me lo habían hecho nunca. Como las mujeres saben hacerlo cuando quieren demostrarle a un hombre lo que pueden hacer por ellos.

Me miró a los ojos y aguantó el chorro de mi semen que la inundó la boca. Lo tragó y continuó con mi polla en su boca hasta que estuvo dura de nuevo. Acomodé mi rabo en la entrada de su coño y la penetré con suavidad. Se volvió a correr y estuvimos abrazados en el suelo durante minutos. Luego me vestí y me fui a mi casa, no sin antes decirme Isabel que la próxima vez me ofrecería el culito. Y lo mejor es que ella ignoraba que su marido me había explicado lo rico que es darle por el culo a su mujer.

Desde ese día me llama no sólo para que la ayude con cosas pesadas sino para ponerle los cuernos a su marido infiel.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

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