MI VECINA MONTSE

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Este relato es completamente real.

Mi nombre es Juan, tengo 38 años, soy una persona normal, fuerte, 1.90 de altura y medio calvo. Hace cinco años compramos una nave industrial para acondicionarla como almacén. Al ser muy grande construimos dentro de ella un gimnasio y una sauna para nuestro uso, ya que somos muy deportistas y lo utilizamos habitualmente.

Dos años después nos encontramos en el ascensor con nuestra amiga y vecina, Montse, nos comentó a mi esposa y a mí, que tenía que llevar a su perro a una guardería canina durante los quince días de sus vacaciones y se lamentaba por el excesivo precio que le cobraban. A pesar de haber sido buenos amigos, unidos por el deporte, ya que en varias ocasiones hemos competido como parejas mixtas, hace años que nuestra relación era meramente de vecinos, y después de pensarlo me decidí a comentarle que en nuestros almacenes se podía quedar North, el enorme perro de Montse, que a pesar de ser un ejemplar precioso no tiene una raza definida, aunque podría pasar por un pastor alemán. No puse mucho interés en ello, ya que no me gustaban para nada los animales y era un deber tener que limpiarlo, darlo de comer, etc. Pero trataba de hacerlo por el simple hecho de ser amigos.

Ella también sabía que no me gustaban los animales, pero dentro de la finca el animal iba a estar mejor que en su propia casa con el enorme terreno que tiene la finca donde poder correr todo el día. Después de varios razonamientos el North se va para nuestros almacenes, donde le acondiciono un sitio para estar y le instalo un comedero y bebedero programables. El perro se pasó los quince días de lujo.

A su regreso me llama para recoger el perro y a la vez le enseño a Montse y a su marido las instalaciones, almacenes, el gimnasio y la sauna. Me pregunta si ella puede venir alguna tarde al gimnasio, a lo que le comenté que no hay ningún problema, que a partir de las siete de la tarde siempre me encuentro haciendo una hora de deporte y podría estar conmigo.

Durante la primera semana vino todos los días a la misma hora, ya vestida desde su casa, con unas mallas que no podía dejar de mirarla. Sus tetas se le notaban grandes y duras, incluso me parecía que se encontraba excitada, aunque miraba solamente de reojo. Me recreaba en el culo ya que se lo miraba cuando estaba de espaldas. A medida que pasaban los días sus ejercicios se hacían más duros, y su sudoración más abundante, hasta que me doy cuenta que lleva una marca de sudor en sus axilas y en su vagina, notándose sus labios perfectamente porque era de color amarillo y su vulva estaba completamente rasurada. Yo no sabía si en verdad lo veía o lo estaba soñando.

Mi polla, que es normal, más o menos 18/19 cm. se puso a tope y me dolía, pero por supuesto no me atrevía a dar un paso adelante, seguía mirando el coño a través de la malla. Me pide que la ayude a hacer elevación de pesas y me tengo que poner detrás de ella cuando esté tumbada, mi erección estaba a diez centímetros de su cara, la ayudé estando seguro que se estaba relamiendo, noté como su sudoración estaba empezando a incrementar, para evitar una situación embarazosa me voy al baño a hacerme una tremenda paja. Creo que ella se dio cuenta.

Al finalizar la sesión me comente que al día siguiente quiere entrar a la sauna a pesar de haberle comentado que para hacerlo hay que salir desnuda a la ducha que está a escasos metros, comentándome que tengo que mirar a otro sitio cuando ella pase. Nos despedimos al día siguiente.

Después de un poco de ejercicio, Montse decide ir a la sauna. Mi corazón y mi polla están a punto de reventar, pero ni siquiera hago ademán de mirar cuando entra, no quería estropear la visión. A los cinco minutos sale y la miro sin reparos, fijamente observando con detenimiento.

Una mujer con treinta y seis años, perfecta, había tenido un hijo a los 17 más o menos y no había tenido más, o sea que es bastante mayor, unas tetas maravillosas, completamente morena, sin marcas, un coño rasurado, con unos pocos pelillos r

ubios como ella. Descaradamente me voy a verla ducharse.

-Hemos quedado que vas a mirar a otra parte.

-No puedo, le contesté.

-Ya noto tu pene (es muy fina) debajo del pantalón.

Me bajo el pantalón dejando al descubierto mi polla en erección y la intento arrimar a su cuerpo.

-Acuérdate en que hemos quedado.

-Montse, me da igual, a estas alturas no puedo dar marcha atrás, le decía mientras me la meneaba.

Trato de tocarle la vagina, pero se abraza a mí, cayendo hacía atrás y pegándole una clavada de muerte, pensé que me la había roto.

-No puedo dejar pasar una oportunidad como esta, a mi marido casi no se le empina y la tiene muy pequeña. La tuya es enorme, me encanta, clávamela hasta adentro. Estoy enamorada de mi marido pero no es capaz de quitarme la calentura. Me comenta mientras estoy empujando con todas mis fuerzas.

Después de diez minutos de bombeo frenético se quiere correr y yo también. Nos corremos. Al empezar a eyacular me empuja muy fuerte sacando mi polla de su coño.

-No quiero quedar preñada, no tomo pastillas porque mi marido me dejó embarazada una vez y no consiguió hacerlo ninguna vez más. Con los años y las pocas veces que me monta he dejado de tomarlas y nunca más me preñó.

-Joder, tía, me dejaste a medias, con la calentura que llevaba y me corrí solamente un poco.

-Yo me corrí de maravilla, me comenta mientras me limpia el semen del capullo con su boca.

Nos vestimos y ninguno de los dos volvimos a comentar más de nuestra aventura en lo que quedaba de día. Hace años me la hubiese tirado cinco veces, pero a mi edad con un buen polvo es de sobra. A ella le pasaba lo mismo.

Al día siguiente según entra por la puerta del gimnasio y tras cerrarla con llave se desnuda y me propone hacer nuestra gimnasia en pelotas, cosa que me parece bien. Me pide entrar con ella en la sauna y comienza a hacerme una riquísima mamada.

-He estado toda la noche muy caliente pensando en tu polla, me he metido el consolador que me ha comprado Carlos, mi marido, y he dormido toda la noche con él dentro de mi concha, aunque me corriese no quitaba la calentura.

Le toco su coño y lo noto muy mojado a lo que me comenta que tiene un problema de excesivo flujo, parece que tenía la corrida de un tío dentro, cuando se excita durante largo rato le baja por los muslos. La meto en la sauna y comienzo a chuparle su coño, sus flujos son exquisitos, la llevo al orgasmo y decide que no se la meta, le tiene destrozado de masturbarse la noche anterior.

A partir de entonces nuestra hora de gimnasio se convierte en una hora de polvo diario, ella no tiene problemas ya que me comenta que cuando su marido tiene ganas le echa otro polvo sin tener ganas, solamente abre las piernas y espera a recibir el semen, pensando que es mi semen que no le puedo echar. Yo lo tengo más difícil, mi mujer pide guerra.

Nuestras tardes se convierten en maravillosos polvos en los que vamos introduciendo todo tipo de variaciones y artilugios.

Autor: juanbengo35

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Escrito por Marqueze

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