Mientras la nieve caía II

nieve 2

Disfruta de la primera parte de: Mientras la nieve caía I

Andrés al sentirse observado volvió la cabeza hacia mí. Yo mire raudo al frente. Nervioso le observe por el rabillo del ojo y vi cómo me miraba el paquete con una sonrisa de medio lado.

• Parece que tu también estas verraco – me dijo

Me volví hacia él y le mire a los ojos mientras me sonrojaba. Sus ojos negros se perfilaban con el negro de la carbonilla que por mucho que frotes, el agua fría de la ducha de los vestuarios de la mina nunca acababa de arrancar.

• ¿Y si nos hacemos una paja como dijo el chófer? – me pregunto guiñándome un ojo.

• Es… que… qué.  – titubee.

• ¿Te da vergüenza?.-

• Bueno es que nunca…

• ¿Nunca te has hecho una paja? – me dijo mirándome con cara de extrañeza.

• Sí, sí. Pero siempre solo.- le dije cohibido.

• Bueno hombre no es para tanto. Además esto no lo va a saber nadie más que tú y yo.- me dijo dándome confianza

• Vale.

Andrés comenzó a desabrocharse  y yo metí tímidamente la mano a través de la cinturilla del pantalón. Lo estrecho de los asientos dificultaba nuestros movimientos e impedía maniobrar cómodamente.

• Joder así no hay quien pueda. dijo Andrés poniéndose en pie- déjame que me baje los calzones

Clavé mis ojos en su cipote mientras él se desabrochaba la camisa. Era enorme. Sobre dos huevos llenos como melocotones maduros se alzaba una polla de considerables proporciones. Larga y ancha como un pepino se coronaba con un glande inflamado de un rojo intenso. Al apartar la camisa vi como su pelambrera escalaba desde su pubis aferrándose como la hiedra por todo su torso.

Mientras se sentaba miró hacia mí. Yo estaba contemplando su verga con mi mano metida en el pantalón, sin atreverme a moverme.

• ¿Pero bueno qué miras? -me dijo- Nunca has visto una polla

Por su expresión supe que había comprendido que ninguna como la suya tan de cerca.

• Anda levántate y bájate los pantalones que te vas a pringar entero

Me levanté y nervioso no atinaba a sacar la mano que había introducido en mi pantalón

• Pareces potrillo recién nacido. Déjame que te ayude que te vas a hacer con la picha un lío.- y sin darme tiempo a reaccionar comenzó a soltar la hebilla de mi cinturón.

Al bajarme la cremallera un escalofrió recorrió mi espalda y recule temeroso.

• Tranquilo hombre que no te voy a comer. – me dijo burlón.

Me desabrochó la bragueta para luego apoyar sus manos en mis caderas y  suavemente me bajó los pantalones. Yo con los brazos laxos me dejaba hacer. Cogió el elástico de mis calzoncillos y estirándolos liberó mi polla que rebotó contra mi abdomen.

• Vamos a ver que tenemos aquí- dijo apartando la camisa

• Hombre tú también vas bien armado por lo que veo.- añadió

La verdad es que hasta la fecha no había podido comparar mi picha con otra en su estado de plenitud. Todos los días veía hombres desnudos en las duchas de la mina, pero el agua fría no ayuda mucho para resaltar los atributos varoniles. Mi polla era tal vez más larga que la de Andrés pero mucho más estilizada y mientras un enraizado de venas conferían relieve a la suya,  la mía era lisa como la vara del avellano.

• Anda desabróchate que te vas a manchar toda la camisa.- me dijo

Mientras me desabotonaba él se escupió la mano y acabo de descapullar todo el glande que refulgió a la mortecina luz del autocar. Comenzó con una mano a pajearse suavemente mientras con la otra se acariciaba tiernamente los huevos. De vez en vez me miraba y sonreía mientras yo continuaba torpemente con mi labor.

Me senté a su lado y sentí el calor de su piel en contacto con la mía. Mi polla dio un brinco. Torpemente empecé a masturbarme sin apenas descubrir mi capullo. Verlo con su mano empuñando el cipote me producía una extraña sensación que hacía que estuviese más extasiado con sus avances que con mi propio placer. Andrés que lo observó paró de pelársela y se me quedó mirando.

• ¿Tú eres virgen, verdad?

• Sí… – le dije poniéndome como un tomate.

• ¿Y con tu novia?. ¿No te la pela?

• Sólo deja que me restregué a través de la ropa.

• Ósea que no te la ha cascado nadie nunca. – dijo con voz de asombro

• Nunca- le dije tímidamente.

Quedó pensativo  mientras me observaba de arriba a abajo. Me estaba poniendo nervioso. Tras unos momentos callado me dijo:

• ¿Y te gustaría?

Por unos instantes los dos nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos. No sabía que responder a semejante pregunta. Por un lado ansiaba decirle que sí y que su mano se posase sobre mi verga, por otro tenía miedo que me tildase de maricón y  se montara la marimorena. Al fin armándome de valor dije

• Sí.

Tras un momento de duda escupió en la palma y agarrando mi polla la deslizó a través de todo el palo hasta llegar a mis pelotas que estrujo con suavidad.

• Ahhh- exclamé a punto del orgasmo mientras miraba al techo del autobús.

• Cuidado chaval no te vayas a correr tan pronto. Vamos despacio.

Su mano rugosa cogió una de las mías depositándola sobre su cipote. Era la primera vez que una mano que no fuese la mía me tocaba la polla y también la primera que yo agarraba otro rabo que no fuese el mío.  Comencé a bajar y subir mi mano por el poderoso mástil mientras Andrés comenzaba suavemente y con calma a masturbarme.

Apenas la podía abarcar mientras se la cascaba. Sentía toda su poderosa herramienta palpitar en mi mano y una cálida sensación se apoderó de mí. Contorsionados en los estrechos asientos nos la meneamos mientras intercambiábamos miradas cargadas de deseo.

Tras unos minutos Andrés me dijo:

• Sal al pasillo que nos va a dar un pasmo retorcidos como estamos.

Tras quitarnos apresuradamente los pantalones quedamos uno frente al otro sin saber muy bien lo que hacer. Andrés se quitó la camisa y quedó desnudo ante mí. Las botas de trabajo era su única vestimenta. Pude entonces apreciar todo su cuerpo.

Su fuerte musculatura producto del constante trabajo de la mina estaba alcanzando la plenitud de la madurez. Un fornido y largo cuello  se alzaba sobre sus anchos hombros y de estos se desprendían unos poderosos brazos que acababan en unas manos grandes como zapas. Los amplios pectorales lucían unos oscuros botones. Su abdomen plano, sin marcar los abdominales,  se sostenía sobre unas musculosas y largas piernas. Todo su cuerpo estaba cubierto de un lacio vello oscuro que permitía ver a través la pálida piel. Y en el centro aquel Príapo desafiante que se alzaba inhiesto como el poste de una mina. De su ojo se descolgaba un hilillo transparente como agua de manantial.

CONTINUARA…

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