Noches magicas (V y final)

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Nos despertó el sonido del timbre de la puerta. Había tenido un sueño profundo y reparador, lleno de imagenes eróticas: una tremenda orgía, desenfrenada y brutal, con penes de todas formas y tamaños, con culos depilados y limpios que se abrían como bocas hambrientas

Nos despertó el sonido del timbre de la puerta. Había tenido un sueño profundo y reparador, lleno de imagenes eróticas: una tremenda orgía, desenfrenada y brutal, con penes de todas formas y tamaños, con culos depilados y limpios que se abrían como bocas hambrientas, con cálidas y abundantes corridas inundando cuerpos, con golosas lenguas ávidas por lamer y saborear todos los líquidos… las sensaciones no habían cesado en estas casi dos horas de sueño.

¡ Tan solo dos horas de sueño ! Estaba claro que mi cuerpo había experimentado tal cúmulo de sensaciones, que el cambio en mis apetencias sexuales, de forma tan súbita, había sido aceptado con gusto por mi mente, y que mi subsconsciente no parecía rechazarlo en modo alguno.

Curiosamente en ningún momento del sueño había aparecido una mujer: los coños, las tetas, los labios carnosos…todo aquello que podía tener un carácter exclusivamente femenino había dejado de existir, ¿y quién lo necesitaba?. El placer recibido había sido más intenso y superior a cualquier otro experimentado en mis relaciones heterosexuales anteriores. Ello me llevaría más tarde a reflexionar sobre el placer de follar con alguien de tu mismo sexo y sus ventajas con respecto a hacerlo con una de sexo contrario.(*) Al mismo tiempo que mi mente volaba, Sergio se había levantado y con el albornoz a medio poner se dirigió a la puerta. Oí un saludo, una broma y unas risas; luego unos pasos y el recién llegado quedó enmarcado en el umbral de la puerta del dormitorio. Nos observó unos instantes, desnudos, semiabrazados, y con una voz fresca y juvenil tintineó:

– ¡Ha llegado el postre! El postre no era otro que el chico que unas horas antes nos había traído las pizzas: un chaval de apenas dieciocho años (luego supe que eran veintiuno), de pelo rizado y una cara angelical. Sus facciones eran suaves, casi de mujer, sus ojos azules. grandes, intensos; su nariz perfilada, su boca -¡uf ! su boca- perfecta: dientes perfectamente alineados, blanquísimos, labios bien marcados, ni muy finos ni muy gruesos, y una sonrisa que hacía derretir a aquellos que la miraban. Era un auténtico bombón.

Si el resto de su cuerpo era como su cara, no cabe duda que nos ibamos a comer el más dulce y sabroso de los postres, la mejor guinda para el pastel de una noche auténticamente loca.

Se acercó a saludarme cuendo Sergio nos presentó y recibí un ligero y fresco beso, un leve roce en de sus labios en los míos que hizo que mi corazón saltara en mi pecho. Una sutil provocaciñon, una clara invitación a sujetarle por el cuello y comerle toda la boca. Luego saludó a René, a quien ya conocía, con una palmadita en el culo y un nuevo beso en los labios.

– ¿Qué te parece el postre? -me preguntó Sergio.

Sonreí e hice un gesto de admiración. Suficiente para que pudieran comprobar los tres mi total aceptación. En verdad este joven me atraía, me provocaba unas sensaciones extrañas y placenteras, se percibía la empatía entre ambos. Los dos nos dimos cuenta cuando nuestras miradas se cruzaron y nuestros ojos se quedaron clavados en los del otro.

– Voy a refrescarme – y me levanté camino del servicio.

Me encontraba sudado y pegajoso y quería ducharme, sentirme tan fresco como David (ese era su nombre). Parecía el David de Miguel Angel, perfecto, incomparable, divino; un hermoso efebo de la época helena, en la que tener un muchacho como amante era lo más natural. Era aquella, sin duda, una civilización plenamente desarrollada, culta, democrática… .Curiosamente, después de más de veinticinco siglos, esas relaciones eran tabú, estaban perseguidas, criticadas, vilipendiadas…por una sociedad moderna, que se dice progresista, liberal, permisiva.

Todo esto pensaba en la ducha cuando me interrumpió René que también venía a refrescarse. Salí y comencé a secarme.

– Te va a encantar David. Nos ha dicho que le gustas mucho – me comentó.

– Es muy guapo, ¿verdad? – dije.

– Y tiene más exper

iencia que ninguno de nosotros – añadió.

– Bueno, allá voy – y salí del cuarto de baño.

En la habitación la cama estaba de nuevo arreglada y David esperaba desnudo a que alguno de nosotros llegara. Sergio estaba cacharreando en la cocina, por eso estaba solo. Me quedé ensimismado mirándole, en verdad era el David de Miguel Angel: perfecto. Su cuerpo era esbelto, con una musculatura perfectamente definida, pero sin un ápice de agresividad en ella. Estaba apoyado sobre uno de sus brazos, una pierna sobre la otra, semiflexionada; su cadera sobresalía algo por encima de su cintura; su vientre era liso, se marcaban ligeramente sus abdominales; sus hombros anchos aunque no en exceso; sus brazos fuertes y su pecho con dos pequeñas areolas en las que se distinguían sus pezones de punta, y su sexo…¡uuufff! Su sexo caía como la hoja de acanto de un capitel corintio sobre su muslo rosáceo. No parecía excesivamente grande ni grueso, pero estaba ahí pidiendo a gritos que ser devorado, dos perfectas bolas caían de igual forma dando al conjunto toda una belleza clásica. Además carecía completamente de vello, en parte por ser bastante lampiño, en parte por haberse, al igual que nosotros, depilado.

La auténtica estatua clásica, de proporciones perfectas, suave y satinada. Tan solo una diferencia con la de Miguel Angel: no era de mármol frío. Como pude comprobar a los pocos instantes su textura era de carne y hueso, y su piel la más suave que recordaba haber acariciado hasta entonces y que aún no he logrado olvidar, suave y cálida, dichosamente suave y cálida.

Me hizo un sitio en la cama y me tumbé a su lado, sin apenas rozarlo. Quise iniciar una conversación, pero antes de articular palabra, sentí como sus ojos se posaban en los míos, sonreía, su boca se abrió y en un momento me sentí flotando en un mar de sensaciones. Sus labios contra los míos, su lengua picoteando la mía, su saliva embriagándome… Mi polla se elevó como si de un resorte se tratara, tomó vida propia, se endureció y rozó ligeramente su piel. Con dos besos había logrado excitarme como a un auténtico burro.

No pude contenerme y le abracé con fuerza. Su cuerpo se unió al mío y pude sentir no sólo el calor que emanaba de él, sino la suavidad de su piel. Mis manos recorrieron su espalda, desde los hombros hasta sus nalgas. Las agarré con fuerza, con ansia, empujándole hacia mí, queriendo sentir el calor de su cuerpo contra mi sexo, el calor de su sexo contra el mío. Él también se iba excitando, era delicioso notar como su sexo crecía por momentos entre nuestros cuerpos, el mío iba a explotar de un momento a otro.

Oí la voz de Sergio que entraba en la habitación con una bandeja en las manos.

Estaba tan absorto en mis sensaciones que no le entendí y me lo tuvo que repetir otra vez.

– No te lo comas tú sólo, deja algo para los demás – repitió.

Con una desgana absoluta me separé un poco de David; éste aprovechó para respirar y decir.

– ¡ Guau tío !¡ Cómo me has puesto…! Le miré, le sonreí, y tomé también aliento.

– ¿ Se estaba comiendo el postre sin nosotros ?- terció René que llegaba en ese momento del baño, semimojado y dispuesto de nuevo a la batalla,

– Tan sólo lo estaba poniendo a punto – me disculpé siguiendo la broma.

– Bueno, vamos a prepararlo – dijo Sergio. Se sentó en la cama, colocó la bandeja al lado de David. En ella había tres tarros de helado y un bote de nata. David permaneció tumbado boca arriba y Sergio fue depositando bolas de este sobre su cuerpo. Una en cada pezón, de chocolate, otra de fresa en su ombligo y el resto en el hueco que formaban sus caderas, con su pubis y sus muslos: un auténtico "banana split". Su polla y sus huevos quedaron casi cubiertos por diferentes bolas de helado, de vainilla, de chocolate, de fresa.

David temblaba, no sé si de frío o de la emoción de saber su futuro más inmediato.

– Ahora, el toque maestro: la nata – y Sergio regó con ella cada una de las bolas del "banana split" y dibujo un caminito hacia su vientre, rodeó so ombligo y subió a cada uno de sus pezones, envolviendo las bolas de helado que ya empezaban a derretirse y evitando así que resbalaran por su cuerpo hacia las sabanas.

Me moría de ganas de empezar a saborear el

postre, pero Sergio sabía jugar con la impaciencia y antes de dar la orden de comer, dijo:

– Dejemos al postre que también coma su postre. Se lleno la polla de nata y la acercó a la boca de David. Éste saco la lengua con fruición y comenzó a lamer por uno y otro lado.Al cabo de un par de minutos Sergio tenía la polla reluciente, sin un ápice de nata.

– Ahora vosotros.

Le dió la nata a René y éste hizo la misma operación. Con la misma destreza, David volvió a dejársela tan limpia y brillante como al principio. Luego me pasó el bote a mí y comencé a embadurnar mi polla, que lejos de perder la tirantez, se mantenía firme y dura. En ese momento René y Sergio se lanzaron a devorar el helado de cada uno de los pezones de David, que chorreaba por todo su pecho.

Acerqué mi polla a los labios de David y en un instante creí subir al septimo cielo. Una tremenda ola de placer me subió por todo el cuerpo cuando noté el calor de sus labios y de su boca. Creí correrme en ese instante. ¡Qué delicia ! Mi banana desapareció de un solo bocado en la maravillosa boca de mi preciado efebo. La succión fue tan profunda y delicada que creí que todo mi ser se escapaba a través de polla. Mi esfínter se cerró, queriendo seguir el camino del capullo, que era engullido por una argolla de fuego, que le absorbía con ansia, con glotonería, con auténtico deseo. Comencé a temblar de placer perdiendo casi el equilibrio. Estaba a punto de correrme, cuando David abrió la boca y dejó que me sosegara. No cabe duda que sabía lo que hacía, cómo controlar una polla y su excitación, y cómo evitar corridas prematuras. Empezó a lamerme los huevos por debajo, jugando con ellos, legüeteando uno y otro; ahora me chupaba el izquierdo, ahora el derecho; ora recorría mi mástil hasta la cofa, ora regresaba deslizando sus labios sobre mi capullo, introduciendo la punta de su lengua en la entrada de mi uretra; tan pronto sentía pequeños mordiscos en todo mi miembro, como soplidos y besos…

Unas ganas inmensas de penetrarle hasta el fondo de su ser me invadieron. Cambié de posición y, después de darle un profundo beso en la boca de deseo y de gratificación por el placer que me estaba dando, me bajé a lamer algo del escaso helado que aún quedaba alrededor de su espléndido y rosáceo plátano. Quería comerme todo, chupar todo, saborear todo: polla, huevos, culo…todo. Con ansia, con un apetito atroz, con una demencia total y absoluta comencé a chupar, a comer, a tragar todo lo que se ponía al alcance de mi boca. El frío del helado contrastaba con el calor de su polla y el sabor dulce de la nata con el agridulce de su líquido seminal, como chocolate caliente por encima de un bombón helado. ¡ Al rico bombón helado ! No sentía ni las caricias de René revoloteando ya alrededor de mi culo, ni la lengua de Sergio compitiendo y compartiendo las delicias de David. En menos de un par de minutos, las joyas de la corona relucían en su total apogeo, mostrando su poderío y brillo a causa de la saliva. David separó ligeramente sus piernas hasta ahora juntas y sus huevos cayeron al desfiladero formado por ambos muslos. Yo me apresuré a levantarlos, pues quería tener un primer plano de ese que imaginaba debía ser un auténtico cráter de amor, un inigualable volcán de placer, una cueva de dicha y de locura. Me moría de ganas de orodarle con mi lengua, de saborearlo, de humedecerlo. De prepararlo para zambullirme en él. Y hundirme tan dentro, que no sólo mi polla, sino mis huevos, mi vientre, mis caderas, todo mi ser entero pudiera llegar al fondo de sus entrañas y verter en ellas un torrente de pasión, de lujuria, de desenfreno. El ardiente líquido ebullía dentro de mí, pugnaba por salir como un furioso río de lava, amenazando con arrasar y quemar todo a su paso.

El espectáculo, más bien el espectacular agujero del culo de David me paralizó por un instante. Tenía recogidas las piernas sobre su pecho y su agujero se mostraba como una enorme boca abierta. Era una perfecta "O" con los bordes rosáceos. El magnifico agujero de un donuts gigante. Estaba completamente abierto y hubiera podía meter uno o dos dedos sin rozar siquiera sus paredes, pero preferí disparar mi lengua hacia él. Entró sin ninguna dificultad, sin resistencia. Lamí la suave textura de su piel alrededor, degusté su sabor, describ

í circulos en uno y otro sentido, resbalé multitud de veces en su interior… la única dificultad era que mi lengua no podía salir más de mi boca.

En un cuerpo perfecto y proporcionado como el de David, esto era lo más desorbitado, estaba fuera de un tamaño razonable.

No podía aguantar más el deseo de penetrarle. Mi polla iba a reventar de un momento a otro, me dolían los huevos de tanta contención. Me incorporé, me cogí la polla con la mano y apunté con su congestionada y morada bellota hacia su abertura. Mi capullo tomó contacto con su esfínter. Era cálido, muy cálido. Tan cálido que creí no poder penetrarle sin correrme. Pensé en algo que me distrajera la atención y con una lenta y sutil arremetida vi desaparecer mi glande en su interior. Seda, ardiente seda me envolvió. Su esponjosa y dulce cavidad me recibió sin rechazo, sin resistencia, más bien con delicadeza y deseo. Nada que ver con el culo de mi novia que se tensaba y endurecía cuando quería penetrarla y que hacía que me desesperase y desistiese de follarla por ahí, a pesar de que me moría de ganas por hacerlo y de destrozarselo a pollazos.

Ahora el placer era doble: primero, por la acogedora bienvenida que recibía mi inflamada e hinchada polla; segundo, por saber realizado mi sueño más oculto, una de mis fantasías más soñadas: sentir mi sexo dentro del culo de alguien que disfrutaba con ello y que, a su vez, me hacia disfrutar a mí. Si a ello añadía que mi bautismo se realizaba con un ser tan deliciosos como David, tan perfecto y divino, la cosa se tornaba sublime, insuperable.

El resto de mi polla se deslizó hacia el interior de David como si hubiera caido en un tobogán. Sin darme cuenta, mis caderas chocaron con sus nalgas y mis huevos, aunque hubieran querido entrar, frenaron con la raja de su culo. Me incliné hacia adelante y me dejé caer encima, queriendo introducirme más en él. Le abracé, busqué su boca y mi lengua comenzó a luchar con la suya en un intento vano por succionar todo su ser. Se inició una dura lucha de suspiros, gemidos y gestos de placer.

David apenas se podía mover, debido a su posición, debajo de mi y ensartado hasta la garganta, pero me volvió a sorprender con unas ligeras y constantes contracciones de su esfínter sobre mi tallo. Su argolla de carne apretaba y relajaba rítmicamente mi miembro, queriéndole succionar, sin prisa, pero sin pausa.

Todo era delicioso: su boca, sus labios, su lengua, sus caricias en mi pelo, su polla cálida entre ambos cuerpos, sus piernas rodeándome los riñones, su ano mordiéndome la polla. Hubiera querido morir de placer en ese instante, fusinarme con él, licuarme dentro de su cuerpo. Todos los poros de mi piel eran centros de placer. Sentía miles de hormigas recorriendo mi cuerpo. Los labios de Sergio y de René me besaban, sus lenguas recorrían cada centímetro de nuestra piel, humedeciéndola, sus manos acariciaban los rincones más reconditos de nuestra anatomía, sus pollas se rozaban una y otra contra nuestros cuerpos…

En un momento sentí que René metía su enorme berengena entre los labios de David y los míos. La compartimos sin ningún problema. Estaba muy caliente. Nuestras lenguas jugaron con su capullo, lo chupabamos por arriba o por debajo, lo envolvíamos, lo escondíamos en nuestras bocas, nos lo disputabamos. Esperabamos espectantes que se corriera para saborear y compartir su licor, para chuparnos el uno al otro en su degustación… para tener nuestro primer bautismo de semen abrazados y en perfecta unión.

¿ Y Sergio? ¿ Qué hacía Sergio mientra tanto? Pues simple y llanamente desencadenar el final. Entusiamado como estaba con la polla de René deslizándose entre nuestras bocas, saboreando y compartiendo todo tipo de jugos, apenas percibí la maniobra de Sergio. Se había colocado entre mis piernas y hacia resbalar su glande por mi canal trasero, lubricándolo con suma delicadeza. Tenía sendas manos en cada una de mis nalgas y tiraba de ellas separándolas con fuerza, haciendo que mi ojete saliera al exterior y quedara en el mismo plano que el resto de mi culo. Tropezaba en sus idas y venidas con los pliegues de la entrada y, en ese momento, empujaba para introducirse en mí. Pero estaba claro que yo no tenía el cráter de David y que la maniobra no le resultaba tan fácil como había sido la mía. Mi culo debía excitar enormemente a

Sergio, pues no perdía ocasión para ensartármelo. Tenia todo el derecho del mundo para hacerlo: él le había despertado a una nueva vida, él le había hecho gozar la primera vez con el calor y la dureza de su polla, él le había llevado a placeres insospechados, increibles, intensos y jámas imaginados. Siempre le estaría agradecido y siempre le ofrecería mi culo para su placer … ¡ y para el mío ! A pesar de esa ligera resistencia a abrirse de nuevo -resistencia fisiológica, que no voluntaria- la constancia tuvo su fruto. Tras cinco o seis llamadas la puerta cedió, se abrió tímidamente y el esforzado guerrero introdujo con vigor su enorme cabezota dentro de la fortaleza. Tras un momento de respiro, un nuevo empujón y su duro y enarvado cuerpo se coló hasta el fondo de la estancia.

Sentir de nuevo una tranca en mi interior acabó con mi escasa resistencia pasiva, con mi aguante. No pude controlar un sólo instante más el estado sublime en que me hallaba… Mi ano estalló de placer al sentirse otra vez tremendamente dilatado. Sergio comenzó un frenético vaivén de caderas y el placer se extendió hacia mi polla que comenzó a derramarse en el interior de David. Las embestidas de Sergio repercutían en mí y se frenaban en el cuerpo de David. Me quedé quieto, inmóvil, dejándome llevar por los impulsos. Me corría intensamente. David al notar mis chorros en su interior comenzó a bombear su esfínter, ordeñándome literalmente la polla con él. Me retorcía de placer. Jadeaba, me faltaba el aire. Mi cuerpo era como una nube: ligero, pero cargado de ozono, totalmente electrificado. Mi cara chocaba a cada movimiento con la tranca de René, que a duras penas se mantenía entre nuestras bocas. Llevaba más de dos minutos de orgasmo continuado, mi corazón iba a estallar, aquello no parecía acabar nunca. Por fín noté que la polla de Sergio se tensaba en mi interior, un nuevo orgasmo me incrementaba el placer, y estallaba inundándome con un auténtico río de lava. Sentí su semen recorriendo mi interior, regándome las entrañas. Era el momento más intenso y lleno de placer de toda la noche, …de toda mi vida. No me hubiera importado morir así. ¡Qué dicha, qué gozo, qué alegría…! A su vez el semen de René comenzó a recorrer mi cara, mis labios, mi lengua. Él también se corría al unísono, dándonos a saborear su néctar agridulce a David y a mí. Ambos nos lo disputabamos con auténtica glotonería, lamiendo nuestros labios, mejillas, ojos… y la enorme berengena, la punta del capullo, de la que salía descarga tras descarga un manantial de rica miel, de rica leche, del rico zumo de la vida. Y absorbimos, y absorbimos, y absorbimos hasta dejarla totalmente vacía, sin gota alguna de semen, sin resto alguno de su enorme corrida.

Los últimos movimientos de Sergio en mi culo habían culminado en estertores de placer, en corrientes eléctricas, en un hormigeo constante recorriendo de arriba-abajo y de abajo-arriba todo mi cuerpo. Aún permanecí varios minutos teniendo contracciones involuntarias de placer, de agonía, de delirio. Me quedé totalmente extenuado.Una sensación de relax y felicidad me invadió, no sólo el cuerpo, sino también la mente, el alma. Suspiré profundamente, besé a David, a René, a Sergio…y me quedé profundamente dormido.

No cabe duda que ésta había sido la noche más mágica de toda mi vida.

Autor: SIR LAWRENCE

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Escrito por Marqueze

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