Objetivo: mi suegra

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Mi historia comienza con un hecho desgraciado, la triste muerte de mi esposa, después de una penosa enfermedad

Mi historia comienza con un hecho desgraciado, la triste muerte de mi esposa, después de una penosa enfermedad. Quedé viudo con 32 años y con un hijo pequeño que entonces tenía 4 años. Al quedarnos solos la vida se complicó bastante porque no me podía permitir abandonar el trabajo que entonces tenía, y debía incluso echar horas de más para aumentar un sueldo que algunos meses venía escaso. El problema además se acrecentaba con la corta edad de mi hijo, al que no quería separar de mi bajo ninguna circunstancia, pero yo sólo casi no me podía hacer cargo de él y toda mi familia se hallaba en otra ciudad muy lejana a la nuestra. Mi agobio y mi apretada situación se vería aliviada al menos por un tiempo cuando mis suegros y abuelos de mi hijo decidieron venir a pasar el verano a nuestra casa.

Gregorio era el nombre de mi suegro y Rocío el de mi suegra. Ambos querían mucho a mi hijo, sobre todo ella, que se desvivía en atenciones con el niño y porque no decirlo, conmigo también, diciéndome que estaba muy desmejorado y que necesitaba comer mejor, por lo que preparó durante aquel tiempo exquisitos guisos. Fue un tiempo en que me sentí cómodo con la presencia de Gregorio y Rocío, porque sentía que aquello era como una pequeña familia, salíamos juntos a la calle los fines de semana y compartíamos todo el tiempo que podíamos juntos, porque por otro lado yo no sostenía en aquel entonces sólidas amistades con nadie de por allí. Fue esto concretamente lo que llevó a mi suegro a plantearme una conversación en la que me preguntó si no tenía la necesidad de salir con ninguna mujer y tener relaciones sexuales. Aquella charla me sorprendió, pero él me tranquilizó diciéndome que en todo caso buscar a una mujer sería lo normal y que si él estuviese en mi situación seguro que lo haría. Así que le confesé que verdaderamente tenía ganas de hacerlo, pero que con él y con su esposa allí pues me sentía bien y que quizá con la presencia de ambos no sería adecuado traer a ninguna chica a casa, aunque era cierto –le dije- que se me iban los ojos detrás de cualquier mujer. Esto que dije provocó en el una reacción inmediata que le hizo preguntarme:

– ¿De verdad que miras a muchas mujeres?

– Si –dije yo- prácticamente a todas.

– ¿Incluso a Rocío, mi mujer?

– ¡No! ¿Qué dices Gregorio? Ella es mi suegra y la respeto, al igual que a ti.

– No te creo –me dijo- porque Rocío tiene un culo fabuloso y alguna vez se lo habrás mirado con ganas, lo mismo que hacen muchos hombres por la calle.

– Por favor dejemos el tema, esto no tiene gracia.

– Como quieras –dijo él- pero no creas que me voy a enfadar si miras a mi mujer.

Así se quedó la cosa. Escapé algo avergonzado de aquella conversación pero he de admitir que sí, que más de una vez me había quedado mirando el culo y las tetas de mi suegra y que la encontré poderosamente atractiva para la edad que ella tenía, pero es que después de que mi suegro me dijese todo aquello aún la miré más y lo que fue peor, comencé a elaborar fantasías eróticas con aquella mujer en el transcurso de muy pocos días transcurridos desde aquella charla. Gregorio por su lado no dejaba de sonreírme cuando los dos nos hallábamos en presencia de Rocío, señalándome con la mirada hacia el culo de su mujer si ella se encontraba de espaldas o haciendo gestos obscenos sin que la mujer lo advirtiese. Pensé que era un pervertido, pero a decir verdad aquello solo avivó el fuego de mi deseo, haciéndolo cada vez más intenso, hasta el extremo, he de confesarlo, de que comencé a masturbarme teniendo como objeto de mis anhelos sexuales a mi suegra. Sentí algo de malestar por ella, pues siempre había sido buena y respetuosa conmigo, pero desde luego no tenía la sensación de estar traicionando a mi suegro, ya que era el único responsable de que yo hubiese llegado a tal situación. El caso es que a partir de entonces no tuve más aspiración que ella y olvidé la atracción que en semanas anteriores había tenido por determinadas mujeres (compañeras

de trabajo, vecinas, etc). Gregorio llevaba razón: cuando íbamos por la calle o entrábamos en algún restaurante los hombres lanzaban más de una mirada furtiva hacia Rocío, cosa que a mí me provocaba celos, algo que nunca había experimentado, y el caso es que con su marido no me ocurría; mi suegro la podía acariciar, besar o darle una palmada en el trasero que era algo que no me molestaba. Es más, seguro que si los espiaba mientras follaban sería algo que me excitaría una barbaridad. Me pregunté entonces si lo harían a menudo y me propuse averiguarlo.

Como era pleno verano y hacía calor casi todas las puertas del piso permanecían abiertas durante la noche para que el aire corriese, así que una noche, un buen rato después de habernos ido todos a la cama, me levanté para acercarme hasta el dormitorio de mis suegros cuya puerta se hallaba semiabierta. Estaban hablando y esto fue lo que oí:

-…mira Rocío –decía mi suegro- no puedo tomar tan a menudo una viagra para conseguir una erección, podría darme un ataque al corazón o algo por estilo…

– Sí, lo sé –le dijo ella- pero es que tengo más ganas de follar que nunca…

– Sé como te pones con el calor mujer, y no creas, a mi también me apetece hacerlo.

– Entonces ¿por qué no te tomas una de esas pastillas esta noche?

– Ya te he dicho que no. Creo que hay otro modo de que se me ponga tiesa sin tener que recurrir a fármacos. Esta noche si quieres te como el coño, te lo hago con el dedo o cogemos un plátano a ver que tal.

– ¿Dices que conoces un modo para que se te ponga tiesa?

– Sí, ya te contaré, pero quizá tengamos que variar algo en nuestros hábitos sexuales.

– Lo que haga falta –dijo Rocío, presa de la excitación sexual-. Y ahora dime ¿qué habías propuesto de un plátano?

Los dos rieron con aquello del plátano, pero no se trataba de ninguna broma, porque mi suegra se levantó de la cama y se dirigió a la cocina en busca de aquella “fruta prohibida”. No pudo verme porque yo me hallaba oculto en la oscuridad, pero yo a ella si, y con mucho detalle. Iba en bragas y en sujetador, y verla así me hizo sentir deseos de abalanzarme sobre ella, tumbarla sobre el suelo y abrir sus piernas para perforar su anhelado coño con mi verga que estaba totalmente tiesa después de haberlos oído hablar sobre aquel tema y de haberla visto a ella pasearse casi desnuda por la casa. Mi suegra regresó inmediatamente de la cocina con un plátano en la mano y se lo entregó a su marido diciéndole que era el último que quedaba. Ambos rieron y advertí que pronto dieron comienzo a sus juegos ya que no se cuidaron en reprimir sus gemidos de placer, sobre todo ella, que probablemente ya se hallaba con el plátano entero metido en la húmeda cueva de su chocho. Gregorio hablaba a su mujer con las palabras más malsonantes y atrevidas, lo que ella agradecía enormemente pues aumentaban su excitación:

– ¿Te gusta esto puta asquerosa?

– ¡Siiiii…! –decía ella entre gemidos- sigue metiendo y sacando ese plátano, ¡no pares!

-¡Toma esto zorra…!

Mientras me estaba yo haciendo una violenta paja allí mismo en la puerta de su dormitorio, escuchando sin ser visto e incluso planteándome irrumpir allí dentro a ver si me dejaban entrar en el juego. Pero eso no era más que una fantasía loca que no llegué a cumplir, solo me corrí reprimiendo un grito de satisfacción dejando todo el suelo a mis pies lleno de semen, el cual ni me molesté en limpiar porque al día siguiente estaría seco y porque si lo veían me daba igual que tipo de preguntas se hiciesen. Así, mientras yo eyaculaba, mi suegra experimentaba su triunfal orgasmo con el plátano dentro. Al acabar parece que ambos compartieron la fruta comiéndose la mitad cada uno. Todo quedó en silencio y me fui a dormir, sin que mi cabeza parara de darle vueltas a lo que había sucedido.

Al día siguiente, durante la comida hubo la misma normalidad que siempre, aunque yo veía en cierto modo a mi suegra de otra manera. La respetaba sí, pero me sorprendía de ella hasta que punto llegaba durante el acto sexual: su desinhibida forma de jugar a lo que le proponía el marido, las palabras que empleaba y el consentimiento que daba a las palabrotas que le profería Gregorio. Para cualquiera Rocío podría ser como una vulgar put

a dado su comportamiento, pero para mi no dejaba de ser la gran señora que había sido siempre y por eso tenía muy buen concepto de ella, si bien era verdad que la deseaba como a nada en este mundo. El día trascurrió como otro cualquiera. Mi suegro y yo hablábamos de cualquier cosa mientras Rocío jugaba y daba de cenar al niño para después acostarlo temprano. Posteriormente nos tocaba cenar a nosotros y mientras Gregorio y yo continuábamos charlando, Rocío iba y venía de la cocina con la cena preparada. Ambos la mirábamos, pues en mí ya no había recato con él delante. Miraba el culo de mi suegra y sus enormes y apetecibles tetas cuando se inclinaba ante nosotros para depositar un plato. Su marido estaba orgulloso de ella y yo complacido de tenerla en casa. Nos pusimos a cenar los tres juntos y Gregorio empezó a piropear a su mujer diciéndole que si era una gran cocinera, una gran esposa y después diciendo también que él era muy afortunado al tenerla consigo. Además él mismo me preguntó que opinaba yo, y con algo de timidez le dije que tenía razón, que Rocío era una mujer que valía mucho y que además era muy guapa.

-¿Solamente guapa? –preguntó Gregorio.

– Bueno, también muy hermosa –dije yo con algo de rubor, haciendo al mismo tiempo que Rocío se ruborizase.

– Guapa, hermosa, ¡y que está muy buena, admítelo! –dijo él.

– ¡Pero qué cosas dices! –le reprendió sin demasiada energía su mujer- Gregorio cuida que cosas dices delante de nuestro yerno.

– No te enfades Rocío –le dije yo- es evidente que eres una mujer atractiva, eso no hay quien lo niegue. No hay nada de malo en que lo digamos nosotros.

– Así se habla –concluyó mi suegro.

Mi suegra se había puesto roja como un tomate, pero no parecía que aquello le hubiese desagradado, sino todo lo contrario, pareció que le había gustado e incluso por como habló y se movió después daba la impresión de que coqueteaba un poco.

– Bueno –dijo ella a continuación- ¿qué queréis de postre?

– Un plátano –pedí yo con algo de malicia-.

– No hay –dijo.

– Sí –contestó mi suegro casi a carcajadas- aquí en esta casa debe haber alguien a quien le gusten mucho los plátanos y no deje ni uno en la despensa.

Mi suegra se volvió a poner otra vez colorada y dio un pequeño cachete a su marido por la poca gracia de la broma, pero al mismo tiempo ella se reía. Las conversaciones y las palabras de doble sentido de aquel matrimonio empezaban a ser para mí una fuente de morbo milagrosa, justo lo que yo necesitaba para arder de excitación. Después de la cena los tres nos sentamos a ver la tele. Ellos se sentaron en un sofá el uno junto al otro y yo enfrente en otro sillón. Pasaron los minutos y poco a poco mi suegra se fue quedando dormida junto a su esposo, reclinándose en el sillón para descansar mejor y apoyando medio cuerpo en Gregorio, el cual le fue dando caricias durante todo el rato en la cara, en el pelo y en el cuello. Esto era inofensivo y ella no le dio importancia antes de quedarse profundamente dormida. Fue entonces cuando Gregorio aprovechó para empezar a acariciar los senos de su esposa delicadamente por encima de la blusa que ella llevaba puesta. Él solo miraba hacia la tele, pero yo los miraba a los dos atraído por lo que empezaba a ser una morbosa escena. Seguro que mi suegro era consciente de que los observaba y quizá por eso fue a más y descubrió uno de los enormes senos de Rocío; yo me removí en mi asiento de pura excitación, pues aquello era más de lo que podía imaginar en las perversiones de mi suegro. Seguidamente descendió con una de sus manos a acariciar las pantorrillas de aquella mujer que inocentemente dormía. Tocó sus piernas, sus muslos y ascendió poco a poco hasta las bragas, pasando la palma de su mano por toda aquella zona. Mi suegro me miró durante unos instantes directamente a los ojos. Ninguno dijimos nada, pero yo le desafié con la mirada a ver hasta donde era capaz de llegar y él entendió el mensaje.

No lo dudó. Apartó las bragas de Rocio y comenzó a acariciar todo el coño, para después meterle dos dedos y frotarlos en el interior de la vagina. Yo miraba excitadísimo y a pesar de tener mi polla más tiesa que nunca no pude sacármela para hacerme una paja pu

es me daba mucha vergüenza. Pero mi suegro proseguía con sus manejos y mi suegra aunque dormida, temblaba de placer, solo que conforme el mete y saca de los dedos en el coño iba adquiriendo más velocidad, ella fue despertándose. Con los ojos entornados disfrutó durante unos minutos, quizá pensando que aquello le estaba ocurriendo en la intimidad del dormitorio y con la única presencia de su marido. Sin embargo pronto abrió los ojos y lo primero que descubrió fue a mi sentado enfrente de ella y mirándola casi con la lengua fuera; instantáneamente hizo ademán de taparse con la ropa e irse de allí, pero su marido la retuvo. Rocío nos miró con algo de enfado, como sintiéndose traicionada. Esa mirada me bastó para comprender que quizá lo mejor sería irme de allí y a punto estuve si no nos hubiese suplicado de aquel modo Gregorio:

-Por favor os pido a los dos que no os mováis de donde estáis sentados –dijo-. Rocío compréndelo, mira como se me ha puesto la polla por el mero hecho de que nuestro yerno esté aquí presente contemplando como te meto mano.

Mi suegro extrajo su verga y la mostró a su mujer. Probablemente el pobre hombre no alcanzaba una erección así sin tener que recurrir a la viagra desde hacía mucho.

-No te enfades tú tampoco –me dijo a mí- y quédate un rato más. En cuanto a ti Rocío, ya te dije que había un medio para que se me pusiera dura, pero que tendríamos que cambiar algunas cosas. Así que tu decides si seguimos adelante…y desde luego no le eches la culpa a él, pues yo he sido quien lo ha planeado todo.

Mi suegra no dijo nada, permaneció inmóvil unos segundos, quizá pensando que hacer, si seguir allí y disfrutar del sexo en mi presencia o irse para así mantener una respetabilidad que a lo mejor ella consideraba que estaba en juego. Yo bajé mi mirada algo avergonzado, creía que aquello sería el fin de una amistad y de un respeto mutuo. Mi suegro y yo esperábamos la reacción de Rocío. Entonces, cuando yo creí que todo se había terminado, Rocío cogió el pene de su marido con la mano y lo empezó a masturbar muy suavemente. Gregorio sonrío, yo presté más atención…

– ¿Así que queréis morbo no? –dijo Rocío.

– Sí, mi vida –le dijo su marido- ¿a ver de qué eres capaz? Rocío se quitó las bragas y se sentó sobre Gregorio clavándose la rígida polla del viejo en su encharcado coño. Lo cabalgó durante unos minutos suave y sensualmente, mirándome de vez en cuando directamente a los ojos. Tuvieron un orgasmo que los llenó de una satisfacción que seguramente hacía tiempo que no experimentaban. Yo me levanté sigilosamente y me fui al dormitorio a hacerme una merecida paja. La noche no estuvo mal.

Durante el día siguiente pensé que si todo lo ocurrido no había sido un sueño era verdad que probablemente no pasaría de ser una experiencia aislada en la vida. Que aquello sería algo para recordar pero no para repetir. Me equivoqué. Al caer la noche mi suegra dio de cenar al niño y lo acostó más temprano de lo habitual. Descaradamente dio a entender qué era lo que estaba esperando. Otra vez solos mis suegros y yo. No hubo demasiada demora ni preámbulo, es más, apenas tomamos cena aquella segunda noche. Ocupé mi mismo puesto de la noche anterior en el sillón y me dispuse a ser espectador de lujo de las relaciones sexuales de mis suegros. Esta vez, después de meterse mano ambos y besarse como locos, se quitaron toda la ropa. La erección de Gregorio volvía a ser enorme, al igual que la excitación de mi suegra. La sesión tampoco duró mucho esta vez, aunque superó en intensidad a la de la noche anterior. Mi suegro tumbó a su mujer sobre la mesa del comedor y él de pie desde el suelo se la folló con singular maestría. Después, en mi dormitorio, me hice mi paja.

La tercera noche fue también muy esperada. Mi suegra hizo la cena del niño algo más temprano aún y lo acostó pronto (esto conduciría a un imprevisto en esta ocasión, como voy a relatar). Todo se desarrolló casi como una fotocopia de la noche anterior, hasta el hecho de que mi suegra se tumbara en la mesa y allí se la follase Gregorio. El coito, eso si, estaba resultando ser de el más potencia de los

que hasta entonces practicaron conmigo de espectador, tanto, que mi suegra gimió y gritó descontroladamente. Entonces oímos a mi hijo llamarnos desde su dormitorio; claro, se acostó tan temprano que casi no tenía sueño y parecía haber estado despierto y escuchando. Los tres nos quedamos en el más absoluto silencio, aunque muy nerviosos por la inoportuna interrupción.

-Esperad –les dije a mis suegros- ya voy yo y lo soluciono.

– Date prisa –dijo mi suegra-.

Me preocupó que mi hijo, a pesar de su corta edad, hubiese podido intuir que estaba sucediendo. Pero a pesar de ser muy listo, no parecía que lo hubiese comprendido.

– Papá –me dijo- ¿qué le sucede a la abuela? ¿porqué grita?

-Hijo –le contesté- está enferma y el abuelo le está poniendo una inyección. Una buena inyección –añadí entre dientes-. Así que tú a dormir.

No hubo problema, se durmió al instante. Al regresar al comedor mis suegros aplaudieron mi ocurrencia sobre la inyección y continuaron follando a lo bestia. Después mi paja. Pero al día siguiente no aguanté más y le dije a mi suegro que no quería que me siguiesen utilizando de aquella manera, y no era porque me desagradase que ellos experimentaran goce sexual, sino que el problema era que el que no podía experimentarlo era yo. Mi suegro me pidió que no los abandonase en ese momento tan dulce que ellos estaban viviendo en el terreno sexual y me prometió que esa noche me tenía reservada una sorpresa. Así que la noche llegó y ya estábamos los tres otra vez solos después de haberle explicado al niño que el abuelo tenia que ponerle otra inyección a la abuela. No sabía cual era mi sorpresa hasta que sonó el timbre de la puerta y entró una chica de unos treinta años, de pelo rubio rizado, muy guapa y bastante bien proporcionada. Era una prostituta, se le notaba, mi suegro la había contratado exclusivamente para mi. Se llamaba Nuria y desde el primer momento se mostró muy cariñosa conmigo, aunque se sorprendió cuando descubrió que el juego consistía en follar delante de aquella pareja de vejetes, mi suegros, mientras ellos también echaban su polvo. Así que cada uno por su lado íbamos a lo nuestro, aunque Nuria y yo entramos sin dudar en terrenos de materia sexual que captaron en seguida la atención de nuestros suegros. Nuria comenzó a chuparme la polla magistralmente y a mi eso me volvía loco. Hasta ese momento no había mostrado mi herramienta en presencia de mis suegros y eso hubo de causarles impresión, pues sobre todo Rocío, no apartó la vista de mi verga casi en ningún instante. Rocío y Gregorio parecían estar disfrutando más que nunca solo por el mero hecho de ver como lo hacíamos Nuria y yo. No tardé en correrme entre gritos de gusto en la boca de la puta. Hacía tiempo que necesitaba una mamada así. Quedé exhausto en el sillón. Nuria se volvió hacia mis suegros y animó a Rocío a que se la chupase también a Gregorio. Rocío argumentó nerviosa que era algo que nunca había hecho.

-Hazlo –le dijo Nuria- seguro que tanto si lo haces bien como si lo haces mal a tu marido le gustará. La tiene tan dura que seguro que le explota en cuanto le pongas los labios encima.

Rocío comenzó a meterse el pijo de Gregorio en la boca. Lo hizo lo mejor que pudo, y Nuria llevaba razón, pronto el hombre eyaculó en la boca de su mujer de puro goce que aquello le producía. A mí, contemplar la escena hizo que inmediatamente se me pusiese dura de nuevo. Nuria lo agradeció, pero me pidió que antes de follar le comiese un rato el coño. Aunque era una puta, comprendí que tampoco ella habia vivido una situación tan especial como la de aquella noche, y por eso estaba tan excitada. Ahora les tocaba mirar a mis suegros, claro que al pobre Gregorio no se le volvió a levantar igual que a mí, y por otro lado era evidente por su cara de excitación que Rocío tenía más ganas de follar aquella noche. Le comí el coño a Nuria y después me tumbé en el suelo para que ella se sentase encima de mi polla. Así follamos un buen rato, mientras Rocío le pidió a Gregorio que al menos la masturbase con los dedos. Yo, hubiese preferido levantarme del suelo, haber dejado de lado a Nuria y haberme ido a follar con mi suegra, pues era a ella a quien deseaba por encima de

todo, pero aquello no estaba en el guión y su marido podía no consentirlo. Entonces solo podía hacer una cosa, follar con Nuria brutalmente y así quizá dar envidia a Rocío, como creo que sucedía, pues los ojos se le salían de las órbitas mirando como lo hacíamos la pareja joven. Follé con Nuria en todas las posturas y maneras, incluso la sodomicé; todo durante un largo rato (yo diría que durante casi tres horas) en las que mis suegros no se cansaron del espectáculo. La joven prostituta se fue habiéndose hartado de mi semen y muy satisfecha, tanto que le hizo un descuento a mi suegro, encargado de pagarle.

Al día siguiente agradecí a mi suegro el detalle. Le dije que me había gustado mucho, pero que quizá no era aquello lo que necesitaba. Él me pidió que no me rajase a aquellas alturas, que no me traería a una puta, que me traería a dos si hacía falta, solo porque a él se le empinase de vez en cuando y pudiese follar dignamente con su parienta. Le dije que no era eso lo que quería y entonces me suplicó que pidiese lo que yo deseara. Se lo solté a bocajarro:

-Quiero follar con Rocío, o sea con tu mujer, con la que es mi suegra.

-No me pidas eso –exclamó mi suegro- Puedes mirar como lo hacemos, pero eso no, creo que no lo soportaría.

– ¿Qué es lo que no soportarías? No puedo aguantar más, fuiste tu mismo el que me animaste a observarla. La deseo.

-No soportaría ver como te la follas – me dijo-.

-No tendrías porqué verlo. Sería nuestro trato. Tu consientes que ella sea mía de vez en cuando y yo estaré presente cuando te apetezca en tus juegos.

-Si, pero…,¿ tu crees que ella querrá?

– Por supuesto que querré –exclamó la propia Rocío desde la puerta, pues lo había escuchado todo. Me parece que es lo justo.

Casi me faltó saltar de alegría al oír aquello. Mi suegra tenía tantas ganas como yo y mi suegro no tuvo más remedio que aceptar. Un rato después mi hijo preguntó si ese día el abuelo no tenía que poner la inyección a la abuela. Eran las cuatro de la tarde de un domingo. Gregorio dijo a su nieto que no, que ese día quien le pondría la inyección a la abuela sería papá. Rocío sonrío y dijo que tenía muchas ganas de “inyección” así que pidió a su marido que sacase a pasear al nieto por el parque y que no regresara al menos antes de dos horas. Gregorio se fue algo apesadumbrado, pero ya se acostumbraría; en todo caso él tuvo la culpa por ponerme a su mujer a tiro. Rocío y yo nos fuimos rápidamente al dormitorio y lo primero que me pidió es que le hiciese todo aquello que le hice a la prostituta. Pero le hice más, ya lo contaré en alguna ocasión.

Autor: fratss

fratss ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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