Es jodidamente tarde, tanto que me he quedado sólo en toda la planta preparando un informe para la reunión de mañana a primera hora y la verdad es que llevo tanto rato dándole vueltas que ya no veo ni las letras en la pantalla. Necesito un descanso. Quizás un cafecito de la máquina. En eso que se abre la puerta de uno de los ascensores y, precedida por un carrito con cubos de colores, trapos y demás artículos, aparece una de las chicas de la limpieza. Bajo la bata de trabajo se dibujan las curvas de unas caderas anchas de mujer rotunda y unos pechos contenidos. Aunque ya la tenía vista de otras veces, nunca me había fijado tanto en lo estupenda que está; joven, no debe pasar de los 24 o 26, con un rostro angelical y el cabello cobrizo.
Cuando para el carrito, se pone a mirar su entorno en la oficina como si planificara por dónde empezar y qué hacer hasta que su mirada se cruza con la mía. Al parecer no me había visto y la he sorprendido. De inmediato, baja la mirada y se ruboriza de esa cierta forma que identifico al instante. Decido que el informe puede esperar un poco más. Me levanto y me voy hacia la máquina que hay en el pasillo y saco un café. Vamos a poner a prueba a la hembrita, y veremos si es como yo pienso. Con mi café en la mano voy por el pasillo y observo cómo ella está sacando el polvo, sin que en ningún momento levante la mirada de la labor. Cuando ya estoy al lado de mi mesa, cojo el café y, cuidando que no salpique demasiado, lo derramo en el suelo.
-Perdona -le digo-, puedes venir un momento. Es que se me ha caído el café al suelo.
Levanta la cabeza de su trabajo y me mira lo justo para afirmar con la cabeza, luego se acerca a su carrito y lo conduce hasta dejarlo cerca de mi mesa.
– ¿Qué torpe soy, verdad?No contesta. Se ha quedado mirando el charco y se vuelve para coger el mocho, sin mirarme directamente en ningún momento.
-Esto,… perdona, no sé cómo te llamas.
-Sara -dice, casi sin levantar la voz.
-Esto, Sara, creo que deberías limpiarlo con un trapo, quedará mejor.
Se vuelve y, ahora sí, me mira a los ojos, mientras su mano se aferra al palo del mocho, pero al poco deja de mantenerme la mirada y baja la cabeza ocultándome sus preciosos ojos verdes.
-De hecho, debo ordenarte que lo limpies con un trapo.
Sin rechistar, Sarita, deja el palo del mocho y coge un trapo que cuelga del carrito. Sin embargo, se queda parada, con el trapo en la mano.
-Arrodíllate y límpialo -le digo con tono autoritario, sabiendo que este es el momento crucial que me dirá si me he equivocado en mi apreciación.
Y, entonces, la hembrita pelirroja se arrodilla y, posando el trapo sobre el charco, comienza a limpiarlo.
-Bien, muy bien, lo haces muy bien -le digo para recompensar su obediencia, en tanto contemplo cómo sus caderas se mueven al ritmo de la tarea, dejando totalmente expuesta la redondez de unas nalgas rotundas sólo cubiertas por la bata.
Mientras está dedicada a recoger el café derramado no levanta ni una vez la mirada, embebiendo el trapo y escurriéndolo en el cubo como si ese fuera todo su universo.
Cuando ha terminado le digo: -Perrita, ven aquí -ella me mira una fracción y luego se dispone a levantarse-. No, así no, a gatas.
Empieza a temblar, su cuerpo se le revela, pero, como si luchara consigo misma por algo que desea pero no quiere concederse, se coloca a cuatro patas y se acerca hasta donde la espero de pie, muy lentamente.
-Ahora, demuéstrame tu agradecimiento.
Se queda parada, sin saber qué hacer, es evidente que posiblemente ésta es su primera experiencia de sumisión. Que tierna, que dulce, una virgen. Y que suerte tienes, cabrón.
-Bésame lo pies, perrita.
Se inclina y, parándose unos segundos, termina por besarme los zapatos.
-Lo haces muy bien, perrita. Levántate.
La niña, que es un encanto de criatura, toda obediente, se levanta. Entonces poso una de mis manos en el lateral de su cuello y lo acaricio lo que le hace cerrar los ojos y recostar su cabeza, en tanto la otra se ocupa de desabotonarle la batita, descubriendo unos pechos preciosos contenidos en un sostén de encaje y unas brag
uitas de niña mala, que apenas dejan nada a la imaginación.
-Sarita, ¿no te da vergüenza ser tan puta?Ella abre los ojos y me mira, arrobada por mis caricias en su cuello.
– ¿No te da vergüenza llevar esta ropa interior de furcia? -le digo, mientras mi mano comienza a introducirse bajo la tela del sostén y acaricia unos de sus pechos suculentos con glotonería. Como buena perra salida, sus pezones están erguidos, deformando la tela que los cubre.
Abre la boca, como si fuera a decir algo, luego la cierra y, finalmente, contesta con una voz toda timidez.
-Lo siento.
– ¿Sólo lo sientes, Sarita?Mis caricias surten efecto y su cuerpo comienza a ondularse, por lo que abandono los pechos y bajo a las profundidades, introduciéndole un dedo bajo la escasísima tela y me dedico a rozarle el botoncito del placer, lo que la hace boquear ansiosamente.
-Creo, perrita, que deberé castigarte, no puedes ir por ahí con esta ropa poniendo enfermo al personal.
Sin darle tregua, le arranco las braguitas que apenas ofrecen resistencia y mis dedos toman al asalto su chochito que a estas alturas ya destila su néctar, embadurnándome los dedos.
– ¿Qué dices, perrita? -Sííí… -es lo único que sale de su boca.
– ¿Sí qué? -Cas…ti…gue…me…
Está tan salida, tan excitada, que toda ella se tensa para intentar mantenerse de pie mientras la enloquezco un poco más dándole caña a toda leche.
-No lo pides bien, perrita. No eres respetuosa. Tendremos que dejarlo.
Me mira desesperada mientras mi mano hace un ademán de separarse de sus coñito empapado.
-No… por favor… -Bien, eso está mejor, pero la próxima vez llámame Amo o lo dejamos aquí mismo -y acelero mis movimientos sujetándola bien con mi otro brazo hasta que su mirada se nubla y comienza a convulsionarse una y otra vez, por lo que la acompaño hasta depositarla en el suelo y me quedo observando cómo disfruta de una cadena de placer.
Cuando por fin consigue salir de la corrida, me mira con los ojos entornados de los que resbalan unas lágrimas de pura satisfacción.
-Gracias… Amo -dice con su vocecita apocada.
Es un encanto.
-Está bien, perrita. Pero recuerda que tenemos algo pendiente.
Me cojo una silla y me siento, separando algo las rodillas.
-Ven aquí. Túmbate boca abajo en mis rodillas.
La perrita pelirroja se ha puesto colorada.
-Vamos, ¿a qué esperas?
Lentamente, se levanta y se acerca, luciendo sólo los sostenes recogidos bajo sus tetas. Cuando la tengo al lado, la ayudo a inclinarse hasta que su cuerpo se posa en mis muslos y queda con las piernas colgando a un lado y el torso a otro.
-Bien, perrita -le digo, acariciando sus nalgas con una de mis manos-, ¿te han castigado alguna vez? -No… -dice para rectificar de inmediato- No… Amo… -Entonces será mejor que me des tus muñecas.
Sin necesidad de más echa los brazos hacia atrás y junta las muñecas para que yo se las sujete con una de mis manos. Empiezo a pellizcar dulcemente sus nalgas redondeadas y carnosas, de un tacto suave, lo que hace que las mueva como si persiguiera a mi mano. Luego, sin previo aviso, dejo caer un azote, no muy fuerte, lo suficiente para una perrita virgen, que nunca ha probado la mano de un macho. Ella deja ir un gemido.
-No quiero oírte.
-No, Amo -responde.
La vuelvo a azotar y, esta vez, sus labios ahogan el sollozo. Bien, pienso, una perrita obediente. Toda una delicia. Y mi mano continua dándole candela a sus nalguitas hasta dejarlas bien calientes, de un rosado que da gusto verlo.
-Ahora, perrita, te dejaré ir. Te arrodillarás delante de mí.
-Sí, Amo -contesta con una vocecita aún más suave si eso es posible, evidentemente acallando el dolor que siente en su grupa de perra dócil y salida.
Mientras la perrita pelirroja se arrodilla y yo le echo un ojo para controlar que no se me alivie el culito con las manos, me abro la bragueta y doy un respiro a mi polla, que hace rato que la tengo bien dura y congestionada, y ésta da un brinco mostrándose en toda su gloria. Con la mano, la aprieto, intentando inclinarla un poco de su enhiesta posición y se la señalo a Sarita.
-Está esperando tu boquita, perrita. Demuéstrale lo mucho que la quieres.
La nena se ha quedado embobada mirando la tranca y, como hipnotizada por una cobra, abre su boquita y acerca su manita a la base, empezando a dar besitos cortos como mordisquitos al capullo que son de un enloquecedor absoluto. Poco a poco, su boquita se adapta y el capullo termi
na alojado dentro, dándole un calorcito muy agradable, al tiempo que lo absorbe como si fuera una pajita, que es una delicia. Para que sepa lo mucho que me gusta cómo lo hace y lo contento que estoy con ella, pongo mis manos en sus cabellos y la acaricio dulcemente mientras Sarita sigue con su labor, sin levantar ni una vez la mirada, que es una perrita muy aplicada.
Autor: Macho machopollon_ (arroba) hotmail.com