Una noche en Gran Vía: el encuentro que no estaba en mis planes.Salí de una cena de trabajo en Alcalá a las once y media, con la corbata en el bolsillo y ninguna gana de volver a casa. Madrid tiene esa costumbre: te deja tirado a una hora rara y se queda mirando a ver qué haces. Eché a andar hacia Gran Vía porque era lo que tenía delante, sin plan y contando farolas.
Terminé amaneciendo en un piso de Arturo Soria. Cómo se llega de un sitio al otro es lo que voy a contar.
Por qué Gran Vía funciona cuando no llevas plan
Hay zonas de Madrid que te exigen decidir antes de salir de casa. A La Latina vas a algo concreto. A Malasaña, también. Gran Vía no funciona así: te absorbe primero y ya decidirás por el camino.
Ayuda que desde que ensancharon las aceras uno pueda caminar sin ir en fila india esquivando gente. Ayuda el escaparate, que sigue siendo el mejor de la ciudad: los luminosos del Rialto y del Lope de Vega, el Schweppes de Callao encendido desde hace medio siglo, el Metrópolis al fondo con su ángel encima. Y ayuda, por encima de todo, la mezcla de gente. A esa hora se cruzan los que salen del teatro con los que empiezan la noche, algún turista despistado con el móvil en alto y los que acaban el turno en los hoteles. Nadie termina de encajar del todo, y justo por eso nadie desentona.
Yo llevaba semanas mirando perfiles en lifescorts sin decidirme a nada. Esa noche, parado en el semáforo de la esquina de Montera, dejé de darle vueltas. Filtré por centro en el listado de escorts en Madrid, cambié cuatro mensajes y quedamos en Picalagartos, la azotea del NH Collection de Gran Vía.

La azotea, y por qué el precio de la copa acaba dando igual
Elegí ese sitio por cobardía, si te digo la verdad: si la conversación no arrancaba, siempre quedaban las vistas para rellenar.
No hizo falta.
Llegó veinte minutos tarde, con un vestido oscuro y una disculpa que no sonaba a fórmula aprendida. Subimos en un ascensor que tarda lo suyo y que te deja dos opciones: mirar al suelo o mirar a la otra persona. Miramos a la otra persona.
Arriba te cobran quince euros por un cóctel y nadie protesta, porque lo que pagas no es la ginebra, es la barandilla. Los tejados del centro justo por debajo, el ruido de la calle llegando amortiguado y esa sensación algo irreal de estar viendo la ciudad desde dentro de ella. Pillamos un hueco pegado al cristal, y ella se sentó de forma que nuestras rodillas quedaron tocándose. No lo movió en toda la hora.
Hablamos de cosas que no venían al caso. De su pueblo, de un viaje mío a Lisboa que salió fatal, de por qué nadie sabe pedir bien un negroni. En algún momento dejamos de hablar y la conversación siguió igual, solo que en otro idioma: ella me miraba la boca cuando yo hablaba, y yo perdía el hilo cada vez que lo hacía.
Malasaña: donde se cae el disimulo
A la una y pico bajamos a la calle. Subimos por la calle del Barco, cruzamos hacia Malasaña y acabamos en el 1862 Dry Bar, en la calle del Pez. Si no has estado: es pequeño, tiene una escalera que baja a un sótano con luz de vela y una carta de clásicos que se toma muy en serio.
Pedimos abajo. Un sofá de cuero gastado, la música lo justo de alta como para tener que acercarte al oído para decir cualquier tontería. Y ahí se terminó la parte educada de la noche.
Empezó ella. Me puso la mano en el muslo mientras hablaba de otra cosa, con esa naturalidad de quien sabe perfectamente lo que está haciendo, y fue subiendo despacio hasta que dejé de entender mis propias frases. Le aparté el pelo y la besé en el cuello, justo debajo de la oreja, y noté cómo se le cortaba la respiración un segundo antes de girarse a buscarme la boca. Besaba con hambre y sin prisa a la vez, mordiendo el labio inferior, midiendo, retirándose cuando yo iba a más para obligarme a ir a buscarla.
Le subí el vestido por encima de la rodilla con el pulgar y me detuvo la mano. No para pararme: para dejarla ahí, quieta, apretada contra la piel de la cara interna del muslo, mientras me sostenía la mirada y le daba un trago larguísimo a su copa.
—Aquí no —dijo—. Yo no vivo en el centro.
El taxi hacia el este
Madrid cambia rápido cuando dejas el centro. El taxi salió por Alcalá y enfiló hacia el este, y de pronto se acabaron los neones: avenidas anchas, semáforos en ámbar, edificios de ladrillo, nadie en las aceras. Es otra ciudad, y a las tres y media de la mañana está en silencio.
Le conté, porque soy así de pesado, que Ciudad Lineal se llama así porque a finales del XIX un tal Arturo Soria quiso construir una ciudad entera a lo largo de una única calle recta, y que la avenida por la que íbamos era lo que quedó de aquel proyecto. Ella se rió y me dijo que llevaba cuatro años viviendo allí y no tenía ni idea. Después me metió la mano por dentro de la camisa y dejé de dar la charla.
Hicimos el resto del trayecto sin hablar, su boca en mi cuello y mi mano bajo el vestido, intentando los dos que el taxista no notara nada y sin conseguirlo del todo.
Meses después, cuando he vuelto a buscar, he ido directamente al listado de escorts en Ciudad Lineal en lugar de al del centro. Uno aprende dónde se está mejor.
Arturo Soria, cuarta planta
En el ascensor no aguantamos. La empujé contra el espejo del fondo y la besé como si lleváramos toda la noche debiéndonoslo, que era exactamente el caso. Ella me tiró del pelo hacia atrás, me miró un segundo y se rió contra mi boca cuando el ascensor se paró y ninguno de los dos hizo el gesto de salir.
El vestido duró lo que tardé en encontrar la cremallera, y no fui rápido. Cayó en el pasillo, entre la puerta y una consola con las llaves, y ella me fue empujando hacia atrás sin dejar de besarme hasta que choqué con la pared. Me desabrochó la camisa botón a botón, con una lentitud deliberada que era casi cruel, mientras yo le recorría la espalda con las dos manos y le sentía la piel erizarse a mi paso.
Del pasillo al dormitorio hay tres metros. Tardamos bastante.
Me empujó sobre la cama y se sentó encima con las rodillas a ambos lados de mis caderas, todavía en ropa interior, y estuvo ahí un rato largo moviéndose despacio, sujetándome las muñecas contra el colchón cada vez que yo intentaba tocarla. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Me tuvo así hasta que se lo pedí en voz alta, y solo entonces se inclinó, me soltó las manos y me dejó recorrerle el cuerpo entero con la boca, del cuello a las caderas, mientras ella arqueaba la espalda y respiraba cada vez más fuerte contra mi pelo.
Después vino todo lo demás, y de eso no voy a dar detalles, porque hay cosas que se cuentan mal y esta es una de ellas. Solo diré que fue largo, que hubo risas en mitad de la cosa, que nos paramos a beber agua y volvimos a empezar, y que en algún momento la ventana empezó a ponerse gris sin que ninguno de los dos le hiciera caso. Ciudad Lineal seguía en silencio ahí fuera, con esa quietud de barrio residencial que no tiene nada que ver con el centro y que, esa noche, agradecí muchísimo.
Lo que queda
Salí a la calle pasadas las ocho. Arturo Soria a esa hora es gente yendo a trabajar, autobuses y un bar con la persiana a medio subir. Me tomé un café de máquina malísimo y cogí el metro en la línea 5 con cara de haber dormido cuarenta minutos, que es más o menos lo que había dormido.
Lo pienso ahora y lo que me queda no es el dormitorio. Es el ascensor de Picalagartos. Ese trozo de veinte segundos, al principio de todo, en el que todavía no sabía cómo iba a acabar la noche y las dos posibilidades seguían abiertas. Madrid no te promete nada. Te pone las cosas delante y se queda esperando, a ver si te atreves.
