No tuve problema que me viera desnuda ya que siempre desde que era un niño me paseaba sin ropa delante de el
Era una tarde calurosa del mes de noviembre. Hacía un rato que había regresado de trabajar –soy maestra en la sala de lactantes de un jardín maternal-, había almorzado frugalmente, me había pegado una ducha y me había acostado a dormir un rato antes de ir al gimnasio.
Trabajo por la mañana y voy al gimnasio casi todas las tardes (cuando no hago una suplencia en turno tarde) no solo por mantener la figura, sino además porque estar toda una mañana con bebés es sumamente tensionante, hermoso pero agotador y el gimnasio me permite distenderme y cada tanto tener una experiencia muy particular, como he relatado en otra oportunidad anterior.
Apenas salí del baño, relajada y sin vestirme siquiera me acosté en la cama que había dejado sin tender al irme temprano por la mañana. Como desde hace dos años que me separé vivo sola, dejé de preocuparme por el orden.
Casi de inmediato entré en sueño. Estaba profundamente dormida cuando sonó el timbre del portero eléctrico. Hubo de sonar más de una vez hasta que pude reaccionar y levantarme para atenderlo. Era mi sobrino Lucas. Le abrí la puerta de calle y, medio dormida como estaba, aproveché mientras subía por el ascensor, para lavarme la cara y ponerme un camisón cortito que fue lo primero que encontré tirado a un costado de la cama y que apenas alcanzaba a cubrirme en forma más o menos decente. Igual con Lucas no había problema, me había visto pasearme por casa semidesnuda más de una vez siendo niño y no se iba a sorprender. Es que cuando Lucas nació yo ya tenía 18 años. Mi hermana, la mamá de Lucas que en ese entonces tenía 16 años, era casi una niña al igual que el padre, un vecino del que no supimos nunca más nada. Mis padres ya estaban grandes, mi hermano mayor ya se había casado, así que hasta que mi hermana se casó y se fue a vivir con su marido se puede decir que lo crié yo. Aún después y por largo tiempo seguí ocupándome mucho de él porque como los dos trabajaban me lo dejaban para que lo cuide cuando volvía del jardín y cuando fue más grande de la escuela.
Al ponerme el camisón observé que estaba excitada, tenía los pezones duros y húmeda la vagina. Seguramente habría tenido un sueño erótico del cual no lograba recordar nada, pero los signos eran inequívocos.
-Qué pasó- le pregunté a Lucas apenas abrí la puerta del departamento por todo saludo, porque si bien no es extraño que venga a visitarme, sobre todo después de mi separación, es raro que lo haga sin avisar, porque aunque no he vuelto a formar una pareja estable, en casa ocasionalmente suele haber «alguien».
-Nada- respondió -pintó visitarte-.
-No me mientas, vos no venís a visitar a tu tía así nomás, vos querés algo-
-No, nada que ver, solo quería que me ayudes con unos ejercicios de matemáticas que me cuestan-
-Cuántas veces tengo que decirte que soy maestra de jardín, de matemática solo recuerdo de lo que aprendí en el secundario-
-Dale tía, no seas mala- No pude negarme. –Bueno, voy a preparar café a ver si logro despertarme, sacá la carpeta y mostrame, veré que puedo hacer- Lucas es «mi sobrino», tengo otros cuatro, pero es mi preferido, mi consentido. Es como un hijo para mi. Es hermoso, a mitad de camino entre niño y hombre, a pesar de tener la cara llena de granitos y algunos pelitos que permiten adivinar una barba incipiente, el pelo rubio largo y siempre despeinado, los ojos celestes enormes, el cuerpo atlético, es un bombón. Mientras volvía con la bandeja con las tazas de café y una jarra de agua y dos vasos, lo observé detenidamente, ese aire despreocupado de «qué me importa», la camiseta gastada, el pantalón de fútbol sucio, las zapatillas agujereadas con sus correspondientes cordones desanudados, no se… me puede.
Encima cuando estuve cerca, ese olor a transpiración, un olor, debo decir que me agrada en los hombres, los prefiero sudorosos, medio animales antes que perfumados, volví a sentir los pezones parados y la concha húmeda.
Casi involuntariamente sin ninguna intención manifiesta comencé a provocarlo, a incomodarlo. -¿cómo anda tu novia
? Le disparé. -¿qué novia?, no tengo novia tía.
-Bueno, pero debés salir con chicas a los quince años …- insistí. –Obvio, pero nada de novias-
-Ya te habrás acostado con alguna supongo- volví a la carga. –No, ni ahí, las chicas que conozco no se dejan, son todas unas histéricas, tranzar si, pero de curtir nada y menos con un chico de mi edad- me contestó.
Le pedí que me lo traduzca. –Que salir, ir a bailar, por ahí un beso todo bien, hasta meter alguna mano, pero de ir a la cama ni hablar-
-Me imagino cómo debés estar, supongo que te debés masturbar seguido- Se puso colorado y no contestó, bajó la vista avergonzado.
-Dale, tus buenas pajas te debés hacer, a mi no tenés que ocultármelo, yo también tuve tu edad. ¿y tus amigos tampoco lo hicieron todavía?-
-Algunos si, pero tuvieron que pagarle a una puta-. Para qué lo dijo. Todas las mujeres tenemos fantasías, obvio que yo también las tengo. La verdad es que creía que todas o casi todas las había hecho realidad. De las que recuerdo, hacerlo en un lugar público, con varios hombres a la vez lo hice en el gimnasio, con otra chica una vez con una compañera del profesorado, con un negro superdotado en una playa del Uruguay, hasta ser violada en mi propio departamento y alguna otra que no me animo a contar las pude realizar. Pero me di cuenta en ese preciso instante que llevaba guardada una desde hacía años, desde el momento en que en casa se supo, aunque nadie nunca lo reconoció oficialmente, que mi padre había llevado a mi hermano con una prostituta cuando tuvo edad para «debutar» sexualmente, tal como antes lo había hecho su padre con el mismo y así por generaciones. Yo que estaba despertando al sexo y que tenía vedado hablar de eso en casa y mucho menos en la escuela de monjas, y que deseaba a los chicos pero no podía darme esa oportunidad, fantaseaba que era la puta que enseñaba a los chicos, aquellos de mi edad, los vecinos del barrio, los misterios del sexo. Hubo un tiempo en que casi a diario pensaba en eso tendida en mi cama y la verdad es que no se que es lo que me imaginaba porque conocía poco y nada como para saber que debía hacer para enseñarle a un debutante pero me alcanzaba para excitarme y masturbarme hasta acabar. No se cuánto duró eso pero dejó marca evidentemente. Esa fantasía que llevaba dormida se me hizo carne. Traté de controlarme y de concentrarme en el ejercicio de matemáticas pero fue en vano.
-¿Y vos no pensaste en ir con una puta?-. –No, no me da-. -¿por qué?- insistí. –no se, no me da- cortante, fue toda su respuesta.
-Bueno, dejémoslo, si no me querés decir, veamos el ejercicio- decidí suspender la conversación.
Estuvimos un largo rato «desculando» el ejercicio. Con lo poco que me acordaba logré ayudarlo bastante, aunque en todo momento tuve la sensación que Lucas sabía matemática y que lo que quería era estar conmigo o algo más.
Notaba como me observaba y caí en la cuenta que desde hacía ya un tiempo que cuando estaba conmigo parecía como embobado. Yo creía que eran cosas de la edad, «la edad del pavo» como se dice. Estaba distraído, ensimismado, pero en realidad, si no me equivocaba estaba caliente conmigo. A veces parecía torpe, algo extraño para un chico que hacía deportes y tenía gran dominio sobre su cuerpo, pero en oportunidades pasaba a mi lado y me rozaba o se chocaba con algo y terminaba tocándome o agarrándome directamente. En otras oportunidades me abrazaba, me acariciaba y encontraba siempre motivo para besarme en la mejilla rozando mis labios y eso al principio no me resultaba raro porque siempre fue muy cariñoso conmigo, aunque la cosa se estuviera poniendo densa y repetida.
Caí en la cuenta que me necesitaba y no tardó mucho en volverme el deseo de provocarlo. Me coloqué detrás de su silla con la excusa de mostrarle algo del texto apoyando mis pechos en su espalda. Se quedó tieso, tenso, no se lo escuchaba ni respirar siquiera. Mirando de soslayo pude ver como se formaba un bulto en su pantalón a la altura del miembro. Fui más lejos aún. Me ubiqué a su lado y con un movimiento forzado y absolutamente innecesario, me estiré hacia el centro de la mesa para servirme un vaso de agua hasta apoyar mis pechos sobre la tabla, quedando mi cola desnuda delante de su cara. Me di vuelta para ofrecerle inocentemente agua y pobrecito, no podía sacar sus ojos de la cola que prácticamente l
e ofrecía.
– No, eh, sssi- alcanzó a balbucear. Le serví agua y, ya casi fuera de mi, coloqué mi silla al lado de la suya de manera que nuestras piernas desnudas se rozaran. Se puso rojo como un tomate y su respiración se hizo agitada. Tomé como al descuido su rodilla con mi mano y la deslicé distraídamente unos centímetros por su muslo firme mientras le explicaba algo, como era de esperar, el bulto había crecido de manera ostensible. De golpe me detuve. No podía ser, era demasiado, se trataba de mi sobrino, casi mi hijo. ¿qué estaba haciendo?, ¿me había vuelto loca?. Le dije que intentara terminarlo solo el ejercicio mientras iba al baño a ver si me serenaba. Traté de calmarme pero estaba demasiado excitada. Me mojé la cara para refrescarme y me senté en el bidet a higienizarme porque ya chorreaba jugos por la vagina.
Sentada en el bidet los pensamientos se agolpaban en mi mente. Una a una se sucedían como flashes las imágenes. La sangre me hervía. Era una lucha despiadada entre el bien y el mal. Lo peor es que conociéndome sabía cual de los dos iba finalmente a triunfar.
Lucas en mis brazos, Lucas dando sus primeros pasitos tomado de mis manos, cambiando los pañales a Lucas, Lucas en la escuela, Lucas jugando con la pelota… aparecían las imágenes como en una película cuadro por cuadro.
Como puñaladas los malos pensamientos se clavaban en mi mente. Era la oportunidad de cumplir mi fantasía, pero a diferencia de unos años antes, ahora sabía bien como hacerlo, ya tenía suficiente experiencia. Una vez más deseaba lo prohibido pero esta vez había llegado demasiado lejos, estaba solo a un paso del incesto. Me decidí a darlo. Cuando me incorporé y mientras me secaba con la toalla, el espejo devolvía una imagen desencajada, lasciva, como en el baño de un hotel antes de dar rienda suelta a un encuentro ocasional, había cumplido con el rito de prepararme para la batalla sexual.
Salí decidida y lo encaré: mirá Lucas, lo vamos a hacer porque yo quiero, por esta única vez y nadie nunca se tiene que enterar ¿ok?. Ah, y un más, por un rato olvidate de la tía Laura, soy Vanessa ¿ok?.
Me miró perplejo, no entendía de qué le hablaba hasta que me quité el camisón y lo dejé caer a mis pies. Quedé completamente desnuda frente suyo y comencé a deslizar mis manos por mis pechos y mi vientre de forma provocativa.
-Vení y acariciarme- le dije y se levantó como impulsado por un resorte. Quiso besarme en la boca y lo esquivé porque sabía que las putas no se dejan besar sino por «su» hombre y yo quería interpretar mi papel a la perfección. Le ofrecí el cuello para que besara mientras tomaba sus manos y las guiaba a mis pechos.
-Acaricialos, sobalos, apretalos suavemente y chupámelos- le dije. Obedeció desesperado. No le alcanzaban las manos para palpar mis pechos. Bajé su cabeza delicadamente para que me los chupara.
-Hacé de cuenta que sos un bebé, no va a salir leche pero lo vas a disfrutar- y comenzó a chuparlos con frenesí. –Así no que me hacés daño, más suave- lo contuve cuando me los mordió con desesperación.
Lo dejé hacer durante un largo rato y luego me mojé los dedos de la mano con saliva y me los pasé por la concha que ya de todos modos estaba bastante húmeda.
Quité una de sus manos que apretaban mis pechos mientras los chupaba con fruición y la llevé a mi concha indicándole el camino. Sostuve uno de sus dedos para que se posara en mi punto y masajeara en redondo y a lo largo del tajo desde la concha hasta la cola que es como me gusta.
Estaba como enloquecido y yo disfrutaba igual con sus manos inexpertas, aunque me sentía extraña. Estoy acostumbrada a que me manden, que me indiquen lo que debo hacer, que me dominen y que hagan a voluntad que es como más gozo. Estar indicándole lo que debía hacer y guiarlo era una sensación nueva para mi.
De pronto se detuvo, se estremeció y quedó tieso. Me lo temía. –Veamos que pasó ahí abajo- dije y se puso nuevamente colorado. Pobrecito, se había corrido. Su pantalón estaba mojado.
-No te preocupes- le dije -ya lo vamos a arreglar-. Me arrodillé delante suyo, bajé sus pantalones y cual fue mi asombro al encontrarme con un miembro de tremendo tamaño para su edad. En realidad debo decir que no se si es normal, digo, que no se cuando se desarrollan l
os hombres y si a los quince años tienen el miembro de un adulto. La cosa es que me sorprendí gratamente.
-Vanessa te lo va a limpiar y va a quedar como nuevo, no te preocupes y dejame hacer-.
Comencé a chupárselo. Estuve un rato metiéndome gran parte de su miembro en la boca y pasándole la lengua a su tronco desde los huevos hasta la punta. No tardó mucho en endurecerse nuevamente y quedar reluciente.
Lo miraba fijamente a los ojos con lascivia y no me podía sostener la mirada. Eso me daba un aire de dominio además del lógico de mi experiencia. Ya estaba poniendo los ojos en blanco otra vez y me detuve.
-No chiquito, otra vez no- le dije y lo hice sentar en la silla. Le quité completamente la ropa y literalmente me lo monté. Abrí bien mis piernas a los costados de sus caderas sujetándome con una mano del respaldo de la silla y con la otra tomé su miembro y lo deslicé bien adentro de mi concha mientras apoyaba mis piernas a los costados de la silla para poder hacer fuerza. ¡Dios! Lo tenía adentro, su miembro me penetraba como una lanza. Lo cabalgué unos instantes con furia y volvió a acabar una tonelada de leche en mis entrañas. Tuve que continuar con mis embestidas hasta que alcancé mi primer orgasmo mientras Lucas seguía eyaculando espasmódicamente las últimas gotas.
Me levanté y me senté en el piso a su lado y seguí acariciando y pasando la lengua a su miembro que sabía delicioso.
-Tía, esto es lo más- alcanzó a decir antes de volver a extasiarse.
-Nada de tía mi amor, Vanessa te dije- le respondí y levantate que esto no terminó. Yo no estaba satisfecha aún. Necesitaba más. Tenía un semental virgen en mi casa y lo iba a aprovechar.
-Vamos a darnos una ducha- le dije mientras lo tomaba de la mano.
Ya en la bañera le enjaboné todo el cuerpo poniendo particular atención en sus huevos y en su miembro que al toque comenzó a endurecerse nuevamente. Le pasé el jabón y le di la espalda para que me enjabonara. –Es tu turno-. Guié sus manos por mis pechos y mi concha que estaba todavía necesitada. Froté mi cola sensualmente en su miembro como siguiendo mentalmente una melodía hasta que lo noté duro como una roca nuevamente y lo metí en mi concha enjabonada. Ahora Lucas me cabalgó hasta descargar su líquido caliente dentro mío y me hizo acabar nuevamente.
Las piernas me flaqueaban y ya estaba casi satisfecha. No me había sacado las ganas del todo pero le había enseñado los rudimentos del sexo a mi sobrino preferido.
Nos enjuagamos, nos secamos el uno al otro y lo conduje hasta el dormitorio.
Nos recostamos en la cama a reponernos de la batalla. Casi sin quererlo comencé a acariciarlo con ternura, no con pasión, sino con ternura mientras dormitaba a mi lado. El cabello ensortijado, los hombros fuertes y bien torneados, el pecho ancho, los muslos potentes. Aún con los ojos cerrados su miembro empezó lentamente a desperezarse.
Habías pasado pocos minutos desde que mis manos merodearon sus muslos y su miembro estaba listo ya para la acción. Se despertó completamente y casi instintivamente intentó montarme.
-Esperá mi amor- lo atajé- primero dedicame unas caricias-. Abrí bien mis piernas y le indiqué que chupara en la concha. –Cuando notes que chorrea meté un dedo como te mostré antes- Aguantó muy poco y además yo me caliento muy fácil, así que enseguida lo tenía montándome por delante. Había aprendido rápido. Para que entrara más profundo, coloqué mis piernas encima de sus hombros y la sentí casi en la garganta.
Esta vez tardamos un rato más en acabar pero fue delicioso. Cuando descargó su líquido dentro mío se derrumbó sobre mi cuerpo, todo su peso sobre mi. Aproveché para disfrutarlo un rato más adentro mío, era una delicia. Continué acariciándolo y deleitándome con su cuerpo y su miembro que por un rato largo permaneció erecto dentro mío.
Luego de un rato, cuando empezó a pesarme, lo saqué de su estado de éxtasis: bien, aquí terminó la lección amiguito, salí de encima, dejá el dinero sobre la mesa, vestite y andate.
¿ya? ¿tan pronto? Preguntó.
-Si, tengo otros clientes- le respondí.
-Una más Vanessa y te prometo que te pago y me voy- había entendido el juego.
¿Una más?. Pero si te
la chupé, te cojí y me cojiste dos veces ¿qué más?.
Hizo silencio y me di cuenta de lo que quería.
-Estás loco si creés que te voy a entregar mi culito-
-Dale putita, te pago doble- me dijo con una sonrisa cómplice siguiendo el juego.
Ni lo pensé. Imposible negarse a mi sobrino. Además estaba en vena, podría hacer cualquier cosa.
-Dale parate al costado de la cama- le dije mientras me acomodaba en cuatro patas al borde de la cama con la cola para afuera.
-Escupite los dedos y pasalos por el culito- Obedeció como un soldado.
-Ahora meté un dedo despacito para que se dilate- Sentí que su dedo se hundía en mi culito húmedo que ya estaba anhelante.
-Mojate otro y meté los dos y movelos suavemente- Así lo hizo y en poco tiempo ya estaba listo para recibir su miembro.
-Ahora dejame a mi, agarrame de los hombros y no te muevas hasta que yo te lo diga- Tomé su miembro tieso y lo coloqué en la puerta. Con movimientos envolventes me lo fui engullendo hasta que una parte estuvo dentro.
Entonces como me pasa en estos casos, me solté. Me salió la veta animal.
-Ahora haceme tuya, metémelo todo, partime- No alcancé a terminar la frase que me cabalgaba como a una yegua. Agarrado de mis hombros me embistió con furia hasta que descerrajó las municiones que aún quedaban en su arma casi sin uso. Mientras se higienizaba y antes de irse le recordé la promesa. Le di un beso de despedida y me tendí a descansar. El gimnasio podía esperar, ya había tenido demasiado movimiento por ese día.
Obvio que Lucas volvió a casa y más de una vez no solo para visitarme como a su tía. Hasta alguna vez se atrevió a venir acompañado por otro chico de su edad que tampoco había debutado para que le enseñara y no tuve más remedio que hacerlo porque se trataba de Lucas. Pero esa tarde que pasé con mi sobrino dejó huellas, esa tarde me pasé de la raya y me parece que todavía no vuelvo.
Quisiera conocer tus comentarios o si has tenido una experiencia similar.
Autor: Maria
mldv70 ( arroba ) hotmail.com
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