Vacaciones en el Paraiso 2

vaciones infiel

Anaís tiene su primer encuentro con Adrián, el guapo marinero que la ayudará a encontrar su yo sexual y a salir de la frustración en que la tiene sumida su marido.

Vacaciones en el Paraíso

Parte 2

—Hoy será un día de ansiado descanso —dijo Fernando animado—. Espero que hayas pasado una buena noche para que puedas disfrutar de este día tan maravilloso.
Anaís le sonrió con un poco de tristeza.
Había tenido una noche plagada de sueños muy sexuales, pero en ninguno de ellos el protagonista había sido su marido. Más bien un hombre alto, rubio, de ojos azules y cuerpo perfecto era quien la había tomado varias veces en sus brazos para hacerle sentir los orgasmos más sensacionales.
—Sí, dormí bien —mintió mientras terminaba de arreglarse.
Ese día estarían en altamar. Fernando había planeado disfrutar de un día cómodo y relajado en la piscina, así que Anaís se había puesto un precioso bañador de color amarillo. Era muy pequeño, pero quería broncearse, así que no había puesto reparos en ponerse aquella prenda. El sujetador era sólo dos triángulos unidos por una serie de tiras delgadas. El panty era un bikini pequeño que dejaba ver parte de sus bonitas nalgas.
Fernando no se había mostrado ni a favor ni en contra del traje, más bien había pasado indiferente, así como era siempre él.
Después de salir del camarote fueron al restaurante donde disfrutaron del delicioso desayuno. Conversaron de tonterías y Anaís se dijo que debía intentar pasarlo bien por Fernando quien era el que más había insistido en el viaje. No iba a decir que ella no quería ir, al contrario, ese viaje también era un sueño para ella.
Mientras comía, sintió que la observaban. Levantó la vista y junto a la puerta del restaurante, a punto de salir, estaba él, Adrián, el hombre con el que había soñado. Ese día también tenía un pantalón blanco igual al que había llevado la tarde anterior. Pero esta vez tenía una camiseta que le ceñía el torso: de todas maneras era como si fuera desnudo.
La miraba con la misma intensidad con que la había galardonado el día anterior. Anaís se puso nerviosa. Se alegró de que los pensamientos no se pudieran leer porque ella no saldría muy bien parada por lo que estaba pensando y añorando. Los ojos de ese hombre recorrían sus pechos que sólo estaban cubiertos por la parte superior del biquini. Nunca antes se había sentido tan expuesta: ni cuando estaba desnuda en los brazos de un hombre. Y muy dentro de sí, le gustaba ese escrutinio, le gustaba esa mirada, le fascinaba que la recorriera de esa forma.
El problema es que comenzó a calentarse de nuevo.
Se removió en la silla incómoda, mientras trataba de ahogar sus pensamientos. Miró a su esposo que estaba concentrado en un tazón de cereal y que no se había dado cuenta de nada. Se sintió tranquila. Giró indolente la cabeza hacia donde había estado Adrián, pero ya no estaba allí. ¿Qué hacía en ese lugar?
Bueno, no era asunto suyo. Así que lo mejor era dejar de pensar en aquel hombre y disfrutar de su viaje, anulando lo que sentía en su cuerpo cada vez que lo veía o pensaba en él.
Fernando y Anaís salieron caminaron hacia una de las enormes y deliciosas piscinas que tenía el barco. Era espectacular. Muchas personas habían decidido que era una buena mañana para estar allí, tomando el sol y nadando un poco.
Ella se sintió relajada y un tanto perezosa. Se acostó en una tumbona y cerró los ojos para descansar y permitir que el sol la bañara con su calor. Quería broncearse y llegar más morena a su casa. Le parecía fantástico sentir el calor en su cuerpo, sentir el suave mecer del barco y saber que por unos días no tendría que preocuparse por nada, que nada la molestaría. Se dedicó a deleitarse.
Su esposo se había decidido a nadar. Estaba ahora en el agua disfrutando como un niño. Le gustaba verlo así, se sintió culpable por el leve pensamiento de la noche pasada sobre su matrimonio. Ella sabía que así era su esposo y así lo quería.
—¿No quieres venir al agua, querida? Está deliciosa —le preguntó desde la orilla de la piscina.
Anaís abrió los ojos y le sonrió.
—No, gracias. Quiero tomar el sol un rato más. Quizás más adelante.
Fernando le devolvió la sonrisa y se marchó nadando.
De repente, ella giró su cabeza. De nuevo Adrián estaba allí cerca, recostado en una de las barandillas del piso superior del barco. Y la miraba. No cabía duda. La estaba observando a ella, fijamente, deleitándose con la vista de ese cuerpo bonito en un traje de baño tan chico, que apenas cubría sus zonas impúdicas.
La mirada era la misma: de deseo. Una mirada que quería acariciarla y tocarla hasta la parte más apartada de su cuerpo.
Anaís no podía negar que era avasalladoramente hermoso. Parecía salido de una revista de modelos. Jamás se imaginó que un hombre con tanta belleza fuera a desperdiciar su vida trabajando como marinero de un crucero. Pero le alegraba porque por lo menos tenía a quien observar y a quien fantasear.
Él no le quitaba los ojos de encima, y a ella le gustó.
Entonces se dijo que jugaría un poco.
Dejó de mirarlo y se incorporó. Tomó el frasco de aceite bronceador, vertió un poco en su mano y empezó a pasarlo sensualmente por su cuerpo en movimientos circulares pequeños que hacían que la tarea pareciera erótica. Primero las largas y tornadas piernas. Después los brazos. Cuando tocó el turno a los pechos, Anaís hizo movimientos que resaltaban las redondeces turgentes, como ofreciendo ese par de frutos a su observador. Luego, puso más aceite sobre su abdomen y lo masajeó con fruición, llegando a veces con sus manos hasta la cinturilla de su bikini. Posteriormente pasó a masajear las nalgas duras. Era como si estuviera mostrando su cuerpo, como si lo exhibiera con descaro y a la vez de manera dulce.
Sin poder evitarlo más, giró la cabeza hacia Adrián, pero ya no estaba. Se sintió desilusionada. De seguro había hecho todo ese show del bronceador para nadie, había gastado tiempo en seducir al viento, al hombre imaginado de la noche pasada.
De nuevo se acostó en la tumbona y se quedó en silencio con los pensamientos aquietados durante unos instantes.
Quizás se adormeció, no lo supo bien. Lo único que sabía era que de repente quería sus gafas de sol porque de alguna manera la luz le estaba entrando en los ojos y la estaba afectando. Sólo que las había dejado en su habitación.
Se incorporó y vio que su marido seguía nadando. Decidió ir al camarote por las gafas de sol. Después de avisarle a su marido se encaminó hacia el lugar. No se había puesto el short que había llevado en el desayuno, no quería que se le manchara con todo el aceite que se había puesto, así que decidió irse en su traje de baño. No importaba, igual la mayoría de los pasajeros estaban así, además todos habían visto con anterioridad a una mujer en traje de baño.
Caminó por el pasillo y se adentró por el camino que llevaba hacia los camarotes. En un giro, antes de tomar el grupo de puertas que conducían a la suya, se detuvo abruptamente. Él, de nuevo allí, frente a ella, a escasos dos metros.
—Buenos días, señora —dijo el hombre con su voz masculina y sensual.
—Bue… buenos días —dijo ella tratando de esconder su sorpresa ante el encuentro.
—¿Le puedo ayudar en algo?
—No… gracias, sólo voy a mi camarote porque olvidé mis gafas de sol.
—Y me imagino que con unos ojos tan hermosos, hay que protegerlos ¿verdad, señora? —preguntó él acercándose peligrosamente a ella.
Anaís dio un paso atrás. Si bien era cierto que le gustaba ese hombre, que la excitaba, también era cierto que no podía pasar nada entre ellos. Eso sería una completa locura. Pero esas palabras, esas simples palabras la habían hecho vibrar.
—Con… con… permiso —la mujer pasó por un lado y caminó hacia si destino lo más pronto que pudo. De alguna manera le había dado un poco de miedo encontrarlo allí.
Caminó unos siete metros más, cuando sintió que la tomaban por la cintura y la boca, y la levantaban del suelo. El brazo fuerte la asía contra el cuerpo caliente y masculino, dejándola sentir la dureza de esos músculos y esos brazos, tal como lo había imaginado.
Enseguida, el hombre abrió una de las puertas del pasillo y entró con ella que en vano se retorcía para que la soltara. Una vez dentro, cuando él prendió la luz, ella notó que era un cuarto pequeño donde guardaban objetos viejos. Había una mesa sobre la cual había una lámina de espuma. En el suelo había varios trapos y papeles. También había una silla destartalada, una lámpara vieja y unos palos, así como otros artículos que no supo reconocer.
—La soltaré si me promete no gritar —dijo la voz de ese hombre a su oído. La tenía todavía ceñirá a su cuerpo, la sostenía con una fuerza tal que para Anaís habría sido imposible liberarse.
Ella no estaba asustada. Increíble, pero era verdad. Cuando él la tomó en sus brazos y la alzó, ella intuyó que era él, lo sabía, era como si lo esperara. Sentirse tocada por ese cuerpo grande y fuerte la hacía sentir de alguna manera pequeña y sensual, incluso la hacía sentir protegida. Su cuerpo reaccionó con el conocido calor del deseo que nacía en su parte más femenina.
Anaís asintió admitiendo el trato que él le había propuesto: no gritar a cambio de que la soltara.
El hombre liberó la boca de la muchacha y pasó esa mano por el vientre de la joven, acompañando a la otra en su agarre.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me trajo aquí? ¿Qué quiere? —preguntó Anaís.
—Como si no lo supiera —dijo él después de soltar una pequeña risa que a la muchacha le pareció muy musical.
—¿Me va a… violar…?
—Claro que no, señora. No será una violación. Participará ardorosa y deseosa —dijo girándola para que quedara frente a él. Una de sus manos la sostenía por la cintura y la otra por la espalda.
De repente, Anaís sintió que la excitación que había iniciado cuando la levantó en vilo, crecía en su interior. Más cuando él la tenía tan pegada a su cuerpo y cuando veía su rostro sobre el suyo. Siempre había tenido novios bajitos, era la primera vez que alzaba el rostro para verle la cara a una pareja.
—No… no —dijo ella tratando de encontrar su voz para rechazar la propuesta del hombre.
—Claro que sí, señora —dijo él—. Lo desea tanto como yo, desde ayer. ¿Acaso cree que no me fijé en cómo me miraba el bulto entre mis piernas? —el hombre la apretó más contra él para que pudiera sentirlo—. También noté como me miraba el cuerpo, como se ponía nerviosa. Igual que esta mañana en el restaurante o ahora en la piscina.
—No… no sé… de qué me habla —dijo ella tratando de engañar lo que había sido obvio.
—No me mienta ni se mienta, señora. Me desea, quiere que cojamos, eso es evidente. Lo noto en sus ojos preciosos, en su cuerpo de seda.
—Está… equivocado —dijo ella titubeando, desmintiendo con la reacción de su cuerpo lo que él decía, y que se correspondía con la verdad.
—Claro que no, incluso me provocó aplicándose el aceite de esa manera sensual, eso lo hizo para mí —dijo él convencido.
Así que lo había presenciado. Había sido una locura, pero él decía la verdad. Ella lo deseaba, ahora que lo sentía tan pegado al cuerpo, no podía evitar que su conchita latiera y que sus pechos se prepararan para ese toque.
—Déjeme ir ahora —dijo ella.
—Claro que no. No antes de que sepa que es una buena cogida de un marinero —dijo él acercando más el rostro a ella—. Va a saber que es un verdadero hombre y lo pensará dos veces antes de volver a provocar.
De repente la boca de él estuvo sobre la suya, los labios fueron ágiles sobre los de ella, que los abrió mitad de sorpresa y mitad con ganas de poder tener un contacto más íntimo. La lengua caliente de ese hombre entró en su boca y entonces fue el final de sus renuencias a lo que estaba pasando con Adrián.
Esa lengua, el contacto con esa boca, sabía delicioso. No sabía qué tenía de especial, pero era plenamente consciente de que ese sabor era maravilloso y que no quería resistirse. Su lengua salió a su encuentro y respondió el beso de la misma manera ardorosa frotándola contra la de él, dejándole saber que se rendía a sus intenciones.
—Ah, que boca, señora —dijo el hombre entre el beso—. Tan caliente, tan dulce, tan redonda y perfecta. Desde que la vi me pregunté cómo se vería envolviendo mi verga.
A Anaís nunca le habían dicho palabras sucias mientras hacía el amor. Sus novios siempre habían sido muy calladitos y recatados. Pero jamás se imaginó que unas frases simples podrían calentarla tanto. Ella también imaginó el cuadro que el hombre le pintaba. No le gustaba mucho practicar el sexo oral. Las pocas veces que lo había hecho con su marido no había salido muy bien porque él se corría de inmediato, no obstante ahora con la mención de esto, la mujer sintió que la boca se le llenaba con las ganas de probar el pene de este hombre.
Adrián la tomó por la cintura y la subió a la mesa, sobre la espuma que estaba allí. Él se ubicó en medio de las piernas de ella, una de sus manos acariciaba la espalda y la otra se paseó por uno de los muslos. Después, volvió a apoderarse de la boca con brío. Ella respondió del mismo modo.
No duró así mucho tiempo. La boca de él dejó la de ella para atacar los abultados pechos de Anaís. En dos movimientos rápidos se deshizo de la parte superior del traje de baño, y la hizo inclinarse un poco hacia atrás, apoyándose en los codos. Después, puso su boca sobre uno de los pezones y lo succionó mientras una de sus manos tocaba el otro y comenzaba un lento masaje del pecho.
La mujer creyó que llegaría al orgasmo por el placer que estaba sintiendo. Ese hombre, ese desconocido, ese bruto, ese simple marinero le estaba comiendo y tocando las tetas como ningún otro hombre lo había hecho en su vida. Su boca ávida halaba y succionaba para después acariciar con la lengua, los dientes o los labios. Sus dedos halaban el otro pezón y enseguida lo acariciaban para después masajearle todo el seno. Era algo fantástico, su chochito estaba latiendo más fuerte que nunca, y la crema había empapado el traje de baño. Esto era mejor que su fantasía de la noche anterior.
—Que tetas, señora. Hermosas, grandes, apetitosas —dijo él sobre el par de montículos que anhelaba sus caricias—. Me gustaría correrme sobre ella, verlas brillantes por mi leche.
De nuevo esas palabras la afectaron haciendo que el dolor de su panochita por tenerlo dentro fuera más fuerte. Si no la cogía de una buena vez, se volvería loca.
—Adrián… cógeme —le dijo ella en voz baja.
—Todavía no, señora —dijo antes de volver al ataque con los senos de la muchacha.
El hombre pasó otro rato devorando sus pechos que quedaron completamente bañados en saliva, brillantes. Luego su boca comenzó a bajar por el vientre y se detuvo justo sobre el bikini que todavía tenía. Con las manos acariciaba sus muslos y la sensación era deliciosa. La boca de él entonces comenzó a dar besos por el contorno del traje, y eso la estaba enloqueciendo. Después hizo lo mismo por encima del traje. En un momento, con una de sus manos, hizo la tela de la entrepierna a un lado y dejó su conchita depilada expuesta a su mirada lasciva.
—Qué hermosa concha, señora. Desde ayer añoré verla y qué pronto pude hacer mi sueño realidad.
El hombre pasó sus dedos sobre el clítoris y ella dio un respingo de placer. Después esos dedos se adentraron y buscaron el agujerito de su feminidad.
—Qué caliente y qué mojada está. Si tiene mucha crema —dijo entrando en la cavidad y notando los jugos que habían mojado incluso la tela—. ¿Hace cuanto que no se la coge su marido? Parece que hace mucho. Qué desperdicio. Con una hembra como usted yo me la cogería todos los días, por lo menos unas tres o cuatro veces.
Anaís quiso gritar de placer de sólo imaginarse que un hombre como este se lo haría tantas veces al día. Por ahora necesitaba que se lo hiciera una vez. Movió sus caderas sobre esos dedos que la penetraban mejor que en sus fantasías, con más firmeza, más rudeza, más ardor.
—Tranquila, señora —dijo él sacando los dedos de la concha—. Todavía falta más placer. Quiero echarle una buena probadita a esa rica crema.
Entonces él se deshizo del bikini en un solo movimiento rápido, le abrió las piernas y bajó su cara hasta la panochita que brillaba con su humedad.
La lengua del hombre se paseó suave por la rajita. Primero tocó el clítoris y después avanzó hacia la cuevita de donde emanaban tantos jugos. El toque era suave y tenue, pero Anaís se estaba volviendo loca del placer.
Hacía muchos años que no le comían el chochito. A su marido no le gustaba, así que desde que se casó, ocho años atrás, no sabía qué era eso. Y tampoco recordaba que fuera tan excitante. Adrián pasaba la lengua con tanta suavidad que parecía el aleteo de una mariposa.
De súbito, todo cambió. La boca entera de su nuevo amante cubrió su conchita desde el clítoris hasta la abertura de entrada y comenzó a succionar con fuerza, a la vez que la lengua ahora era más atrevida e invasiva.
Anaís no aguantó más y se acabó. El placer la inundó en deliciosas contracciones que iniciaron en su clítoris y retumbaron en la concha, mareándola, haciéndola recostarse sobre la mesa porque ya no podía sostenerse más. Esa boca la estaba haciendo tener la mejor corrida que hubiera tenido desde que pudiera recordar.
—Ahh, ahh, ahh —comenzó a gritar la mujer, sin pensar en que podían escucharla. Lo único que quería era sentir el delicioso placer recorrer su cuerpo. Sus manos fueron a sus propios pechos y los acarició intensificando así el placer que Adrián le estaba dando con la boca.
Esa boca parecía no querer soltarla. La lengua se paseaba por donde quería y además seguía succionando como si quisiera beberse todo el jugo que salía. Era fantástico. Su cuerpo no dejaba de sentir placer, era como si el orgasmo todavía continuara en ella pero de manera más leve.
Entonces Adrián se levantó.
—Qué deliciosa está su concha, señora. Qué jugos más deliciosos y qué manera de verterlos cuando se corre —dijo él poniendo su cara sobre la de ella. Luego, la besó, haciéndole probar parte de los jugos salados que estaban todavía pegados a la lengua del hombre. Le gustó el sabor. Era el sabor de la boca de Adrián con el de su propio cuerpo femenino. Correspondió al beso con mucha profundidad, echó los brazos sobre el cuello del hombre para que no la soltara, pero no era necesario, él parecía no querer soltarla.
De súbito sintió que algo la tocaba abajo. Recorrió la rajita de arriba abajo y volviendo por el camino. Se detuvo en el clítoris para hacer un poco más de presión, lo que hizo que algo dentro de ella volviera a vibrar con el orgasmo que no había muerto aún. Luego, bajó hacia la entrada de su ser más íntimo y la penetró poco a poco. No lo veía, pero sabía que era la verga de su amante.
El empuje fue muy suave y lento, como si quisiera hacerle notar cada milímetro del falo dentro de ella.
Anaís se sentía fabulosa. Nunca antes un pene la había llenado tanto. Se sentía abierta, sentía que era muy grande y largo. Le gustaba mucho. Dejó de besarlo para poder gemir mientras entraba en ella.
—Ahh, señora, su conchita agarra mi verga como si fuera un guante, que estrecha está. ¿Acaso su marido no se la coge o no tiene una buena verga?
La mujer se sintió tentada a responderle que las dos opciones eran correctas, pero el deleite que volvió a ella cuando él salió para volver a entrar. Así comenzó con los embates a esa concha que parecía estar esperando ansiosa por él.
Anaís no podía evitar gemir y jadear mientras él la penetraba. Era la experiencia sexual más placentera que había tenido en años, o quizás en su vida. Nunca un hombre la había excitado tanto y mucho menos la había hecho correrse con una lamida o le había dicho cosas sucias que la enardecieran.
Entonces dejó de pensar porque el éxtasis volvió a ella. Era el segundo en pocos minutos. Nunca antes había logrado esto. Era fantástico volver a sentir las palpitaciones y el placer entero en su cuerpo mientras esa dura asta entraba y salía de ella. El goce se multiplicó cuando Adrián se corrió dentro y la mujer notó los potentes chorros de lefa que golpeaban su interior.
Mientras se aquietaba la agitación de su cuerpo ardoroso, sintió que Adrián seguía embistiéndola con suavidad, haciendo sonar a su chochito encharcado, intentando prolongar el goce por el tiempo que se pudiera hacer.
Finalmente él la abandonó y ella lo miró mientras se guardaba el pene dentro de los pantalones. Ni se había desvestido, sólo se había abierto el zipper para dejar salir su nabo a cogérsela. En cambio ella estaba completamente desnuda sobre una mesa, sudorosa y con el chochito totalmente mojado por sus jugos y por la corrida de él. Se incorporó un poco para ver que el hombre se acercaba a ella de nuevo.
—Coge usted como las diosas, señora. Nunca olvidaré esto —dijo antes de besar su clítoris, uno de sus pezones y su boca en ese orden—. Nos vemos por ahí.
El hombre salió y la dejó allí a ella, sola, con el cuerpo feliz y la mente confundida.
Casi no podía creer lo que acababa de pasar. Había cogido con el hombre al que había deseado el día anterior. Él la había seguido, la había llevado a ese lugar y le había dado la mejor cogida de los últimos años. Si no fuera por su concha llena de su leche, por sus pechos enrojecidos y sensibles y su sabor en la boca, habría jurado que se trataba de otra fantasía.
Anaís se bajó de la mesa. Tenía el cuerpo un poco dolorido. Tomó la parte superior del traje de baño y se la puso. Luego, agarró un trapo del suelo y se lo pasó por la conchita tratando de quitar el exceso de humedad. Sintió que su piel todavía respondía al contacto. Después se puso el bikini y se dijo que tenía que salir de allí. La idea no le gustaba. ¿Y si alguien la veía? Eso no era lo peor. Lo peor era que olía a sexo. Si alguien se encontraba con ella, se daría cuenta de lo que había estado haciendo, y si ese alguien era su marido, tendría que dar muchas explicaciones.
No obstante, no tenía otra opción. Así que salió. No había nadie en el pasillo, y corrió de nuevo a donde estaba su esposo. Se encontró con pocas personas en los pasillos y rezó porque no notaran lo que acababa de hacer. En cuanto llegó a la piscina se lanzó de cabeza. Eso haría que su cuerpo se limpiara un poco y el olor la abandonara.
—Qué bueno que regresaste ¿y tus gafas de sol? —preguntó Fernando.
Anaís recordó que se había ausentado para buscarlas, pero lo que había encontrado era mucho mejor.
—No las encontré —mintió—. Pero ya no las quiero. Mejor voy a nadar un rato.
Fernando le sonrió y se alejó para dejarla nadar sola.
Ella lo observó. Ahora lo vio con ojos distintos.
Nunca había sido una mujer apasionada o muy sexual. Eso creía. Eso le habían hecho creer sus anteriores y pésimos amantes. Ella era una mujer con una naturaleza sensual como la de su hermana que lo había descubierto antes y que lo había aprovechado. Ahora que había estado con Adrián era como si ante sus ojos se abriera una nueva ventana, una nueva posibilidad de conocer y saborear el placer que otros tenían, que ella tenía dormido hasta ahora.
No sentía ningún remordimiento de haber sido infiel. Nunca antes había pensado traicionar a su marido. Pero ahora que conocía cómo debía ser un verdadero hombre en la cama, se dio cuenta de que su esposo no estaba haciendo bien las cosas y que ella tenía derecho a obtener afuera lo que su marido no le daba en casa.
Anaís se relajó y disfrutó el agua. Estaba muy cansada para nadar, así que sólo flotó y dejó que el toque del líquido suave sobre su piel le rememorara lo que había vivido. Se sentía exultante y se dijo que desde ese día había nacido una nueva Anaís, una que no se detendría para encontrar el placer que su marido y sus anteriores novios le habían negado por años.

 

(Continuará…)

Parte 1

Lorna Durantti

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Escrito por Lorna Durantti

Soy Lorna Durantti. Me encanta el placer: verlo, saborearlo, sentirlo, olerlo, verlo y sobre todo, escribirlo. Quiero compartir el placer que escribo y que leo.

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