GLINYS (V).

Continuación del relato erótico "GLINYS (IV)" publicado en "El Rincón de Marqueze.net" el día 23/01/2003.

CAPÍTULO 12

En el coche, de conocida marca y extraordinaria amplitud, nos distribuimos como a la ida, Darío conduciendo, Pete a su lado y nosotras detrás.

– En casa nos esperan a comer. Salvo que decidáis que es mejor hacerlo por el camino. Ahora nos desviaremos a un pueblo que tiene un interesante monasterio que se puede visitar solo que antes de llegar deberemos ponernos algo de ropa, si buscar en las maletas es muy complicado o si pensáis que no merece la pena, lo dejamos.

– Nos gustará visitar el monasterio. Si ellas no encuentran ropa que nos esperen fuera. Supongo que la visita no durará mucho y habrá algún sitio donde puedan hacerlo.

– La visita dura una media hora y hay muchos árboles y un merendero junto al monasterio.

Salió de la autovía y paró bajo un árbol. Nuestro aspecto era el de típicos turistas extranjeros. Ellos, con horribles camisas y no menos horribles pantalones largos podrían entrar. Nosotras de ninguna manera. Glinys llevaba unos pantaloncitos, vaqueros, que dejaban ver gran parte de su trasero y un top corto, que enseñaba gran parte de sus pechos. En cuanto a mí, iba algo mejor, el vestido, que tenía la falda ancha por encima de la rodilla, podía pasar de largo pero llevaba unos tirantes finos que acababan en un inmenso escote y encima el tejido era tan fino que se notaba que debajo solo estaba la piel.

Rebuscamos en las maletas. La solución no fue excesivamente mala. Glinys se puso un vestido camisero de manga corta, por encima de la rodilla y yo una chaqueta fina de punto, también con manga corta. De esta guisa visitamos el monasterio. Ellos salieron encantados. Ciertamente merecía la pena.

Llegamos a nuestra casa. O más bien la casa de Darío. Nunca llegué a sentirla como propia. La sombra de la anterior esposa de Darío estaba por todas partes. Sé que eran aprensiones mías pero no llegué a convencerme del todo. Incluso pensaba que el servicio me atendía como si fuera una invitada y no la señora y eso que las doncellas llevaban menos de un año en la casa y por tanto a la única señora que conocían era a mí.

El mayordomo nos dio la bienvenida y nos dirigimos a nuestras habitaciones para refrescarnos antes de la comida. Mientras las doncellas colocaban nuestras ropas les mostramos esa planta a nuestros invitados. Darío a Pete, yo a Glinys.

– Pensé que viviríais en un castillo. Tal como se supone que viven los condes.

– Hace bastantes siglos que los condes no viven en castillos. Es más práctica una casa, aunque sea grande como esta. Pero creo que la vuestra lo será más.

– Sí. Es más grande pero quizá esta sea más confortable.

– No sé si te ocurrirá lo mismo, pero preferiría vivir en un piso del centro, pequeño, con un mínimo de habitaciones pero eso sí, con servicio, aunque solo sea una persona. Me horroriza la idea de cocinar y limpiar.

– A mí me pasa lo mismo. Ni siquiera servicio. Yo estuve viviendo en un apartamento hasta que me casé y habiendo restaurantes no es necesario cocinar. Y la limpieza de un apartamento es casi un placer. Pero nos debemos a nuestra posición. Por cierto, ¿qué se siente al ser condesa? Siempre me lo he preguntado. Ya sabes que, al no tener nobles, a los americanos nos vuelve locos la sangre azul.

– Pues tendrás que preguntarle a Darío, que es noble. Yo no soy condesa, simplemente estoy casada con un conde.

– ¿Y no es lo mismo?

– De ninguna manera. La primera mujer es la condesa. Yo no me considero como tal. Fue una de las pocas condiciones que puse al casarme. Cuando llegué a esta casa, comenzó el mayordomo que si señora condesa por aquí, que si señora condesa por allá, cuando lo dijo varias veces, reuní valor. Por cierto, ¿a ti no te intimida un poco el mayordomo de Pete?

– Sí, no consigo relajarme del todo delante de él.

– Bueno, como te decía, reuní valor y le dije: Le agradeceré que no vuelva a llamarme condesa, con señora bastará, comuníquelo al servicio para que no haya errores. Solo señora.

También lo advierto cuando me presenta a alguien. De esta forma he conseguido que muy pocos me llamen

condesa. Como consecuencia y esto si que me trae al fresco, la ex de Darío ha comentado que por ese detalle me tiene cierta simpatía, y lo que pienso es que tiene gracia.

Acercó su boca a mi oído y susurró:

– No podrás impedirme que te llame condesa en la intimidad.

– Te morderé.

– Ya lo estarás haciendo y te llamaré condesa para que muerdas con más furia.

Le di un pequeño empujón y nos echamos a reír.

Pete se volvió muy serio.

– ¿Se puede saber que os hace tanta gracia? No pude contenerme. Se la estaban buscando desde el día anterior.

– Son cosas nuestras -fui a añadir: a vosotros que coño os importa, pero me contuve a tiempo. Recordé mi papel de sumisa esposa, aunque, afortunadamente, no madre. De todas formas, con cierta rabia, continué- ¿Acaso nos contáis eso tan importante que os vais diciendo?

– ¡Van! Has estado grosera, creo que Pete se merece una disculpa.

– No ha sido mi intención molestaros, lamento que lo hayáis tomado así.

– A mi no me ha molestado. Es Darío que, recordando las viejas tradiciones, considera al huésped sagrado. Pero te aseguro -se dirigía a Darío- que no me ha molestado. En aquel momento hubiera matado. Pero pensé que más estúpida y machista es el hambre y echando mano de todo mi histrionismo, sonreí dulcemente. En aquel momento decidí que me las pagaría. ¿Como? Dudé un momento. ¿Dónde le dolería más? Sin duda en el bolsillo, seguido de la frente. Respecto al bolsillo ya estaba haciendo todo lo posible desde que me casé y el tema de la frente era muy peligroso.

– Te has quedado pensativa. ¿Puedo ayudarte?

– De momento no. Pero si en mi plan eres necesaria te lo diré, ¡prometido! Nos cambiamos poniéndonos unos frescos, aunque discretos vestidos. Ellos se pusieron también pantalones y camisas más normales. Cuando me senté a la mesa caí en la cuenta de lo parecidas que eran las situaciones en los comedores de Darío y Pete. La escena, por conocida, no me había hecho pensar hasta ese momento. Fue la descripción del comedor de Pete, que me hizo Glinys y que de pronto, tenía ante mí. Un mayordomo en su puesto de director y tres guapas mujeres con uniformes provocativos sirviendo la mesa. Cuando una sirvió a Darío, este le acarició el trasero invitando a Pete con un gesto a que hiciera lo propio. Cosa que hizo sin más invitaciones. Había visto la escena cientos de veces, pero hasta entonces la había considerado normal. Esta vez me ofendió. Me reafirmé en mi anterior idea de venganza. Pero seguía sin saber como. Miré a Glinys. No le había dado importancia.

Al terminar, pasamos a una salita donde encendieron sendos puros mientras tomábamos el café.

El mayordomo se dirigió a mí, en castellano pues no hablaba inglés suficiente:

– Con el permiso de la señora. ¿Cenarán en casa los señores?

– Probablemente no. Pero no lo hemos hablado. Se lo comunicaré lo antes posible.

– Verá señora, es que esta tarde tiene libre el servicio y pensamos salir todos menos una persona que se quedará por si es necesaria y por no dejar sola la casa. Pero si piensan cenar, nos quedaremos los necesarios para atenderles.

– Es cierto. ¡No me acordaba! Con esto del viaje he perdido la noción del tiempo. Decididamente no. Cenaremos fuera. Y como volveremos algo tarde pueden volver después de lo habitual. ¿Tú que opinas, Darío?

– Me parece bien, no vamos a estropear el descanso del personal por una simple cena. ¡Diviértanse!

– ¡Gracias señor! ¡Señora!

– ¡Ah! Otra cosa, ¿Quien se queda de guardia?

– Desi, señora.

– Está bien. Puede retirarse, bueno, en realidad pueden marcharse, con que Desi quede por ahí es suficiente.

El mayordomo cerró silenciosamente la puerta y Darío dijo:

– El día ha sido largo y hace mucho calor para salir. Te voy a enseñar algo importante en nuestra cultura: la siesta.

– No soy partidario de dormir después de comer.

– Eso es porque el clima de Norteamérica no es el adecuado. Pero fíjate en el calor que hace fuera. No hay donde ir y es festivo. La solución: la siesta.

– Bien. Probaremos la famosa siesta. De todas formas no se puede hacer otra cosa.

– Los papeles los miraremos esta noche. Después, como parece que os gustan los paseos nocturnos, daremos uno, aunque más breve pues la gente

los domingos se retira antes. ¿Vosotras no vais a subir? Glinys contestó:

– Van aun no ha terminado su café.

Salieron, Glinys se acercó confidencial a mí.

– ¿Tienes gana de siesta?

– Me da igual. Tengo algo de sueño, pero si quieres nos quedamos hablando.

– Entonces hablaremos y después nos iremos a pasear.

– Pero hace mucho calor, no será agradable el paseo hasta dentro de un par de horas.

– Si hacemos lo que tengo pensado, saldremos dentro de un par de horas. Te contaré, pero promete que no dejarás de ser mi amiga; si no te gusta lo dices y no insistiré.

– ¿Tan malo es?

– Para mí, no. Puede ser divertido. Tú, puede que lo tomes mal.

– ¡Vamos! Habla.

– He pensado… Que sería interesante acostarme con Darío. Ya está.

– No voy a ofenderme por eso. ¡Se acuesta con tantas! Pero hay dos cosas: que quiera y que pueda. ¿No te has fijado que solo le falta besarle el culo a Pete? No creo que se atreva a ponerle los cuernos. Y si quisiera, tendría que poder, me consta que estuvo con una mujer hace tres días y el tiempo mínimo de recarga es de una semana. Creo que estás ante una misión imposible.

– No creas. No te has duchado esta mañana, ni yo, claro.

– Eso voy a hacer antes de salir debo apestar.

– Cierto. Apestas a hembra en celo. Hemos estado mucho tiempo encerrados en el coche y luego el toqueteo de las chicas, deben estar desesperados. Probablemente cuando subas a cambiarte intente saltar sobre ti. Y otro tanto hará Pete.

– La verdad es que no entiendo que has visto en Darío.

– Reconoce que tanto él como Pete son atractivos. Algo mayores pero atractivos. Y si me acuesto con Darío y se entera mi marido lo más que puede pasar es que grite un poco, le necesita demasiado para hacer otra cosa.

– Creí que era Darío el que necesitaba a Pete. No hay más que ver como le trata. ¡Parece su esclavo!

– Es cierto que está un tanto servil pero Pete está aterrorizado de pensar que algo pueda salir mal.

– Desde que me ha humillado en el pasillo estoy rumiando como vengarme. La mejor venganza son los cuernos. ¡Conozco a mi marido! Él me tiene abandonada, va con unas y con otras, pero si yo le engañara se volvería loco. Darío acaba enterándose de todo, por eso no me atrevo, aún no me puedo permitir el divorcio, pero con Pete… Tendría que tragar, no puede censurar a Pete, haga lo que haga y tampoco puede divorciarse de inmediato, porque su mayor vergüenza sería que todos supieran que me acosté con su amigo. Falta que Pete quiera.

– Pete necesita largas recargas, pero querrá. Se lo noto en la cara. Tendrás que ser muy hábil para que pueda. Un fallo le humillaría y no te perdonaría. Y Pete puede ser más peligroso que Darío.

– Tú tienes ventaja. Si Darío no puede, se sentirá humillado pero se aguantará. Siempre y cuando nadie se entere. Le ofende que se sepan sus defectos, no el tenerlos. Por mi no te preocupes. Torres más altas han caído.

– ¡Cuenta! ¡Cuenta!

– En otra ocasión. Las viejas historias, requieren condiciones especiales que abran la memoria, si no, la historia no queda bien.

– Hay que hacer los planes con cuidado. Toqué el timbre. Al instante entró Desi contoneándose, como con superioridad.

– Los señores duermen, nosotras pensamos salir dentro de un rato, no es preciso que esté de servicio, puede retirarse a descansar con absoluta tranquilidad. Si necesitamos algo ya nos apañaremos. No es necesario que venga por la casa hasta las seis o las siete, entonces puede recoger esto. Para no molestar a los señores, desconecte el timbre de la puerta y descuelgue el teléfono, si viene alguna visita o llama alguien, que lo haga luego.

Cuando hubo salido dije:

– Ya tenemos los pasillos libres para entrar y salir. ¿Cómo piensas hacerlo?

– Creo que es simple. Nos arreglamos para salir y cambiamos de habitaciones. Cuando terminemos, nos vamos a la calle y volvemos contando lo bien que lo hemos pasado y los edificios maravillosos que hay en esta ciudad, no es necesario mucho en cuanto cuentes unos cuantos sitios que hemos visto se aburrirán y no querrán saber nada más.

– Creo que es importante excitarlos al máximo, si tu tienes razón, querrán acostarse con nosotras, excitándoles, cuando la otra entre, se lanzarán como fieras sin pensar en nada. Porque lo importante, por lo menos con Darío es que no piensen. Cuando los hombres piensan ve

n demasiados inconvenientes y se enfrían. Y eso sí, hemos de vestirnos de forma impecable.

– Yo tengo suficiente ropa con la que si salgo a la calle el primero que pase me viola ¿y tú?

– También. Por tanto hay que llevar algo que ponernos para salir.

La puerta estaba cerrada. La besé, ella me correspondió y me preguntó:

– ¿A qué viene esto? Se supone que lo vamos a hacer con nuestros maridos.

– Tengo que inspirarme. Darío en estos momentos me da asco y Pete casi tanto como él, de modo que cuando entre a arreglarme no podré provocar a Darío si no estoy excitada y pensar en Pete me bajará aún más la libido. Por tanto y como terapia, mientras ultimamos detalles acaríciame a ver si me pongo con suficiente humor.

– Tampoco me vendrá mal un poco de excitación.

Y metió su mano bajo mi falda. Yo seguía sin bragas.

Entré con aparente cuidado en la habitación. Darío se medio despertó.

– ¿Eres tú? ¿Dónde vas?

– Voy a areglarme para salir, Glinys quiere ver la ciudad.

– ¡Uhm! ¡Vaya con Glinys! ¡Nos ha fastidiado la siesta!

– Tú no tienes que venir, sigue durmiendo, Con uno que se fastidie es suficiente.

Me había acercado y me había ido abriendo el vestido hasta la cintura mostrando mis pechos pero no del todo. Estaba desnudo boca arriba y noté como le afectaba mi pose. Me acerqué sinuosa, debía ser cierta la teoría de Glinys sobre los olores porque el tamaño aumentó, le besé suavemente. Otra vez la actriz. ¿O era la puta? Deseché unos pensamientos que me harían perder concentración. No podía verme de cintura para abajo porque o se excitaba demasiado y me violaba o le sentaba mal y se ofendía con lo que Glinys no tendría nada que hacer. Me levanté presurosa y me quité el vestido dándole la espalda. Me enjuagué la cara. Lo mínimo para preservar el famoso olor. Un leve toque en los labios y en los ojos, casi invisible. Mojé la parte inferior de un tanga y salí al dormitorio. Me esperaba. Fui al ropero sinuosa. Comprobé desde allí la efectividad del paseo. ¡Bueno! Cogí el vestido y me acerqué. El efecto seguía mejorando. Me puse el vestido junto a la cama. El vestido era abierto por delante, de tirantes finos y escote redondo, pero como el botón superior no estaba arriba quedaba en el centro una uve, con lo que salvo el pezón se veía todo el pecho. Por abajo llegaba a media pierna, pero como lo dejé abierto desde poco más abajo de la ingle, al andar enseñaba casi toda la pierna. Consideré que su excitación era suficiente.

– Hasta luego cariño.

Me incliné y le di un ligero beso. El escote mostró la totalidad del pecho y él me agarró y tiró. Caí sobre él pero como lo esperaba me zafé con facilidad. Desde la puerta le lancé un sonriente beso. Disimuladamente me llevé el vestido que me había quitado antes tapándolo con el bolso.

Glinys hizo casi lo mismo. Al entrar lo hizo con aparente cuidado pero como no se despertó, le dio una patada a una silla.

– ¡Maldita sea! Casi me caigo. ¡Esta maldita silla! Ante el ruido y los gritos no tuvo más remedio que despertarse. Encendió una luz tenue.

– ¿Eres tú? ¿Qué ha ocurrido?

– He tropezado con la silla. ¡Casi me mato!

– ¿Te has hecho daño?

– No. Ha sido más el susto. No esperaba tropezar con la silla. He venido a cambiarme.

Comenzó a quitarse el vestido. Se contoneó un poco. Él estaba sobre la cama con un kimono pero lo tenía muy flojo y se había abierto por arriba y por abajo. Su virilidad yacía en el más denigrante reposo. Con el contoneo comenzó a despertar. Se quitó las bragas y se acercó. Él apreció que su clítoris abultaba más de no normal y su miembro subió un poco más, pero seguía sin notarse. Le acarició el trasero y subió otro poco.

Ella hizo lo mismo que yo. Un manotazo de agua y un leve toque en los labios y ojos. Buscó en el ropero. Una blusa blanca medio transparente, escotada y sin mangas, dos o tres tallas más pequeña. Se la puso, el botón del escote quedaba suelto, por tanto lucía, como yo la mayor parte del seno, y la transparencia mostraba, desafiantes, los pezones. Se acercó a él y se mostró esperando su aprobación. No dijo nada, pero se apreció, levemente, la aprob

ación.

Se retiró donde estaba la falda y se la puso. Volvió a acercarse sinuosa y esta vez la aprobación fue más notoria. La falda era hasta media pierna, muy fina y ajustada; para poder andar llevaba una abertura central hasta cerca de la ingle. Al acercarse mostraba el pecho, el ombligo y el muslo. Comprobó el tamaño. Aumentaba. Se sentó en la cama. Para hacerlo tuvo que subir la falda por lo que al sentarse mostró su sexo. Él se animó y le soltó el botón de la blusa con lo que los pechos salieron. Se incorporó para morder pero ella se levantó rápida y se quedó a medio camino un tanto frustrado. Miró el resultado. Suficiente. Yo haría el resto. Tomó un pequeño bolso.

– Hasta luego cielo.

Le lanzó un beso y dando una graciosa vuelta cerró la puerta.

Yo la esperaba en el pasillo. En voz suficientemente alta dije:

-¿Nos vamos? Nos contamos las situaciones mientras comprobamos que Desi estaba en el pabellón del servicio.

– He dejado a Darío tocándose su salchichita. No creo que tengas problemas.

– Pete está igual. En cuanto te huela se lanzará.

– Cuida que Darío no se ponga a pensar y todo irá bien.

– Pete no pensará y si lo hace le dará igual, pero corres el peligro que no sea capaz.

– Tranquila. Entra primero.

CAPÍTULO 13

Glinys entró en mi dormitorio y a poco entré en el suyo. Ambas lo hicimos con mucho sigilo. Pete estaba sobre la cama con el kimono abierto buscando su perrito. Pero allí no había ningún perrito y mucho menos caliente. Pensé en el esfuerzo que me costaría, si en tan poco tiempo y sin dejar de tocarse, había desaparecido. Cuando me vio se cubrió. Fingí no haberle visto.

– ¡Que susto me has dado! ¿Qué haces aquí?

– Cuando hemos salido hacía demasiado calor y como Glinys estaba decidida a ver edificios le he dicho que tenía algo que hacer y le he anotado el sitio donde nos veremos después y la he metido en un taxi.

-¿Y se ha ido tan conforme?

– Es que le he dicho que había tenido unas palabras con Darío y tenía que aclarar las cosas. Pero en realidad lo que quería es estar charlando al fresco. Pero como Darío duerme, me he venido a ver si podía hablar contigo.

– No creo que sea muy correcto…

– Si quieres me voy, porque no voy a permitir que te levantes, te vistas y bajes a la salita a entretenerme.

– No. No. Siéntate aquí. – dijo señalando la cama.

Su gusano quería sacar la cabeza. Me senté con cuidado de mostrarle mi tanga que brillaba en la penumbra. Sin más dilación puso su mano sobre mi muslo, pues la abertura del vestido había dejado los dos al descubierto. Al poner mi mano sobre la cama pillé debajo el kimono y al apoyar, se abrió mostrando parte de su sexo. Si se dio cuenta no lo demostró, así que aún tengo la duda. Comencé a hablar.

– ¿Cómo lo estáis pasando? No se te ve muy contento.

– Lo estamos pasando estupendamente. Si no me ves sonreír es que mi carácter es serio pero pienso volver, después que tu vayas a América. Tienes que ver algunas cosas interesantes.

A medida que iba personalizando sus palabras la mano avanzaba por el muslo. Un gemido me permitió mover la cabeza y comprobar los progresos. Eran buenos. El gemido le animó. Con la otra mano me acarició la parte superior del pecho. Ya no eran necesarias las palabras pero se creyó en la obligación de decir:

– Me gustas mucho. Desde que te vi no he hecho más que pensar como podría tenerte en mis brazos.

Lo que me obligó a decirle con voz entrecortada:

– Yo también llevo dando vueltas a lo mismo. Glinys me dio la clave con su manía de ver casas viejas. Me resultas irresistible.

– No creo que sea tanto, soy demasiado viejo.

Ya salió la vejez. Todos los hombres son iguales. En aquel momento casi envidié a Penny por no necesitarlos. Tuve que contestar el tópico de siempre:

– Si fueras viejo no estaría aquí. Eres un hombre maduro y me gustan los hombres maduros porque eso conlleva experiencia. Unas canas me enloquecen, ese es tu fallo, no tienes suficientes.

Por entonces sus manos me acariciaban sin miedo, la una el muslo, la otra el seno. La mía recorría su muslo. Estaba haciendo teatro pero sentía cosquilleo en el vientre. Después de todo tal vez alcanzara un orgasmo razonablemente satisfactorio

. Los pezones se habían puesto duros y debían resaltar sobre el vestido. Otro suspiro y comprobé que ya parecía una lanza. Pequeña, eso sí, pero mejor calidad que cantidad.

Su mano llegó al tanga y por un instante se quedó quieta. Enseguida atacó con furia. – ¡No puedo creer que estés tan mojada! – Susurró. Me incliné y le besé. Contemplar la totalidad de mis senos fue definitivo. Con la mano comprobé que la lanza estaba dispuesta. Él gimió. Su nariz se dilató. Lo del perfume debía ser cierto. Me abrazó y comenzó a besarme por el cuello y a morderme las orejas. Yo sentía los pezones más duros y como mi sexo se iba humedeciendo. Pensé: No hubiese sido necesario mojar el tanga. Comencé a gemir suavemente. Él aumentó sus caricias, deslizó una mano por entre mis muslos, la otra masajeaba un pecho sobre el vestido. Esto le debía resultar muy excitante pues la tela era fina y de tacto suavísimo. Mi mano recorría su miembro arriba y abajo.

* * *

Glinys entró también sigilosa y encontró a Darío acariciándose. Al verla se cubrió con la sábana. Bastante desconcertado dijo:

– ¿Qué haces aquí? ¡Me has sobresaltado! La cosa no había podido empezar peor. Se le notaba furioso. Su machismo no podía permitir que nadie le viera haciéndose algo que debían hacerle las mujeres. Glinys respiró hondo y avanzó. En el tiempo que daba el primer paso y cerraba la puerta, cambió totalmente el plan que habíamos elaborado y que yo había realizado sin problemas. Mejor dicho que iba a realizar, pues ella entró primero. Esbozó una triste sonrisa.

– Perdona mi irrupción, pero tengo que hablar contigo. Es imprescindible que hable contigo lo antes posible.

– Me asustas.

– No es nada de miedo, ni de accidentes, ni nada así. Tranquilízate.

– ¿Y Van?

– A Van no se lo puedo contar, no lo entendería. Necesito la perspectiva masculina.

Ella paseaba frente a la cama, cada vez más cerca.

– ¡Pete te la puede dar!

– No. Precisamente es un problema con Pete. -Sus pensamientos casi la traicionan.- ¿Y si me rechaza? ¿Cómo me presento delante de Van? No se va a reír de mí, es buena amiga pero me compadecerá y eso será peor.

Con un esfuerzo apartó los pensamientos y se concentró en lo que estaba haciendo, su sonrisa se hizo más triste y su cara adquirió un tono especial. La ira de él se esfumó.

Darío la estaba contemplando en todo su esplendor. El pecho desafiante, los pezones transparentándose, el trasero oprimiendo la fina tela, los muslos poderosos. La sábana comenzó a subir. Glinys se detuvo junto a la cama. Él le cogió la mano.

– Ven siéntate a mi lado. Intentaremos resolver el problema.

A partir de ahí el plan parecía continuar. Se soltó la mano de Darío y se subió la falda. Ya no quedaba nada oculto. Una breve mirada le mostró que la sábana parecía una tienda de campaña.

– Cuéntame.

– Bueno -titubeó- no sé como empezar. Es bastante embarazoso.

– Creo que se suele decir en estos casos que empieces por el principio.

– ¡Es que no sé donde está el principio! ¡Es tan complicado! Lo complicado es que no sabía que decir. Afortunadamente el plan siguió. La mano de él se posó en su muslo y comenzó a acariciar. Esto la animó.

– Verás se trata de Pete. -Titubeó. ¿Qué inventaba? Recurrió a las vaguedades.- Hemos tenido unas palabras y se ha molestado.

– O sea, habéis discutido. Me lo vas a contar. Para eso has venido, pero tómate tu tiempo.

Su mano acariciaba tranquilamente el muslo y al oír que habían discutido, lo hizo con más fuerza. ¿Por qué los hombres son tan previsibles? Le dio tiempo. Una inspiración profunda acompañada de suspiro y una mirada a la sábana. Bien. Ahora parecía una tienda india. Pensaba a toda presión. Siguió con vaguedades.

– Pete no me comprende.

Eso no falla ante ningún hombre, de ninguna cultura. Su mano acarició su sexo. Ella gimió y apoyó su mano sobre el muslo. Otro gemido y la mano que baja por el muslo arrastrando la sábana. Su miembro aparece orgulloso. No puede perder la ocasión. Lo coge y desliza su mano arriba y abajo. Él la atrae hacia sí y la besa.

La lengua de ella ataca introduciéndose en su boca, avasallando a la otra lengua. Sus brazos la rodean y la estrujan. Los de ella se cierran sobre su torso y sus dedos recorren su espalda y nuca.

Separan sus bocas. Levanta la barbilla ofreciendo su cuello. Los labios de él lo recorren, primero hacia arriba, hasta morderle la oreja, luego hacia abajo hasta lo más profundo del escote. Exagera los gemidos, pero está húmeda, tal como pensaba lo va a disfrutar. El peligro ha pasado, ahora está segura de conseguirlo. Tiene un pensamiento para su amiga:

– En estos momentos Van debe estar peor que yo.

Ahora le vuelve a morder el cuello, con furia.

– ¡Cuidado! Me vas a dejar marcas.

– Perdona. No sé que me pasa, estoy como loco. Quiero comerte.

– Prefiero la suavidad. Soy una tierna y dulce mujer.

– Lo que tú eres es una hembra salvaje.

– Tienes razón. Salvaje y en celo.

Eso le excitó más, si era posible. Ella tuvo que repetirle:

– Si me dejas marcas Pete me matará y a ti te hundirá.

– Tienes razón. No creo que te mate pero si puede echarte de su lado.

Esa línea contenía suficiente morbo y la parte sádica de él estaba respondiendo.

– No conoces a Pete, parece frío, pero por dentro es una fiera. Es muy celoso, más que celoso, posesivo. Yo soy su posesión más valiosa y no permitirá que sea de otro. No en estos momentos. Dentro de un año, tal vez, ahora, ¡de ninguna manera! Creo que mataría.

El creerse en riesgo aumentó su pasión pero le hizo ser muy suave.

Una de las cosas más admirables es la mente humana. Cada una tiene matices que ni siquiera su titular llega nunca a conocer. Estaba el riesgo, eso alimentaba su parte aventurera. Estaba la esposa del amigo, un amigo que le humillaba llevándose la parte más importante de la estrategia del negocio, eso alimentaba su parte sádica. Faltaba la parte masoquista, pero ya habría tiempo de ser humillado por aquella insaciable valquiria.

Su mano le acarició el sexo. Resbalaba con suavidad, subía hasta el hinchado clítoris y bajaba hasta introducirse en la mojada vagina una y otra vez.

La otra mano resbalaba por la blusa acariciando los duros pezones.

Su boca la besaba insaciable, en el cuello la cara, la boca…

La de ella lanzaba cortos pero fuertes gemidos, los gemidos eran auténticos pero la fuerza era de su cosecha.

– ¡No grites! ¡Nos va a oír tu marido!

– ¡Ya lo sé! ¡Si pudiera, lo haría! Le tapó la boca con la suya. Los dedos se enredaron en el vello del pecho la otra mano continuó con el movimiento de vaivén aumentando el ritmo con furia.

* * *

Ante los gemidos de Pete me detuve con suavidad. No podía durar tan poco. ¡Ni siquiera me había desnudado! Pete se detuvo, me contempló de abajo a arriba y puso sus manos sobre mis pechos por encima del vestido, mientras me sobaba suavemente. Miró mi escote. En un movimiento que duró una eternidad, acercó sus manos al centro, cogió el botón y más lentamente lo fue soltando. Con un movimiento rápido tiró de cada lado del vestido. Los pechos parecieron explotar. El movimiento fue tan brusco que el segundo botón también se soltó quedando la parte superior del vestido completamente abierta.

La visión debió ser impresionante porque se lanzó a morder con furia.

Comencé a sentir espasmos en el vientre. Estos aumentaron cuando su mano estrujó mi sexo y sus dedos metían la tela del tanga en mi vagina.

Me convulsioné. Se quedó mi mente en blanco. Por poco acaba la historia. Mientras me duró el orgasmo mi mano se había movido a gran velocidad y él estaba a punto de correrse. Cambié el ritmo. Un frenazo hubiese sido poco elegante. Al poco paré. Necesitaba un descanso.

Me levanté y al ponerme de pié tuve que desentumecer los músculos. Pete se estiró discretamente. Le empujé con suavidad y me hizo sitio en la cama. Me acosté boca arriba con la cabeza apoyada bastante alta sobre el mullido cabecero. El se incorporó sobre mí y me contempló. Su cara indicaba inmenso deseo. Como digo la visión le impedía el descanso que yo necesitaba. El vestido estaba cerrado solo en la cintura y se extendía sobre la cama. Los pechos desafiantes y por abajo la blancura del tanga y los muslos.

A pesar de que mi gesto suplicaba descanso, no pudo contenerse y comenzó a pasar su mano sobre mi pecho y juguetear con el pez&oacut

e;n, que seguía duro.

Le aparté con la mano. Le supliqué desmayadamente:

– ¡Por favor! Para un poco, me vas a matar.

Ni me oyó. Fue bajando las manos y terminó de desabotonar el vestido mientras me besaba el pecho. Pasó un brazo bajo mi nuca y me incorporó, con la otra mano me sacó el vestido, tiró de él con suavidad y lo lanzó al suelo. Yo no podía moverme. Los espasmos estaban volviendo. Llegó con su boca al tanga y mordió. Lo que ocurrió me dejó de piedra. ¡Había cortado de un mordisco una de las tiras laterales! Ya no me sorprendí cuando cortó la otra. Sin soltar tiró con fuerza y escupió la prenda sobre el suelo. Al contemplar mi sexo sonrió.

– ¡Vaya! ¡Que sorpresa! Está afeitado.

Casi no veía. Cuando me besó mi interior estalló y me retorcí en la cama con tanta violencia que tuvo que sacar la cabeza.

Aquí hay un tiempo que no recuerdo. Mi primer recuerdo es que estaba a mi lado boca arriba. Miré su cuerpo. ¡Maldición! Su miembro se estaba aflojando y no tenía fuerzas para impedirlo.

* * *

Glinys fue bajando el ritmo del movimiento hasta detenerse. Se llevó la mano a su sexo que encontró mojado. Se acarició suave, notaba una opresión en el vientre que con las caricias que se hizo, aumentó. Las manos de él continuaban acariciando la blusa y su boca el cuello y la cara. Pero no era suficiente. Se concentró en su propia mano. Al poco se estremeció y gimió con fuerza. Se separó un poco e intentó relajarse. Una mirada le informó que el miembro de él había bajado considerablemente. Las manos de él soltaron el botón de la blusa. Los pechos saltaron como si estallaran. Le mordisqueó los pezones. Pero su furia iba disminuyendo en la misma medida que su erección. Le abrió la blusa y se la quitó. Siguió acariciando y mirando pero como por obligación.

Aquello no funcionaba. Se levantó rápida dejándole con las manos extendidas. Se sacó la falda. Entonces él se percató de su pubis rasurado.

– ¡Te has afeitado!

– ¿Acaso no te gusta? Se abalanzó sobre ella. Las manos de él se agarraron a su trasero y su boca buscó la parte afeitada. Ella se acercó rápida a la cama pues parte del cuerpo de él estaba al aire. Se echó en la cama y con su boca buscó el reducido miembro, que debido a la sorpresa, se estaba recuperando. Cada uno chupó el sexo del otro. Cuando él quería podía ser bueno. Sintió que le venía otro orgasmo. Intentó evitarlo porque lo que chupaba no estaba en su plenitud. No lo consiguió. Sintió que perdía el conocimiento. Sacó su cabeza de entre las piernas y la apoyó sobre la sábana cerrando los ojos.

Cuando los abrió, se encontraba de lado encogida y mirando a los pies de la cama. Giró un poco la cabeza, allí estaban sus pies señalando al techo con los dedos, subió su mirada por la pierna. Se le encogió el corazón, el pene apenas mantenía algo de dignidad. Con un inmenso esfuerzo se puso perpendicular a él y comenzó a chupar. Él ni se movió. Al rato comprobó que en vez de aumentar había disminuido. Desesperada se levantó y fue al baño.

* * *

Aunque puse toda mi voluntad, no me moví hasta pasados un par de minutos o tres. El tiempo no importa, lo que importaba, en aquel momento es que todo el orgullo de Pete había desaparecido.

Se volvió sobre mí y volvió a recorrer mi cuerpo con su boca y con sus manos. Estaba tan asustada que sus caricias no me afectaron. Él debió notarlo porque redobló sus esfuerzos. Metió su cabeza entre mis muslos. Su lengua recorría mi sexo de arriba a abajo con toda su experiencia. Pensé que si seguía como una estatua se iba dar cuenta que algo iba mal. Hice un esfuerzo y me concentré en relajarme. Poco a poco sentí como me concentraba en lo que estaba ocurriendo y me acompasaba a su ritmo.

Sentía su lengua en mi clítoris, que ya estaba duro, y varios dedos hurgando en mi vagina, comenzaron otra vez los espasmos, intenté contenerme. ¡Imposible! Pete era diabólico. Me corrí. Debí gritar porque sin saber como la cara de Pete estaba sobre la mía y su mano oprimía mi boca. Me faltaba aire, intenté apartársela con mis manos pero no tenía fuerzas. Debi

ó darse cuenta porque primero aflojó la presión y al comprobar que no pensaba gritar la quitó.

– Casi me ahogas.

– Es que tus gritos eran espantosos. Deben haberte oído los criados. Espero que Darío siga durmiendo.

Le contemplé, su cara mostraba el orgullo del vencedor pero su sexo había desaparecido. Le empujé suavemente y me levanté como pude. Fui al baño a refrescarme. Mi cerebro estaba embotado. Cuando me refresqué la cara la situación se aclaró un tanto. Pensé que si la cosa seguía así me iba a matar y él se iría vivo al corral.

– Es un artista nato, con una experiencia extraordinaria. Pero al fin y al cabo un aficionado. Debo volver con otra mentalidad. Debo ser una profesional o estaré perdida. Debo dominar desde el primer momento. Nada de adornos. Faena de aliño y a matar.

Regresé con andares de dominio. Mis pensamientos eran de una pantera que va a devorar un ciervo herido.

* * *

Glinys se echó agua en la cara.

– No puedo dejar que me domine el pánico. He de tranquilizarme y pensar con claridad. Ha sido un maldito espejismo. Este cornudo tiene experiencia, son muchas las mujeres que han pasado por sus brazos y sabe como hacerlo. Pero el maldito no lo siente y he perdido el control. He de conseguirlo como sea. No por él, que me importa un rábano que se enfade o incluso que se lo diga a Pete, sino por Van, no puedo fracasar y ella triunfar, porque seguro que triunfa y eso que el cabrón de Pete es más penco que este. No podría soportar su lástima.

Hizo varias inspiraciones profundas y se fue tranquilizando. Se echó más agua y se secó con cuidado. Volvió. Aunque sus pasos hubiesen sacado de sus órbitas los ojos más templados, los de Darío apenas mostraron interés. Se echó boca abajo sobre la cama y volvió a su acción succionadora sin resultado.

– ¡Maldita sea! ¡Haría mejor chupándosela a un muerto! ¡Eres una mierda de hombre! Tienes a una mujer como hay pocas en el mundo chupándotela y ni te inmutas. ¡Eres un mariconazo! ¡Desgraciado! ¡Tú lo que quieres es darle por culo a Pete! Se detuvo. La cara de él era el asombro en estado puro. Pensó: ¡Maldita sea! ¡Es el fin! Ahora me da un tortazo que me estrella contra la pared. ¡Se acabó! Bajó la cabeza como para recibir y ¡Oh sorpresa! El orgullo de Darío había vuelto. Volvió a mirarle. La cara había pasado del asombro a la satisfacción; pero una satisfacción culpable. Glinys no perdió el tiempo. Le golpeó con las manos en el pecho, hombros… un tanto desordenadamente mientras le gritaba:

– ¡Cerdo! ¡Más que cerdo! He intentado ser buena contigo, pero no te lo mereces ¡fuera de la cama! ¡Al suelo! ¡De rodillas, cerdo! Lo hizo. Y, además con rapidez. Ella sacó un pie.

– ¡Bésalo cerdo! ¡Refocílate en el sudor de mi pie! Ella no tenía experiencia del sado, de modo que iba improvisando como podía. Asombrosamente, él aceptaba todo y seguía el juego. Un juego en que debía ser suficientemente experto y pronto ella haría algo que no le gustaría y ¡se acabó! Su cuerpo se estrellaría contra la pared. Pero de momento funcionaba.

– ¡Perdón! ¡Soy el cerdo más asqueroso del mundo! ¡No merezco que me dejes chupar tu pié! Comprobó el tamaño. Era óptimo. No sabía que decirle más. ¡Había que terminar!

– Túmbate boca arriba, te voy a destrozar.

Tomó un preservativo del bolso que dejó sobre la mesita y con brusquedad se lo puso. Se rompió.

– ¡Maldito! ¡Lo has hecho a propósito! ¿Acaso piensas que vas a escapar a mi venganza? Estiró la goma y la soltó. Debió dolerle, pero se excitó más. Tomó otro y con rapidez se lo puso. Esta vez quedó bien.- ¿Qué hago ahora? -Pensó. Tuvo un relámpago.

– Escucha con atención cerdo. Necesito placer y lo voy a conseguir, pero tu no tienes derecho mas que al sufrimiento así que te voy a montar y yo me correré, pero tú no, tú sufrirás lo indecible dándome placer pero si te corres te cortaré esas bolitas que no te sirven para nada.

No salía de su asombro. ¡Él gemía en un verdadero éxtasis! Comenzó a gustarle el tenerle sometido pero desechó la idea aquello era como dominar una cascabel, nunca sabes cuando te va a morder. Se montó y comenzó a moverse.

– ¡Sufre! ¡Ni se te ocurra perro! La parte sádica de ella estaba saliendo, su excitación aumentaba, comenzó a retorcerse, se olvidó de él, afortunadamente en ese momento sintió como explotaba y eso la hizo explotar con una intensidad desconocida. Veía la boca de él moverse, supuso que estaba gritando, ella también gritaba. Duró una eternidad. Se desplomó sobre la cama. Él estaba como muerto.

Hizo un esfuerzo y saltó de la cama. Se puso la blusa y la falda. Le quitó la goma, le hizo un nudo y la metió en el bolso. Se encajó los zapatos, se dirigió a la puerta, apagó la luz y salió al pasillo.

* * *

Subí a la cama por los pies, como una gata. Cuando se dio cuenta de mis intenciones ya tenía su miembro en mi boca. Estaba tan pequeño que me costaba trabajo moverlo. Poco a poco fue adquiriendo consistencia. Comenzó a jadear.

– ¡Así cariño! ¡Trágatela! Fui tomando el ritmo adecuado. Subía, pero lentamente. Pasaba el tiempo por fin adquirió el tamaño deseado. Entonces me apartó; me resistí pero él tenía mas fuerza. Caí boca abajo y me penetró. Comenzó a moverse. Me concentré en fingir.

– ¡Oh! ¡Sí! ¡Ah! Me puso la mano en la boca.

– No tan fuerte, nos van a oír.

Como no estaba dispuesta a que eyaculara dentro, cambié el ritmo. Intentó recuperarlo pero no le dejé. Al poco se salió. Antes de que volviera a meterse me di la vuelta pero lo intentó por delante solo que ya estaba floja y no pudo.

Antes que se diera cuenta ya la tenía en la boca y chupaba con verdadero frenesí. Tenía que acabar lo antes posible. Otro rato, no mucho, pero me pareció interminable y otra vez en forma. Intentó soltarse pero aguanté. Lo intentó de nuevo y en el forcejeo me di la vuelta colocando mi sexo sobre su boca. Fue definitivo. Al poco de besarme notó que se corría y yo también lo noté por lo que me anticipé y la saqué de mi boca. Su descarga me dio en la cara.

– ¡Así! ¡Así cariño! ¡Trágatelo todo! ¡Ah! Cuando terminó me volví.

– ¿Te lo has tragado?

– Todo no, pero gran parte.

Antes que la situación se complicara fui al baño donde me lavé a conciencia. Cuando volví estaba exhausto sobre la cama. Tomé los restos del tanga me puse el vestido de cualquier manera, cogí el bolso, le di un beso y salí. Apenas de dio cuenta del beso. Quedó con los ojos cerrados. En la habitación quedó un ambiente de sexo, por lo demás, nadie pensaría que allí hubiese habido algo más que una solitaria siesta.

Glinys me esperaba en el pasillo.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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