GLINYS (VI).

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CAPÍTULO 14

Sin decir palabra nos cambiamos de vestido, los mismos de la comida. Le lancé los restos del tanga.

– Lo ha hecho con la boca.

– ¡Increíble! Legamos a la cocina, cogí una bolsa de basura y fuimos a la puerta principal de la casa, conecté la alarma y salimos. Sin pérdida de tiempo arranqué el coche con suavidad y salimos lo más silenciosas que pudimos. Cuando nos vimos en medio de los otros coches me relajé un tanto.

– Me siento sucia. Ha sido una experiencia terrible.

– Me siento igual. Aunque he disfrutado mucho. ¿Te ha decepcionado mucho Pete?

– ¡No, al contrario! Me ha hecho disfrutar demasiado. Pero me siento moralmente sucia. Me siento como una prostituta. Me gustaría bañarme durante tres días al menos.

– Te comprendo. Me pasa algo parecido. ¿Tienes un sitio donde bañarnos?

– No. Desgraciadamente no. Ya pensaré algo.

Estábamos dando vueltas por el centro.

– Fíjate en detalles para poder contarle algo a Pete. No merece la pena que te coja en una tontería semejante.

Le fui señalando los edificios y calles más representativos. Conque recordara dos o tres sería suficiente. Mientras pensaba como conseguir una ducha. Al fin opté por una solución no demasiado mala.

– Vamos a buscar un hotel. Pero no aquí. Iremos a un pueblo que hay a unos veinte kilómetros.

En las afueras paré junto a un contenedor de basura.

– No podría volver a ver este vestido -dije, mientras lo metía en la bolsa.

– Yo tampoco. Toma.

Metí la blusa y la falda en la bolsa y la eché en el contenedor. Continuamos.

El pueblo era suficientemente grande como para que no se fijaran, por lo menos no mucho, en nosotras y tenía un hotel confortable y discreto en apariencia donde, naturalmente, no me conocían. Para mayor seguridad dejé el coche a cierta distancia del hotel.

– Estamos cansadas y sudadas del viaje. Necesitamos unas habitaciones donde bañarnos y echar una pequeña siesta.

– Las habitaciones son dobles. Puedo darles una. – Dijo el recepcionista.

– Preferiríamos dos, a ser posible próximas.

– Lo siento. El hotel está muy lleno y tendrían que ser en pisos distintos.

– Entonces nos resignaremos a que una espere para bañarse. Denos esa habitación. Llevamos poco equipaje y está en el coche. Si quiere le pago por adelantado.

– No es necesario. Tienen aspecto de pagar siempre. Su llave. Primer piso.

– Muy amable. Gracias.

Glinys no había despegado los labios en todo el tiempo. Si seguía sin hablar nadie descubriría que era extranjera. Cuando nos quedamos solas habló:

– He entendido muy poco pero creo que has pedido dos habitaciones y ahora estamos en una. No lo entiendo. Con pedir una era suficiente.

– Mira. Tenemos una pinta horrible, olemos a sexo, si hubiese pedido una habitación el recepcionista hubiera pensado que nos íbamos a dar un revolcón y eso por estas tierras produce comentarios y alguien podría fijarse en mi. Al fin y al cabo salgo en la televisión local de vez en cuando. De esta forma se minimiza el riesgo. Siempre puedo encontrarme con alguien que me conozca y no debe pensar nada más que lo que se supone que estamos haciendo: un descanso en el viaje.

Mientras hablaba abrí el grifo de la bañera. Puse el agua tibia. Salí a la habitación.

Glinys preguntó:

– ¿Quién se baña primero?

– ¡Pareces tonta! ¡Las dos! Termina de contarme la aventura.

Los vestidos volaron. Nos dirigimos al baño y nos metimos en la bañera. Glinys terminó su historia.

– No conocía esa faceta de Darío.

– Después de esta experiencia, me creeré cualquier cosa que me digan de Pete. O de cualquiera. Hombre o mujer.

– Vuelve a enjabonarme. No se acaba de ir la sensación de suciedad.

– Estás demasiado obsesionada. Te manchó la cara no tu vagina.

– Es igual. Se trata de suciedad moral. Estamos casadas con dos impresentables. Pero yo me he comportado como no lo hacía desde hace mucho y por eso me encuentro tan mal.

– En el fondo, ¿Qué diferencia hay en acostarte con Pete o con Darío? Que con Darío no tienes que emplearte a fondo. Si no funciona, no funciona, otro día será. Con Pete te has tenido que emplear a fondo. Según tú, como una prostituta. Pero ¿que has estado haciendo d

urante los dos últimos años? ¿O yo durante los últimos meses? Pues ¡trabajar de putas!

– Estás desvariando.

– ¿Desvariando? ¿Acaso amas a Darío? ¿Cuándo te acuestas con él acaso lo haces por su linda cara? ¿No será más bien que a cambio recibes un dinero? En efectivo o en especie, lo mismo da, pero cobras y yo también y en total recibo una paga mayor y de forma más segura que si estuviera en la profesión.

– Yo no. Yo cobro una mierda. Caí en mi propia trampa. De puta de lujo ganaría muchísimo más.

– Pero tienes otras compensaciones. Por ejemplo, estás casada con un conde- ante mi mirada se apresuró a continuar- y aunque tú no le des importancia, la gente sí, y en el fondo te gusta y tienes criados y lujo y mientras dure no tienes que pensar en quien será el cliente, si feo o guapo, violento, sádico… por lo que me dices las pocas veces que Darío se comporta como un esposo, son pocas y duran poco. ¡Que más quieres!

– He caído en mi propia trampa. Cuando Darío me dé la patada habré perdido unos años valiosos y apenas tendré dinero.

– No conozco los detalles. Yo te conté mi historia, hora es que me cuentes la tuya. Pero en este tiempo has conocido gente, has acumulado experiencia y cuando ocurra estarás en mejor posición de partida que antes aunque se hayan perdido algunos años de tu juventud. Te lo digo porque yo estoy en la misma situación y lo veo de ese modo. Asume que somos putas, de altísimo nivel, pero putas. La diferencia que hay entre nosotras y que están en la calle, está en el precio. El nuestro, aunque te parezca mentira, es mucho más alto.

– Creo que tienes razón. Tengo que esforzarme por asumirlo y sacar lo positivo de esta situación, o cuando llegue el momento caeré en una depresión y puede que hasta me suicide.

– Eso es lo último. En el fondo seguimos siendo de pueblo y si las cosas vienen muy mal con poco sobreviviremos. Nadie se muere por fregar suelos. Solo es desagradable pero, desde luego, mas digno que nuestro trabajo.

– Sigues teniendo razón. Estoy deprimida y es la falta de amor. Nadie me ama y a nadie amo.

– Pero somos amigas. ¡Más que amigas!

– No te ofendas pero ahora me gustaría que un hombre me abrazara con mucha ternura y reposar mi cabeza sobre su pecho y sentir, si no su amor, por lo menos su amistad.

– No me ofendo. Me pasa lo mismo. Tampoco hay ninguno. Pero nos tenemos nosotras. No es igual pero consuela.

– Tienes razón. Acaríciame muy suave.

Estábamos una frente a la otra en la bañera. Me acarició el sexo con una suavidad que solo una mujer es capaz de producir. Yo hice lo mismo con ella. Cerré los ojos y me relajé.

Sentí frío, Glinys seguía con los ojos cerrados, el agua se estaba enfriando, saqué una mano, estaba completamente arrugada.

– Cielo, tenemos que salirnos o nos quedaremos arrugadas para siempre.

Nos secamos la una a la otra con mucha ternura. Besándonos suavemente en todas las partes del cuerpo. Cuando estuvimos bien secas nos echamos en una cama, muy juntas, acariciándonos con mucha suavidad.

– ¿Porqué no me cuentas tu historia?

– Necesitaría varios días. Te la iré contando con calma en varias veces.

– Bueno, pues al menos cuéntame desde que conociste a Darío, así podré conocer tu sufrimiento y quizá pueda ayudarte.

– Tienes razón. Tú abriste tu corazón y yo no he abierto el mío. Conozco tus secretos, justo es que conozcas los míos. Verás…

Le conté desde que planeé la idea de convertirme en acompañante, como conocí a Darío, como nos casamos… todo. Cuando terminé seguía en la misma posición. Durante la historia intercambiamos algunas caricias, pero pocas.

– …Y con esto llegamos al otro día, el resto lo has presenciado.

Se levantó como pudo, quejándose y se puso a renquear por la habitación.

– Nuestras historias son iguales. O hemos tenido mucha suerte o es que todos los hombres son iguales. Más bien lo último.

– Pero tú estás mejor- dije mientras intentaba ponerme de pie- tendrás una indemnización y los regalos que te haga.

– Van, el dinero va y viene. No tendré mucho más que tú. ¿Qué me durará? Un año, dos, mas que a ti. Al cabo de ese tiempo estaremos iguales. Convéncete, solo vale l

o que tengamos dentro. Tú tienes poco dentro.

– ¡Vaya! Gracias. Soy tonta, pero no esperaba que me lo dijeras.

– Déjame terminar. Me refiero a que no tienes estudios pero eres mucho más lista que yo. ¡Deja que termine! No te estoy alabando, son hechos. En este momento los halagos de poco sirven. Necesitamos conocernos lo mejor posible, solo así, conociéndonos, podremos sobrevivir. Con un cierto lujo, claro.

– Como dijo el filósofo: conócete a ti mismo.

– Eso es. Sepamos exactamente, nuestros defectos y nuestras virtudes y disfrutemos del hoy que el mañana traerá sus penas.

– Ya que lo mencionas… disfrutemos comiendo. Tengo hambre.

– Con el estómago lleno se ven las cosas más alegres. Vamos.

Nos pusimos los vestidos y salimos. Le pedí el dinero que llevara. Lo junté con el mío y pude pagar la habitación. No quedaba para comer. En recepción nos indicaron un restaurante típico, cuando nos sentamos Glinys dijo:

– ¿Cómo vamos a pagar? No nos queda dinero.

– ¡Glinys! ¡Me decepcionas! Tengo varias tarjetas.

– Pero tu marido puede saber donde has estado.

– Lo sabrá. Se lo voy a decir cuando lleguemos. Una esposa no debe tener secretos con su marido.

Ante su asombro continué:

– Puede habernos visto alguien, o haber visto el coche. Si le digo que nos hartamos de ciudad y salimos al campo y vinimos a este pueblo y cenamos. Aquí se acabó el problema.

Tuvimos suerte. Al llegar a casa era bastante tarde. Desi me informó que los señores no estaban, que parte del servicio aún no había vuelto y que si queríamos cenar. Le di las gracias y subimos.

– Una ducha rápida, por las apariencias, y cambio de vestido. Les recibiremos con todo nuestro amor.

Cuando llegaron teníamos el pelo, intencionadamente, húmedo y estábamos charlando en la salita.

– Os hemos estado buscando.

– Es que nos cansamos de dar vueltas por calles medio vacías y nos fuimos al campo. Hemos cenado en… -dije el nombre del pueblo- y acabamos de volver. Si tenéis trabajo por nosotras no lo dejéis.

– Lo hicimos antes de irnos. Por cierto, me ha dicho Desi que le has dado permiso especial al servicio.

– ¡Mi amor! Tú se lo dijiste al mayordomo. Lo único que hice fue confirmárselo a Desi.

– De acuerdo. No vamos a discutir por eso. Pero no les pago para que se diviertan. ¡Y bien, Glinys! ¿Que te parece nuestra pequeña ciudad?

– Que no es tan pequeña. Es encantadora, con esas calles estrechas, esos edificios…

Daba la impresión que se había pateado a conciencia la ciudad, mencionó un montón de sitios, tantos que casi lo estropea, porque ¿si estuvo con Darío, como le había dado tiempo a tanto? Corté.

– Glinys, creo que estás abrumando a Darío y aburriendo a Pete. Darío conoce de sobra la ciudad y a Pete no le suenan de nada esos nombres.

Captó la idea.

– Tienes razón. Me dejo llevar de las novedades. Estoy muy cansada. He andado mucho y no he hecho siesta como vosotros, si me perdonáis.

– Por favor, tú tienes que perdonarnos por impedirte descansar – Darío siempre tan galante.

– Yo tampoco he echado la siesta, si me perdonáis también subiré.

Pete se creyó en la obligación.

– No hay nada que perdonar. -Y dirigiéndose a Darío agregó- También tengo sueño, tenías razón, una siesta corta no te quita el sueño por la noche.

Subimos y sin más nos metimos en nuestras habitaciones. Darío se desnudó y se dejó caer en la cama. Yo me quité el vestido y fui al baño. Cuando volví Darío seguía boca arriba. Me quité las bragas y me eché a su lado. Ni me miró. En realidad se vino a dar cuenta de mi pubis rasurado una semana después y se limitó a comentar que era curioso. Si el no se inmutó al verlo yo no me inmuté con el comentario. Estábamos alcanzando el equilibrio matrimonial. Apagué la luz.

CAPÍTULO 15

A las nueve en punto, Glinys irrumpió en mi habitación.

– ¡Buenos días! -trompeteó.

Me incorporé de un salto.

– Mi corazón no resistirá otro.

– Tonterías. Hace un día estupendo. Ponte algo y bajemos a desayunar o haz que lo suban, como prefieras.

– Prefiero bajar. Hasta que abandono la habitación me gusta conservar la intimidad. Mientras me aseo, ponte algo, a

l mayordomo podría darle un soponcio.

No era para menos, llevaba una bata rosa larga y medio transparente, muy abierta pero que lo que tapaba lo marcaba bien. Salió.

Me aseé y me puse unas bragas y un sujetador muy discretos, una falda recta por encima de la rodilla y una camisa. Me contemplé en el espejo. Todo muy decente. Entró Glinys, llevaba un vestido con vuelo por la rodilla con pequeño escote redondo.

– ¿Me subes la cremallera? Llevaba un sujetador rosa pálido. Mientras le subía la cremallera comentó:

– Las bragas son a juego y todo muy discreto. No podemos permitir que te quedes sin mayordomo. -Glinys preguntó:- ¿Me puedo dar un baño en la piscina?

– Por supuesto. Yo prefiero todavía la ducha. El agua está algo fría. Hasta el mes que viene no estará a mi gusto. Pero Darío se baña de vez en cuando y el servicio casi todos los días.

– El problema es que no he traído bañador.

– No importa, tengo muchos. ¿No te importará que te ajuste y enseñes algo más de lo debido?

– No me refiero a eso. El problema es si me verá alguien.

– No creo. Asómate. Como ves está rodeada de seto y solo se puede ver desde esta planta y aquí no suelen subir los hombres del servicio. Los vecinos tampoco, porque aquel seto de allí tapa la piscina. ¿Pero que más te da?

– No es por que me vean, aunque no lleve bañador, es por lo que pretendo hacer.

– ¡No pretenderás que nos bañemos juntas!

– Tampoco es eso. Bajemos. Después te lo contaré.

Durante el desayuno, le pregunté al mayordomo:

– ¿Está limpia la piscina?

– Por supuesto señora.

– Me refiero a si se han retirado esta mañana las hojas y los insectos del agua.

– Eso no lo sé, pero me aseguraré que queda perfectamente limpia.

– Se lo agradeceré.

Tras el desayuno volvimos a mi habitación.

– Escucha lo que he planeado.

– Mejor me siento. Temo lo peor.

– Verás, le he preguntado a Pete si iban a estar todo el tiempo en el despacho y al contestar que incluso comerían en él, le he dicho que le pida a Darío el coche con el chofer para salir de compras, para evitar los problemas de aparcamiento y por si tú no querías salir.

– ¿Y qué tiene que ver eso con la piscina? – Se hizo la luz- Espera, te lo cuento. El coche ya debe estar de vuelta, al chofer, sin nada que hacer, le pone a limpiar la piscina y a arreglar el jardín, cuando te vea en la piscina se pondrá a arreglar el césped que hay alrededor y como quien no hace la cosa caerá en tu red y mamá araña se lo comerá.

– Te dije que eres lista y te lo repito. Lo único que necesito es ver al jardinero y que me dejes un albornoz.

– Sin problema, elige – y le mostré cuatro de diversos colores- te estarán bien porque me están grandes.

– Por cierto ¿cómo se llama el chofer?

– Carlos Felipe, pero puedes llamarle Carlos. Si le hablas despacio y como los indios te entenderá perfectamente.

– ¿Cómo los indios?

– ¿Es que no ves películas del oeste? Como hablan los indios en las películas.

– ¡Ah! Es que los indios que conozco hablan inglés correctamente.

– Bueno tú me entiendes. Se volvió.

– Baja la cremallera, por favor. Gracias.

Se quitó el vestido y lo tiró sobre un silloncito. La ropa interior era de lo más completa. Se me acercó sonriente.

– Dime ¿Qué podemos hacer hasta que aparezca el pichón? Comenzó a desabotonar mi blusa y a darme besitos en el cuello. Se me pusieron los pelos de punta. Me quitó la blusa y la lanzó a otro silloncito. Bajó la cremallera de la falda y esta acabó en el suelo. Siguió con las caricias.

– ¿Es que no quieres? Lo hago por relajarte. Anoche tenías unos pensamientos muy lúgubres.

– Es que me has pillado por sorpresa. Estabas hablando del chofer y sin pausa te lanzas sobre mí. Simplemente.

Me lancé a su boca. No era necesario que respondiera. Como mi sujetador era escotado sacó un pecho y se puso a mordisquear el pezón. Alargué las manos por detrás y le desabroche el suyo, se lo saque y mientras ella hacía lo mismo con el mío le besé los pezones. En un momento cayeron las bragas y nosotras en la cama.

Mientras nos acariciábamos todo el cuerpo fuimos girando hasta quedar con las cabezas entre las piernas de la otra. Glinys quedó encima. No

s besamos durante un rato. Yo con mimo, ella con más fuerza. Levantó su cara.

-¿Está bien así señora condesa? Le mordí y gritó. Le volví a morder.

– La señora condesa mejora.

Y se lanzó como una fiera. Yo le mordía porque sentía que estaba cerca, no por el título. Nos llegó a la vez. Se desplomó sobre mí. Así nos quedamos hasta que nos hubimos relajado del todo. No había prisa.

Se levantó y se acercó a la ventana.

– Ahí está el pichón. Me acerqué.

Carlos estaba pasando la red a la piscina. Se había quitado el uniforme y llevaba un bañador tipo bermuda y una camiseta. Hacía el trabajo con meticulosidad o dicho de otra forma, estaba justificando el sueldo. Cogí el teléfono interior.

– La señora americana irá un rato a la piscina y yo descansaré mientras, ¡menos mal que se van hoy! Luego, si la señora americana lo decide, saldremos con el coche grande de compras. Entonces suben y hacen las habitaciones.

– No he entendido lo que has dicho pero creo que no hablabas muy bien de mí.

– Chica lista. Le he dado a entender que sois unos pesados y que estoy deseando que os marchéis.

– Pero tú no piensas eso ¿verdad? Lo de antes… – Daba risa su cara.

– ¡Por favor! No eres la única en urdir maquinaciones. Si nos sorprenden en una situación dudosa no pensarán mal. Por supuesto si nos ven besándonos no tenemos escape, pero en situaciones que se presten a dos versiones optarán por la otra.

El suspiro que se le escapó casi rompe los cristales.

La aparté de la ventana y con mucha ternura la besé.

– ¿Esto es mentira? Me besó, con cierta fuerza.

– ¿Y esto? ¿También indica mentira? -Y cambiando el tono- ¡Al ataque! Se puso un albornoz y se dirigió a la puerta.

– Te agradecería que llevaras mi ropa a la habitación. ¡No puedo perder tiempo! – Y salió corriendo.

Hice lo que me pedía y me senté en un sillón, tras las cortinas, a ver el espectáculo. Si era cierto lo que me había contado, había tenido pocas experiencias con hombres y sin embargo actuaba como si no hubiese hecho otra cosa. Busqué explicaciones. Deseché que me hubiera mentido. Me había contado cosas más comprometedoras. O bien la educación escolar americana provoca ese desparpajo o era una tímida extrema y se lanzaba a la extroversión extrema para disimular. Ya estaba junto a la piscina. El chofer, en este momento jardinero, estaba a unos diez o doce metros. Le dijo algo y se lo repitió haciendo gestos de que se volviera. Por fin lo hizo. Se quitó el albornoz y lentamente se dirigió a la piscina bajando la escalera con la misma lentitud. Cuando le llegaba el agua a la cintura, el jardinero se volvió y al verla se giró pero no con mucha rapidez. Ella se lanzó al agua y él se volvió normalmente.

Carlos fingía quitar las hojas con un rastrillo, pero no perdía detalle de las evoluciones de Glinys, que le mostraba su cuerpo bajo el agua. Nadaba muy despacio, sin mover el agua. Al cabo de unos minutos, se puso de espaldas al borde sujetándose con las manos. Como tenía los brazos sobre la cabeza, los pechos se mostraban entre dos aguas. Carlos, en la otra parte, no perdía detalle, aunque intentaba disimular. Cuando consideró que la exhibición era suficiente nadó con lentitud hasta el otro lado y se agarró al borde.

– Carlos, ven aquí, por favor.

Él la miró y se señaló con el dedo.

– Sí. Ven, acércate.

Se acercó titubeante. Como la presa al cazador.- Pensé. Llegó junto al borde. Ella le hizo señas que se agachara. Él lo hizo. El brazo de ella salió del agua como un látigo, agarró la camiseta y tiró. Cayó de cabeza. Cuando salió ella se reía con fuerza. Se sacó la camiseta y la lanzó fuera. Puso cara de furia y se dirigió a ella que intentó la huida. Se dejó coger casi en el borde del otro lado. Él le empujó la cabeza y al poco salió ella con el bañador en la mano, que lanzó fuera.

Por si había alguna duda, el bañador sobre el césped la disipaba. Carlos se acercó muy despacio y la abrazó. Se besaron con furia. Luego se tranquilizaron un tanto y comenzaron las caricias suaves. La cabeza de él desapareció un buen rato.

Luego la de ella. Otra vez la de él. El juego siguió y comenzó a aburrirme.

Desvié la mirada y me encontré acariciándome los pezones y una sensación entre las piernas, bajé la mano y metí el dedo. Estaba mojado. Al descubrirlo la sensación se intensificó. Mientras con una mano seguía acariciándome el pecho con la otra oprimí mi sexo.

Miré a la piscina. Carlos estaba haciendo el muerto y un enorme periscopio oteaba el horizonte mientras la mano de Glinys subía y bajaba por él.

Se revolvió y se puso a la espalda de ella. Inició un movimiento de vaivén.

La sensación en mi vientre aumentaba.

Se dieron la vuelta y continuaron con el movimiento. Yo comencé a mover la mano de abajo suavemente. Hubo un chapoteo y no sé que más porque en ese momento se me nubló la vista.

Cuando enfoqué la piscina, salían del agua Glinys se puso el albornoz y hurgó en su bolso, sacó un librito, yo sabía que era un diccionario, consultó y le dijo algo a Carlos que ya se había puesto el bañador, luego dio media vuelta y se vino hacia la casa. Carlos se quedó como una estatua con una mano en alto y la otra sosteniendo el preservativo usado. Recogió la camiseta y se fue por el otro extremo del jardín.

Irrumpió en la habitación. Mientras iba hacia el baño quitándose el albornoz, dijo:

– ¡Ha sido fantástico! Cuando salió del baño me preguntó excitada:

– ¡Lo has visto! ¿Que te ha parecido? ¡No me imaginaba como sería! ¡Tienes que probarlo! ¡No se puede explicar!

– ¡Tranquilízate! Lo he visto todo y te creo cuando afirmas las bondades del método. Intentaré hacerlo con Darío cuando avance más el verano. ¿Y ahora qué? ¿Descansamos? ¿Salimos? Estoy a tu disposición. ¡Lo que quieras!

– Nos vamos a vestir como las damas respetables que somos y nos vamos a ir a gastarnos el dinero de esos dos en trapos, que no nos hacen falta pero como el dinero no es nuestro…

– Tienes razón. ¡Demos un mordisquito a sus cuentas!

– Estoy pensando que si meto mas cosas en las maletas Pete se pondrá hecho una furia. No te importa si los vestidos que tengo para lavar y algunos otros se los doy al servicio.

– No, en absoluto.

– Voy a vestirme. Date una ducha y quítate ese olor a hembra y cuando termines vienes a mi habitación.

– Por cierto ¿qué le dijiste de despedida?

– Más o menos y como, según tú, hablan los indios, si le cuentas a alguien lo que hemos hecho te volaré las bolas. Pero por si no ha quedado claro, luego me escribes una nota para que la lea y no haya dudas.

Me quedé riendo. Me duché y me vestí. De lo más decente.

CAPÍTULO 16

Glinys me esperaba enfundada en un pantalón por la rodilla, tipo explorador y una camisa de manga corta, también de lo más decente.

– Quiero que me escribas una nota en la que le insistas que si le dice a alguien lo que ha pasado le mataré.

– Escribe lo que te diré, si piensa que yo estoy al tanto, terminará por contarlo, si cree que solo lo sabe él es posible que guarde el secreto. Veamos – le dicté en español-indio – "Mi manejar revolver. Mi acertar bola de golf a veinte metros. Si tu contar alguien lo que pasar yo tirar blanco tus bolas. Si tu comprender decir sí". ¿Te parece bien?

– No lo sé no lo entiendo.

– Le digo que eres buena tiradora, que le aciertas a pelotas de golf a veinte metros y que si habla utilizarás sus bolas como blanco. ¿Te parece bien?

– Perfecto. Llama al servicio, que suban y elijan lo que les guste.

Cogí el teléfono y le dije al mayordomo:

– La señora americana, va a desprenderse de algunos vestidos que no le caben en las maletas, los dejará sobre la cama, los que le interesen a algún miembro del servicio pueden cogerlos el resto los empaquetan para donativo. Dígale a Carlos que prepare el coche que vamos de tiendas.

El coche nos esperaba en la puerta principal. Antes de arrancar Glinys le pasó la nota, la leyó, dijo que si que comprendía y la guardó. Glinys me dijo:

– Dile que si la nota está totalmente clara y hará lo que le digo.

– Carlos la señora dice que si la nota está clara y harás lo que dice.

– Dígale que está muy clara y que no hablaré con nadie, se lo juro.

– ¿Que secretos tienes tú con la señora?

– Con el permiso

de la señora, no puedo decirle a la señora el secreto.

– Vale. -Me volví a Glinys- Dice que la nota está muy clara y no hablará con nadie. Que lo jura. ¿Cuál es el secreto? Carlos no perdía detalle, sabía el suficiente inglés como para darse cuenta.

– Si no fuera secreto te lo contaría. Dile que me dé la nota.

– Carlos, la señora dice que le devuelvas la nota. Lo hizo y arrancó. ¡Las tarjetas iban a tener trabajo! Una de las veces que dejamos paquetes en el coche, que ya parecía un coche de reparto, nos dijo Carlos:

– El señor ha llamado. He de recogerle a él y al señor americano y traerles a comer con las señoras. Ha dicho que se encontrarán en el Mesón a eso de las dos, que quién llegue antes que espere.

– De acuerdo. Aún podemos comprar algunas cosas más.

– Si me permite la señora, meteré los paquetes en el maletero.

– Si, hágalo, así estaremos más cómodas.

Nos dejó en otra tienda y se marchó. Compré como loca. A Glinys le compré varias cosas que me gustaron, ella se contagió y compró algo. Lo cargué todo en mi cuenta. Al salir me dijo:

– No tenías que haberme comprado esas cosas.

– No te preocupes. No es por ti, es por mí.

– No te entiendo.

– Fácil. Cuando me pregunte por el gasto desmesurado le diré que te regalé ropa y pagué algunas de tus compras, si le pregunta a Pete, como tú le habrás dicho que te he regalado ropa, lo confirmará. La mayoría de los vestidos valen la mitad de lo que nos han cobrado dentro de unos días pasaré por la tienda y recogeré un cheque con la diferencia que ingresaré en mi cuenta secreta. Llámalo compensación por aguantar invitados molestos. Ten cuidado no presumas de ropa porque, aunque tienen buena vista, no son de alta calidad.

– Pero eso no supone mucho.

– No mucho. Para que te hagas una idea, unos diez o doce mil dólares al año. Si aguanto los suficientes años puede ser una cantidad importante. Todo ayuda. Y está el placer de haberle metido un gol a Arturo, cometió el fallo de dejarme el gasto ilimitado.

Cuando cerraron las tiendas nos dirigimos, cargadas de paquetes, al restaurante.

Estábamos en el bar tomando unos aperitivos cuando llegaron ellos. Nos besaron muy cariñosos.

– Pasemos al comedor que estoy hambriento.

– ¿Está el coche en la calle? – y ante la afirmación de Darío, le dije a Glinys: dejemos los paquetes en el coche -y a ellos- pasad, que volvemos enseguida.

Apenas nos sentamos apareció el dueño, con el cocinero que traía un cochinillo y dos camareros con el resto de la comida y el vino.

Darío estaba en su ambiente.

– Perfecto. Vais a probar una de las exquisiteces de nuestra cocina, con un vino que espero sea de vuestro total agrado.

La comida transcurrió entre las alabanzas de nuestros invitados y mientras traían el postre, Darío dijo:

– Somos un millón más ricos.

– Pete ¿has ganado un millón? -Preguntó Glinys.

– Ajá. Un millón cada uno.

Yo callaba, en el fondo me daba igual. Darío sacó un estuche de joyería y dijo:

– Para celebrarlo te he comprado un pequeño recuerdo.

Y me lo puso. El pequeño recuerdo era un collar de placas de oro, ajustado al cuello con ocho salientes, algo así como un sol con ocho rayos. Pesaba un disparate.

– Eres muy amable. – le dije poniendo una sonrisa de compromiso. Glinys abrió mucho los ojos y se puso a elogiarlo.

– Es una maravilla. Es insuperable. Debes ser muy feliz con un hombre que te regala estas cosas. Pero no pareces muy contenta.

– Qué puedo decir. Para ser un millón más rico no lo demuestra mucho.

– ¡Pero qué dices! Es un digno regalo de la ocasión.

– Glinys, naturalmente no conoces toda la historia. Darío, es mucho más generoso cuando quiere. Se ve que ahora no está de humor. ¡Sin ir más lejos! El mes pasado, sin haber ganado nada, solo para que luciera en una fiesta, me regaló unos pendientes de diamantes más valiosos que este collar. Comprenderás que no puedo saltar de alegría.

Darío, el muy imbécil, se lo tomó como un elogio.

– Es que no había nada mejor. Ya sabes, estamos en provincias.

Pete se levantó.

– Perdonad. He recordado algo.

Mientras salía. Le puse el collar a Gliny

s. Tuve ganas de regalárselo pero pensé que luego tendría que pagarlo de mi bolsillo y no era cosa.

Pete tardó una media hora. Ya habíamos tomado los postres y estábamos con el café. Sacó un estuche y le puso otro collar a Glinys. Se disculpó.

– Han tenido que hacerle unos ajustes. Creí que Darío sacaría el regalo después del postre pero debí entender mal y al sacarlo antes, hubiera quedado en mala posición.

– ¡Oh! Pete, cariño, es maravilloso.

Era mejor que el mío. Era un collar de placas de oro, pero finas, y como colgante un rubí bastante grande rodeado de diamantes y estos a su vez de zafiros. Sin duda una pieza magnífica y por supuesto, más fina que la mía. Yo, obviamente, alabé la pieza.

– Pete, tienes un gusto exquisito, la pieza es de una elegancia excepcional y además muy patriótica.

– ¿Que tiene que ver el patriotismo? -Preguntó Darío.

– Patriótica para ellos, naturalmente, tiene los colores de su bandera.

Glinys dio unos grititos y exclamó:

– ¡Pete! ¡Que detalle! Los colores de la bandera. ¡Me has emocionado tanto! Darío intervino.

– Pete, ¡atrévete a decirme ahora que no ves sentido a la siesta!

– No me atreveré. Necesito una siesta.

– Entonces vamos.

Se levantaron dejándonos sentadas. Les alcanzamos al salir porque se entretuvo con el dueño ponderándole la comida. Media hora después estábamos en nuestras habitaciones.

Nos desnudamos. Darío se tiró en la cama y yo me puse un kimono y fui a la puerta.

– ¿No te acuestas?

– He quedado con Glinys en la salita de la televisión para hablar. Ya dormiré esta noche.

¡Solo queda un poco para que se marchen! Encontré a Glinys en el pasillo. Levaba otro kimono. Bajamos.

Nos acomodamos en un sofá frente al televisor con sendos vasos de bebida con poco alcohol, zumo de fruta y mucho hielo. Estuvimos un cierto tiempo sin decir nada, mirando la pantalla y bebiendo a pequeños sorbos.

– Creo que ha llegado la hora del resumen. ¿Qué te ha parecido tu estancia entre nosotros?

– Maravillosa. No la olvidaré nunca. Creo que he hecho una amiga de las de verdad.

– Eso no lo dudes. Amigas para siempre.

– Sin embargo, me asaltan las dudas de vez en cuando. Mi historia me hundiría si llega a oídos de Pete. Y hundiría a Penny. Solo vosotras la conocéis. Tú algunos detalles, ella otros, pero lo que sabéis cualquiera de las dos es suficiente para que Pete monte en cólera e incluso si las circunstancias se lo permitieran, como ahora, me mataría.

– No lo entiendo. ¿Por qué ahora podría matarte y en qué otras circunstancias no?

– Porque en Europa no se llevan armas en el bolso. Es lo que me desagrada de Europa, voy como desnuda. ¡Y no hagas chistes fáciles!

– ¿Yoooo? ¡No me atrevería! ¿Un chiste como que te gusta ir desnuda? ¡Jamás se me ocurriría!

– Siempre llevo en el bolso un pequeño revolver del veintidós magnum, es muy pequeño pero terrible. En verano, llevo, a veces, una pequeña pistola en el muslo y en invierno, llevo siempre bajo la chaqueta, mi favorita, un cuarenta y cuatro magnum. Cuando me ven en el club de tiro, se sonríen y es que causa risa verme con ese monstruo. Cuando hago seis disparos y los seis entran en el círculo central, generalmente aplauden. Por lo que veo no entiendes de armas.

– En absoluto. Por lo que deduzco ese cuarenta y cuatro es un arma grande.

– Muy grande y potente. La puso de moda Harry "El Sucio", ¿has visto alguna película?

– Sí. Recuerdo que explicaba las características del revolver y se ponían los pelos de punta. Pero el tuyo no será…

– ¡Ese! Al principio cuesta, pero cuando te acostumbras es igual que otro más pequeño y tiene la ventaja de que a cien metros le das a un hombre y no importa donde porque el agujero es bien grande. Bueno, pues eso lo sabe Pete, es más alguna vez me ha visto tirar y te aseguro que el día que me dé la patada, lo hará sin que me enfade o en sitio donde no pueda tener mis juguetes.

– Entonces la nota al chofer es cierta.

– ¡No Mujer! ¡Que disparate! Me gustan las armas, pero salvo en situación extrema, no le dispararía a nadie, pero es bueno que Pete no sepa ese punto y el resto de la gente igual, así se evitan situaciones delicadas y sobre todo, bromas estúpidas. Lo he reflexionado mucho, probablemente ni siquiera sería capaz de dispar

arle a un violador. ¡En fin, espero no tener que comprobarlo nunca!

– En cualquier caso es bueno tenerte cerca.

– Y en cuanto a otras cosas también maravilloso. He hecho sexo con dos hombres jóvenes y poderosos que me han hecho sentir cosas que nunca había sentido y con otro ya mayor que si no me hacho sentir placeres desconocidos, si que podemos calificar la experiencia como interesante, aunque me sintiera mal. En cuanto a la comida, ¡qué te voy a decir! Tendré que hacer régimen durante un mes para compensar. ¡Y vuelvo con un magnífico collar!

– Lo de magnífico me lo debes.

– Pero si es un regalo de Pete. ¿Cómo te lo debo a ti?

– No. El regalo es de Pete. Pero que sea magnífico es mío.

– Sigo sin entender.

– Fácil. Pete llevaba el regalo y se ve que compraron cada uno por su lado, porque no conocía el de Darío, al verlo, se sentiría en inferioridad y corrió a cambiarlo por otro mejor. Esa parte se debe al comentario que hice.

– Hay alguna cosa que no entiendo mucho. Por ejemplo, a esa hora están las tiendas cerradas ¿cómo es que compraron las joyas? A menos que las tuvieran compradas de antes.

– No hay misterio. La joyería estaba cerrada, pero el dueño vive encima. Darío es un buen cliente, de modo que le llamarían y les abrió encantado y más encantado se quedó cuando volvió Pete.

– Otra cosa, no te alegraste en absoluto y el collar es magnífico.

– De dudoso gusto, pero es cierto, vale un dineral. Pero recuerda que los regalos no son míos, solo los luzco, cuando me mande a paseo se los queda todos y encima, seguro que lo deduce de los impuestos. Como iba a estar contenta. ¡Me ofendió! Se lució delante de vosotros y encima ganó dinero.

– Darío tiene los teléfonos a los que puedes llamarme y Pete los vuestros. Me has de llamar al menos una vez en semana.

– ¡Glinys! ¡Glinys! ¡No aprenderás nunca! ¡Cómo te voy a llamar a tu casa! Ciertamente, que te llamaré pero de tarde en tarde. Lo único que necesito es que Darío vea muchas llamadas a tu casa para que se ponga a pensar. Lo haremos de la siguiente forma: Tu tienes un móvil, yo otro. Te llamaré al móvil pero desde una cabina, así no se reflejarán las llamadas y tampoco podrán escuchar lo que te diga. Tú haces lo mismo, me llamas a mi móvil desde una cabina, que puedo hablar hablamos, que no estoy sola, te digo en español que te has equivocado y cuando pueda te llamo. Otra cosa, nada de nombres, con decir soy yo es suficiente.

– No había caído. Tanto en la casa como en el despacho es muy fácil intervenir un teléfono. De hecho se hace rutinariamente para saber si las llamadas son de trabajo o personales.

– Lo mismo debe hacer Darío. De todas formas nos llamaremos a la casa o el despacho para contarles a nuestros maridos lo bien que estamos y lo que nos echamos de menos.

Anotamos los teléfonos privados y anoté el nombre y apartado de correos de una mujer en Madrid.

– Es de absoluta confianza y nadie sabe que existe. Si tienes que mandar algo hazlo ahí. Como no voy mucho por Madrid, con decírmelo por teléfono ya iré a recogerlo. De todas formas no sirve para cosas muy urgentes, salvo de excepcional importancia. Cuando tengas una dirección segura, me la mandas. Creo que lo mejor es que te abras un apartado de correos con nombre falso, creo que en América no es muy difícil.

– No es fácil, pero se puede hacer. Insisto en que eres excepcionalmente lista.

– No, solo un poco lista. El hambre agudiza el ingenio. Pero no soy capaz de hacer lo que tú haces.

– Lo que yo hago no tiene mérito.

– Al contrario, tiene todo el mérito del mundo. Eres capaz de ganarte la vida por ti misma e incluso ascender en tu trabajo y llegar a lo más alto. Tú no necesitas a ningún hombre.

Me pasó el brazo por el hombro y atrajo hacia sí. Me besó con gran ternura.

– Por favor, no sigas con esas ideas destructivas. Prométeme que no pensarás más en ello. Soy tu amiga, prométeme que si alguna vez necesitas dinero me lo pedirás. Y no me digas que te queda el cuerpo. Prométeme que antes de usar tu cuerpo recurrirás a mí y yo te ayudaré.

– Vamos, no te pongas tan trágica. Las cosas no llegarán a ponerse tan mal.

– ¡Promételo!

– ¡Te lo prometo! ¿Está bien así?

– ¡Pero de verdad!

– De verdad. Te prometo que si necesito dinero te

lo pediré, suponiendo que lo tengas, claro.

– Entonces, te prometo que te lo pediré a ti.

Con la emoción del momento, nos besamos. Al principio con ternura, como se besarían dos náufragos. Pero al poco estábamos acariciándonos como dos amantes.

Con un esfuerzo me separé. Estábamos en un lugar peligroso. El servicio pululaba por la casa y alguno podía entrar. De todas formas, como el sofá estaba de espaldas a la puerta, nos quedamos con los kimonos abiertos, enseñando el pecho.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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