LA LUNA DE SETIEMBRE

Brisa de octubre aún no llegado y luna llena para enamorados. Música de aquella que te remueve las penas y un vinito de esos que tienen chispa y te encienden. En la casa de Laura, éramos tres a la mesa contándonos los padecimientos. Ella recién separada de su pareja. Su amiga Maribel, en busca eterna de su príncipe azul. Yo y mis desencuentros con mi esposa. El amor muerto de Laura, la agonía del mío y el esquivo de Maribel.

En los tres la sensación de que al mediar los 30 uno tiene que “ajustar las tuercas” que han quedado flojas en el andamiaje de la vida. Loca noche aquella, en la que el vino, la tristeza y las viejas canciones, nos abrieron sin quererlo las puertas a la locura. Mientras se desahogaba, Laura se puso a llorar. Ambos a los costados nos levantamos y la abrazamos. Mis ojos se llenaron con una nube inexplicable de nostalgia. La primera lágrima cayó sobre el hombro izquierdo, desnudo de Laura. Al sentirla sobre su piel levantó la vista hacia mí. Sus ojos de tormenta se cruzaron sin quererlo con la lluvia de los míos y mi cabeza descendió hacia sus labios. Fue un beso raro. Un beso de amigos si es que vale la expresión, y sin embargo con tanto amor. Duró apenas instantes, pero cuando me separé, algo comenzó a gestarse.

Me alejé un poco y miré directo a los ojos de Maribel, que con una mirada de ternura apoyó sus labios sobre los míos. La luna reventaba en la calidez de la noche y una bruma tenue cubría el jardín. La misma bruma que envolvía mi vida, mi corazón y mi espíritu. Una niebla tenue que impedía el paso frontal de la luna romántica que alguna vez iluminó mi vida. Medio ebrios y llorosos nos pusimos a bailar. Los tres abrazados al compás de una música de lenta cadencia de hace 15 años atrás. Mis manos recorrían la cintura de Maribel y mis labios besaban los de Laura. Las manos de una enlazaban los hombros de la otra y recorrían la piel como caricia de calma.

A la distancia y como si hubiera sido un sueño siento el enorme apego del uno por los otros dos. El inmenso cariño que queríamos darnos. Un cariño y un amor más cercano a lo fraternal o a la amistad que al plano sexual adonde estaban girando. Las ropas cayeron y con ellas el último bastión de inhibición que quedaba. Mis manos sentían la piel de una y mi piel los labios de la otra. Una y otra vez nos besamos. Acercándonos y alejándonos. Una loca danza que en un momento te ponía en el centro de la escena y en el otro te colocaba como espectador de los besos fogosos de mis amigas.

Mientras ellas se prodigaban besos y caricias en las partes más íntimas, yo, alelado, no atinaba más que a resbalar mis dedos por los cuerpos entrelazados. Al instante como si fuera un capricho una de ellas se alejaba dando paso a mis caricias y mientras lamía con fluidez los jugos de su deseo sentía los labios de la otra sobre mi intimidad enhiesta. Tres pares de piernas entrelazados, dos mujeres al servicio de mi placer. Una pareja para darle todo el cariño a Laura y en el instante siguiente era Maribel la dueña de todas nuestras caricias. Uno se retiraba extenuado y otro tomaba su lugar para remplazarlo. Yo le hacía el amor a una con la más grandes de las ternuras. La otra dibujaba con sus manos en su piel las caricias a la espera de entrar en ese juego extraño de locura momentánea que nunca más se volvió a repetir. Juego de jugos compartidos, de clítoris vibrantes y miembro a la expectativa. De pezones erectos y de amor inusual; de cuerpos femeninos recorriéndose y de un hombre extasiado que, convertido en semental, recorría una y otra vez los pubis entregados en una dulce danza de deseo.

Mis manos rozaron los pezones erectos de una, mientras mi boca besaba los labios de la otra que tenían el gusto de la intimidad ajena. Nada quedó por recorrer. Nada por experimentar en ninguno de los tres. La locura fue despacio dando paso al cansancio y el alcohol fue durmiendo los ímpetus de la magia. El chistido de un búho en la madrugada me despertó y me vi flanqueado por mis dos amigas que a apoyaban sus pechos sobre mis costados y sonreí al sentir una oleada

de cariño monumental por ambas.

La mañana nos encontró con un sentimiento adolescente de travesura que hacía mucho no me visitaba y mientras ellas se duchaban juntas y yo preparaba el desayuno reeditamos parte de las caricias y besos de la noche anterior. De aquella noche irrepetible me quedaron los gemidos y las manos que volaban de uno a otro y a uno mismo mientras una miraba a los otros y así. Algo muy difícil de contar sin caer en figuras soeces que empañen lo que fue un pacto de amigos.

Pocas palabras pueden hilvanar el placer de aquella noche, pero muchas menos se podrían tejer para explicar lo lejos que estuvimos de lo sexual. Rozando las ganas de saciar una soledad que te llena el alma de frío. Te deja vacío de cualquier ternura y necesitado de cualquier caricia. Una luna de septiembre fue testigo de la chispa vibrante de alcohol de tres solitarios. El vino, el líquido que selló la amistad que aún hoy perdura. Nunca más volvimos a repetir la experiencia y sé que nunca más lo haremos. Aquella mañana me vestí y enfilé hacia mi casa después de otro de mis viajes mentidos para escaparle a la rutina. Sabía íntimamente que tenía con quien contar.

Autor: Jorge

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Escrito por Relatos Marqueze

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