Eso es algo que siempre me he preguntado, ¿por qué? Seré tan puta. Y no lo digo en el sentido estricto de la palabra, me refiero a que como decía mi abuela que en paz descanse, cuando se refería a mi madre o a cualquiera de mis tías. No pueden ver un interior colgado, que ahí mismo van a olerlo.
Yo no se que me pasa, pero desde muy jovencita, he sido muy crédula de lo que me decían los hombres, y eso que mi madre, mis tías y hasta mi abuela a cada rato me lo advertían. Los hombres nada más buscan divertirse, con las mujeres como nosotras. Pero como sabrán y entenderán, yo no les hice caso. Mi primera relación fue algo fuera de lo común, ahora que lo pienso detenidamente. Como les comenté yo era muy ingenua, y hasta tonta en ciertos aspectos de la vida, y me parece que no he cambiado mucho realmente, pero que puedo hacer así soy yo.
Mi primera relación, fue poco después de cumplir mis dieciséis años. Mi madre me consiguió empleo, en el hogar de ancianos donde ella trabajaba, así que salía de mi casa donde atendía a mis abuelos maternos, y me iba a trabajar, al hogar de ancianos, eso era viejos durante el día, en mi casa, y viejos durante la noche que era el turno que me tocaba, en el hogar.
Las primeras semanas, fui conociendo a los ancianitos, y ganándome su confianza, y ellos la mía. Ya como a los tres meses, me sentía como en casa, en ocasiones me tocaba bañar a uno que otro de los viejos, que no lo había querido hacer durante el día, y cosas así como esas. Pero un día Don Tomás uno de los más viejos, me comenzó a decir cosas lindas, que yo si que era joven y bella, simpática, que tenía un rostro y cuerpo de ángel. Con decirles que era uno de mis viejitos favoritos, al poco tiempo los otros viejecitos comenzaron a decirme más o menos lo mismo. Y yo estaba que no cabía en mi ropa, de lo orgullosa que estaba, por las cosas lindas que todos me decían.
Hasta que un día Don Tomás, que en esos días se estaba quejando de fuertes dolores de artritis en las manos, después de escucharlo decir, las cosas bellas que a mi me gustaba escuchar, me pidió que lo ayudase a darse un baño, cosa que él cambiara de opinión, y con su cara muy fresca, me dijo: Lo que yo no quiero es que se te moje el lindo vestido que tan bien te queda. Pensé si ese era todo el problema, sencillamente me lo quitaba y ya, cuando se lo propuse, Don Tomás hizo como que lo pensaba un momento y finalmente aceptó bañarse, pero con la condición de que no mojase mi vestido.
Yo me quité mi vestidito, y lo dejé colgado tras la puerta del baño. Cuando Don Tomás me vio en pantys y sostén, nuevamente comenzó a decirme cosas lindas en particular sobre mi cuerpo. Yo lo ayudé a enjabonarse la espalda, pero al terminar, me comentó que el dolor de las manos no le permitía enjabonarse el resto del cuerpo. Así que gustosa, me di a la tarea de bañarlo. Todo iba de lo mejor cuando le estoy pasando la pastilla de jabón por sus piernas, sentí algo caliente y bien duro, donde yo esperaba encontrar, como le decían las otras empleadas, los mocos de pavo, refiriéndose a los penes de los ancianos. La verdad es que me sorprendí, mucho, en mi vida había visto el pene de un hombre en esa condición. Don Tomás me sonrió ingenuamente, y me dijo que yo era la responsable de eso, no entendía que quería decir con esas palabras, y a medida que lo ayudaba a salir de la bañera, yo seguía observando su erecto miembro.
Don Tomás siguió diciéndome lo linda y bella que era, que solamente un ángel como yo podía hacer ese milagro, aunque me encantaba escuchar lo que me decía, yo todavía estaba sin entender nada. Ya fuera del agua, Don Tomás, completamente desnudo me fue arrinconando, al tiempo que seguía diciéndome cosas lindas y pasando sus manos por sobre la piel de mi cuerpo, en principio, nada más me tocaba los brazos, pero luego poco a poco, comenzó acarici
ar mi vientre, su boca se fue acercando a la mía, y cuando me di cuenta el viejecito ya me estaba besando. Me quedé como tonta, era la primera vez que un hombre maduro me besaba. Así estuvimos por un largo raro, hasta que él con sus adoloridas manos, me soltó el sostén primero y luego me bajó las pantys. Sentí su mano sobre mi coño, y sentí también una especie de corriente que me recorría todo el cuerpo.
Lentamente Don Tomás se fue agachando frente a mi mientras mantenía sus dedos tocándome divinamente mi coño, hasta que su cara estuvo a la altura de mi coño, y de momento comencé a sentir sabrosamente como su lengua jugaba con mi clítoris. Yo no se cómo ni por qué mantenía mis piernas bien abiertas, al tiempo que él continuaba chupando y pasando su lengua por todas las partes de mi vulva. Yo estaba que me había olvidado de todo a mi alrededor, después de un buen rato el viejecito se ha levantado del piso y como si nada me ha introducido su miembro y sentí un ligero dolor, pero después la cosa más divina del mundo.
Don Tomás me apretaba contra la pared, al tiempo que me besaba los senos, y yo gozaba con todo lo que él estaba haciendo. Cuando terminamos después de que tanto él como yo alcanzamos el éxtasis, Don Tomás me comentó, que era una lástima que después de eso, me fueran a despedir, y que a él lo más seguro que sus hijos los llevasen ha otro hogar de ancianos. Como de costumbre no entendía que me quería decir con eso, pero cuando me dijo que cuando la dueña del hogar, se enterase de lo sucedido a él lo sacarían y a mi me botarían. Yo le prometí que me quedaría callada, y que no se lo diría a nadie, que era nuestro secreto.
Así fue mi primera vez, pero no l ver si lo que decía Don Tomás era cierto. Al principio la idea no me agradó, Don Tomás en ese momento se opuso diciendo que se sentía molesto por el hecho de que no creyesen su palabra, y de que era algo evidente que yo tenía un buen cuerpo, aún con todo y ropa. Me parece que finalmente mordí el anzuelo, ya que para que se quedasen tranquilos, les dije que después de acostar a los otros residentes los esperaba en la sala de estar.
Al terminar mi ronda, me dirigí a la sala de estar, y uno a uno fueron llegando los cuatro. Algo apresurada me comencé a quitar el vestido, que tenía puesto esa noche. Pero Don Tomás se me acercó y me dijo que lo agarrara con calma, ya que al fin y al cabo no tenía más nada que hacer, el resto de la noche. Los cuatro se quedaron de pie a mí alrededor, mientras me quitaba con más calma el vestido. Apenas me lo quité, y lo coloqué sobre una de las sillas del salón de estar, quedándome únicamente en panty y sostén.
Los escuché decir a todos, lo lindo que era mi cuerpo, lo bella y joven que era, y un montón de cosas más que me subieron por las nubes, hasta que uno de ellos me preguntó, si mis senos eran flojos o firmes. Ya que con el sostén no lo podían decir. Yo le di una rápida mirada a Don Tomás, como preguntándole que hacía, y al ver en su rostro una sonrisa de complacencia, sin pensarlo me deshice del sostén. En el rostro de los otros tres, me di cuenta de su aprobación. En ese instante Don Tomás se acercó a mí y colocando una de sus manos en mi nuca, cosa que me hacía quebrar mi cuerpo, me dijo en voz baja, si tú quieres, dile que te los pueden tocar para que vean que son de verdad, a ver que te dicen.
Como una perfecta tonta, hice lo que Don Tomás me había propuesto, mientras que él continuaba pasando su mano por sobre mi nuca, hasta la parte baja de mis caderas. Al principio, uno de ellos me tocó los senos con la punta de sus dedos, comenzó a pasarlo por sobre la aureola de mi pezones, lenta y suavemente. Al poco rato, lo comenzó hacer otro de los viejecitos, y finalmente el tercero me comenzó acariciar mis tetas, de manera más fuerte. En esos momentos me comencé a sentir un poco más excitada, por su parte don Tomás ya me estaba agarrando el coño divinamente, por debajo de mi pantys. A los pocos segundos él mismo me las quitó, sin que yo dijera nada. Como era parte de su costumbre, se agachó sin importarle que estuvieran los otros tres, y frente a ellos comenzó a darme una buena mamada en mi coño.
Por su parte, uno de los viejecit
os comenzó a chuparme sabrosamente uno de mis pezones y casi de inmediato otro de ellos lo imitó. Yo me encontraba como en las nubes, es más ni me di cuenta, como me llevaron hasta el sofá de la sala de estar. A medida que Don Tomás me pasaba su sabrosa lengua por entre mis piernas, y chupaba mi clítoris. Uno de los viejecitos, se quitó la bata de baño que estaba usando y se quedó todo desnudo, sin más ni más agarró su pene entre sus dedos y lo dirigió a mi boca. Aunque estaba algo mustio, al momento que mis labios y lengua comenzaron a pasar por sobre su pálido glande, lo vi y sentí como se ponía bien duro dentro de mis labios.
A partir de ese instante, los cuatro en distintos momentos de la noche me llegaron a penetrar, hasta por el culo. Pero al parecer uno de los tres habló de más, y en efecto me botaron del hogar. Mi madre por su parte también me botó de la casa, diciéndome que me había comportado como una puta cualquiera, y para colmo con el papá de la dueña del hogar…
Autor: Narrador narrador (arroba) hotmail.com