Yuyito (3)

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Milfs, Sexo con maduras. Sigue contándonos su tórrida historia con Analia.

A medida que pasaban los días, ese polvo histórico en su cama que yo creía el inicio de algo frenético, se convirtió en el recuerdo de quizás mi última vez con Analía. Pasó casi una semana en la que no nos vimos. Ellos no volvieron al Tigre como tenían planeado por una subida histórica de los niveles del río que habían dejado el acceso fluvial a la casa anegado. Yo me quedé en casa leyendo, mirando el techo y masturbándome pensando en ella y en sus tetas, en su culo lleno de mi semen y en su sonrisa de cabo a rabo. Fantaseaba con ella mordiéndome los labios, con ella cogiendo conmigo en el quincho de su casa, en el cuartito del fondo de la mía, en un auto durante las vacaciones, siempre a escondidas, siempre a punto de ser descubiertos. Pero la realidad me decía que probablemente nunca fuéramos a estar juntos. Yo era lo suficientemente consciente como para saber que lo que hacíamos era una locura y que podría terminar con todo lo que teníamos, nuestras familias, nuestras amistades, todo.

El sábado siguiente mi mamá me avisó que Andrés y sus papás iban a venir a comer un asado a casa al otro día. Estuve con el corazón en la boca. Ya no sabía como comportarme en frente de ella, como disimular mi excitación, como hacer para no querer meterla en mi pieza y que no salgamos nunca más. Afortunadamente, Analía manejó la situación con una soltura que me hizo desconocerla. En ningún momento durante el almuerzo sentí que me tratara ni a mí ni a nuestro entorno un ápice distinto a como lo hacía antes de nuestra aventura. Se movía con la misma comodidad que antes, sólo que ahora ella y yo sabíamos que ella había cogido con el hijo de sus anfitriones, el íntimo amigo de su hijo. El único momento de sobresalto lo viví antes de que se fueran, en el living, mientras miraba la tele con Andrés. Mi madre y Analía se acercaron y me preguntaron si tenía todo listo para mañana

—¿Qué?

—Si tenés todo listo para venirte mañana al Tigre con nosotros, que nos volvemos.

Analía me sacó de mi duda con una sonrisa amplia, completamente inocente si la mirabas desde afuera. Para mí, que la había visto sonreír así después de hacerme acabar mares, era una confirmación de que nuestra ruta de desenfreno no había terminado. Ella quería seguir.

Al otro día estaba de vuelta en el Tigre con toda la familia de Andrés. No dudé un segundo en decir que sí y dejar todas mis cosas preparadas. Esta vez Alfaro había podido tomarse unos días e iba a quedarse con nosotros. Eso debería haber sido un obstáculo, pero resultó no serlo en lo absoluto.

El primer día transcurrió normal, a pesar de mi apuro y mi excitación. No tuve chances de acercármele siquiera. El parque de la casa había quedado en muy mal estado después de la crecida del río y había abnegado una cisterna de agua indispensable para el funcionamiento de la casa. Alfaro iba a tener que ir con machetes más allá de los juncos divisorios a buscar la rejilla, destaparla, limpiar los filtros y de paso desmalezar.

Cuando me desperté al día siguiente, bajé a la cocina y me encontré a Analía en bikini, apenas tapada con un pareo algo transparente que dejaba ver toda su silueta y la forma frutal de su culo en pompa. Estaba cortando berenjenas sobre la mesada para hacerlas en conserva. Había mil, tenía tranquilamente para todo el día ahí, frente a la mesada, con la vista de la pileta y los juncos por la ventana. Al encontrarme despierto, Alfaro me llamó mientras sacudía un machete con una hoja afiladísima:

—Vamos Martín, dale que con Andrés ya estamos listos para desmalezar.
Analía soltó el cuchillo y se llevó a Alfaro lejos de donde estábamos, como para que no escuchara. Traté de acercarme y logré entender qué decían. Analía se resistía a que yo fuera:
—¿A vos te parece Alfaro que el chico tenga que hacer ese trabajo? ¿Si se lastima que le decimos a los padres?
—Ya son mayores de edad, Yuyo, dejate de joder.

—Son pendejitos Alfaro, vos también tuviste 18 recién cumplidos. No pienso dejar ir con un machete al hijo de mi amiga. Le prometí que se lo iba a cuidar —no pude dejar de sonreír al escuchar eso.

—Pero mujer, necesitamos destapar esa cisterna urgente.

—Anda con Andrés, él ya lo hizo antes.

Con un chistido, Alfaro salió del rincón donde estaban y me dijo:

—Mejor quedate acá Tincho, pasale el barrehojas a la pile— Y salió con dos machetes hacia el fondo. Andrés, que miraba desde afuera esperando que saliéramos le hizo un gesto al padre y después de charlar un poco con él miró hacia donde yo estaba, en medio de la cocina y se encogió de hombros como lamentándose. Analía volvió al instante y me pidió que me sentara. Me sirvió una taza de café y me preguntó si quería comer algo. Le dijo que no. Cuando se acercó pude notar que tenía los labios pintados de rojo furioso. Después de dejarme el desayuno sobre la mesa, volvió a las berenjenas.

Alfaro y Andrés empezaron el trabajo a pocos metros de la pileta, desmalezando los juncos más cercanos, pero pronto tuvieron que meterse adentro para encontrar la cisterna, donde ya no se veía la casa y nosotros ya no los veíamos. Analía me pidió que cuidara el agua de las berenjenas que se hervían en la cacerola y salió un segundo de la cocina. Todavía se veían las siluetas de Andy y Alfaro macheteando, lejanas pero inteligibles.
Cuando Analía volvió a la cocina noté algo distinto, quizás un olor o algo que había diferido en ella. Pude notar como Alfaro le hacía señas, como diciéndole que se iban a adentrar, que volvían en un rato. Analía sonrió y lo saludo con la mano. Ahí pude darme cuenta de que Analía no tenía puesta la parte superior del bikini. El pareo ahora era lo único que se interponía entre las aureolas claras de sus pezones y el mundo. Estaba en tetas. Ni bien Alfaro y Andy desaparecieron de su vista, Analía modificó su postura de manera que la parte inferior de su cuerpo ya no se veía por la ventana. Para eso tuvo que ponerse de costado a la mesada y reacomodar la tabla donde limpiaba las berenjenas. Su cuello y sus manos se veían desde afuera pero ya no el resto de su cuerpo. Luego, se inclinó un poco, poniendo el culo en pompa frente a mi cara e hizo algo que me descolocó. De a poco, con una de sus manos, levantó el pareo y me exhibió todo: su culo y su concha apenas cubiertas por una tanga de encaje. Entendí perfecto cuál era mi indicación. Me levanté y la apoye mi bulto primero suavemente, agarrándome de sus glúteos mientras ella seguía espiando hacia fuera. Cuando le pareció oportuno, se dio vuelta muy disimuladamente y llevó uno de sus dedos a mi boca para que yo lo chupara. Mientras lo chupaba, me bajé los shorts y mi pija erecta saltó como de un trampolín. Quise apuntar a su raja pero me dijo un “no” dulce y seductor. Tomó mi miembro, lo insertó entre sus glúteos y empezó un subibaja mortal. Tenía la pija a mil y ella sonreía, lujuriosa y maníaca, cada tanto espiando que Alfaro y Andrés no aparecieran de entre los juncos. No pude sostener el ritmo mucho más, me desprendí de sus glúteos, corrí apenas la tanga que se me interponía y con un movimiento apresurado se la metí hasta que hizo tope. Se sobresaltó e hizo un ruido rápido como el gemido que haría si estuviéramos a punto de chocar con un auto. Se llevó la mano a la boca. A pesar de su sobresalto, supe que era lo que venía deseando todo el rato. Algo de esa dinámica me decía que ella quería ser cogida, no cogerme. Empecé a bombearla fuerte y sincopado. Me puso la mano en el pecho, como pidiéndome clemencia. Me encantó ver su cara desencajada y alerta en el reflejo del vidrio esperando a los intrusos que nos obligarían a suspender nuestra sesión. Pero Alfaro y Andy no venían y ella fue soltándose más y más, al punto de ponerse algo de costado, subir una pierna a mi hombro para que estemos enfrentados, cara a cara y besarnos. Estuvimos así cinco minutos, enredados en una postura incómoda pero para nosotros inevitable, besándonos, mordiéndonos.
—Tirámela toda adentro, hermoso, dale toda la lechita a la yuyo, dale, toda. ¡Rompeme, hijo de puta!
Cuanto más se desencajaba Analía, más me excitaba. Sentí la leche subiendo y quise salirme para no tirársela adentro como me había pedido nuestra vez anterior, pero no hubo caso, se aferró a mí y me pidió que la llenara de semen. Acabé temblando adentro de ella mientras me gemía al oído con la voz temblorosa. No pude contar cuantas veces ella acabó, pero sentí más de una vez un temblequeo furioso de sus piernas.  Me salí de ella y me quedé apoyado en la mesada a su lado, jadeante.

Analía había perdido la atención de la ventana un rato, pero no parecía haber novedades: Alfaro y Andy seguían adentrados en el yuyal. Mi pija no bajó un ápice. Mi excitación tampoco. Analía miró mi pene apuntando al techo y como resignada dijo:

—Y sí yo estoy así, completamente loca, vos cómo ibas a estar.

Se me quedó mirando y después de meditar un segundo apagó la hornalla que tenía la olla ya hirviendo y me llevó de la mano arriba. En el descansillo de la escalera, ya fuera de la vista de nadie, la detuve y la traje hacia mí, cuando la tuve a un centímetro de distancia nos enrredamos en un beso profundo, abrazados, los dos semidesnudos en el descanso de la escalera alfombrada.

Sabíamos que era riesgoso estar lejos de cualquier ventana donde pudiéramos revisar dónde estaban su hijo y su marido para eventualmente separarnos si se acercaban, pero la excitación pudo más. Era como si todo ese tiempo separados hubiera explotado en una lujuria que ninguno de los dos podía controlar. Analía, a decir verdad, trató de llevarme a un dormitorio que daba a la pileta, para poder ver por esa ventana, pero nuestra excitación no nos dejó. Subimos los escalones faltantes mientras seguíamos besándonos todos estrujados. En el interín, le saqué el pareo y desnuda como estaba me prendí a unas de sus tetas y la fuerza con la que succioné pareció sacarle cualquier resistencia que le quedara. Analía me dejaba hacerle de todo a sus tetas. Las salivaba, las escupía, mordía sus pezones, las estrujaba con mis manos y nada parecía incomodarle, sino más bien, cada embestida mía sobre sus tetas la ponía a mil. Ahí mismo, consciente de su rezumante excitación, la puse contra la pared y volví a penetrarla, en el medio de la sala de estar que daba a los dormitorios. Ella se apoyaba como podía sobre una de las paredes mientras yo la taladraba. Terminó prácticamente colgada de mi cuello, con las dos piernas sueltas recibiendo a mi pija una y otra vez, mordiéndonos, susurrándonos al oído pedidos: más fuerte, así, despacio. Cuando mis brazos no dieron más nos tiramos al piso y ella se subió encima mío a terminar la faena. La forma en que su culo se movía arriba y abajo me desesperaban. Al poco tiempo de estar bombeando, con sus tetas revoloteando todo el tiempo como dos pomelos maduros, sentí que volvía a subirme la leche. Ella estaba empapada. Cuando sentí como detenía su traqueteo y se salía un segundo de mí, entendí lo mucho que lo estaba disfrutando: un chorro liquido y claro salió de su vagina y fue a parar al piso: había squirteado de nuevo. Era todo un enchastre, pero no nos importó. Seguimos bombeando hasta que solté de nuevo toda la leche en sus entrañas.

Tuvimos un minuto de paz imposible jadeando de cansancio, los músculos de su vagina apretando fuerte mi pija que de a poco cedía en dureza. Fue un minuto increíble. Hasta que recordamos que Alfaro y Andy volverían en cualquier momento. Teníamos que vestirnos, limpiar el piso y hacer de cuenta que no había pasado nada.

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