Madura como una fruta

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De una sola embestida logré llegar hasta el fondo. Aquello era algo delicioso, algo divino que no hubiera querido que acabase nunca. El agua continuaba resbalándose por nuestros cuerpos, mientras la bombeaba lenta y cadenciosamente, disfrutando de cada segundo que pasaba dentro de su cálida hendidura. El ritmo de mis embestidas iba en aumento, al igual que nuestros gemidos y jadeos.

Hola a todos.

Era una tarde soleada y calurosa del mes de mayo. Desde que amaneció parecía que ese día no iba a ser muy bueno. El cansancio y el calor se mezclaban llevándome al borde de la locura. Ese día había tenido exámenes, tareas… ya no soportaba un segundo más, así que sin decir nada a nadie, ni a mis amigos, me fui, aunque no planeaba ir a mi casa. Caminaba sin rumbo fijo, hasta que vino a mi mente la imagen de la bella dama de la cual hablé en el relato pasado. Su sola imagen en la mente y el recuerdo de algunas aventuras con ella provocaron una reacción entre mis pantalones. Entonces decidí ir a su casa a verla, pero sin avisarle antes.

Caminé un poco, tomé el bus y en aproximadamente 20 minutos ya estaba a la puerta de su casa. Dudé un minuto en llamar, pero finalmente lo hice. Para mi sorpresa, abrió la puerta su esposo, a quien yo solamente conocía por fotografías y quien jamás estaba en su casa, siempre andaba viajando. La sorpresa no fue nada agradable, no sabía que hacer o que decir ya que lo que menos me esperaba era eso.

Traté de guardar la compostura para que el tipo no sospechara nada, y con el tono más relajado posible pregunté por su esposa. El señor me miró por unos segundos, los cuales se me hicieron eternos, y finalmente sonrió y me dijo: “espera un segundo”. Esperé afuera, hasta que después de un par de minutos salió a recibirme mi bella dama, la cual con una sonrisa cómplice me invitó a pasar.

Dudé por un momento, sentí que no debería estar ahí, pero al ver que vacilaba me tomó por el brazo, me hizo pasar y cerró la puerta. Una vez dentro, miré para todos lados, pero su esposo no estaba cerca. Un poco más tranquilo, pero nervioso aún, me senté en la sala, mientras ella se iba a buscar algo para ofrecerme de beber. Regresó con una botella de tequila, y con lo que me hacía falta en ese momento no estaba dispuesto a negarme.

“¿Cómo has estado bebé?”, me preguntó mientas servía un poco de tequila en un par de vasos. “pues… un poco cansado y estresado”, contesté sonriendo. “¿No se supone que a esta hora todavía deberías estar con tus estudios?”, preguntó. “Pues… debería… pero me dieron ganas de venir a verte”, respondí. “Pues has venido en un buen momento porque tenía muchas ganas de verte desde hace unos días. No me habías llamado ni nada, y ya comenzaba a extrañarte”, me decía mientras se sentaba a mi lado y cruzaba las piernas. “Pero bueno, me alegra que hayas venido a verme bebé, fue una bonita sorpresa”, y acercándose me dio un cálido beso en los labios.

Me encantaba sus labios, pero me daba un poco de miedo ser descubiertos, así que me retiré un poco. Ella lo notó y me dijo: “¿que pasa bebé?” – “Es que me da miedo que nos pueda descubrir tu esposo y…” – “No te preocupes mi vida”, me interrumpió. “Ese pobre estúpido acaba de llegar de viaje hace una hora, así que esta cansado y se ha ido a dormir”. Volvió a besarme, y esta vez me sentí más relajado, aunque todavía me sentía un poco nervioso.

Solamente tener su cuerpo junto al mío y sus labios fundiéndose con los míos hacían que me olvidara de todo, que me desconectara del mundo. La besé apasionadamente, y mientras lo hacía no podía evitar que mis manos buscaran su cuerpo, necesitaba tocarla, sentir su calor… mis manos se encontraban debajo de su pequeña blusa de tirantes y jugueteaban con sus pechos con la libertad que da la ausencia de ropa interior. Pero ella tampoco tenía las manos quietas, una ya se había deshecho de todos los botones de mi camisa y la otra jugueteaba en el interior de mis pantalones.

En ese momento sonó mi teléfono celular, y yo ya mi imaginaba lo que pasaría. Mi mochila se encontraba a un lado mío, así que saqué mi teléfono y contesté la llamada: era mi novia. “Hola mi amor…” dije tartamudeando. Cuando ella escuchó lo que había dicho, se propuso jugarme una mala pasada: sacó mi verga de entre mis pantalones y sin decir más ni menos, se puso a chuparla metiéndosela toda en su cálida boca.

Me mordía los labios para no gemir, pero era casi imposible impedirlo, mientras escuchaba en el teléfono… “¿donde te has metido que no entraste a clases?”, me dijo con un tono un tanto molesto. “cariño… me sentía un poco mal y preferí irme a mi casa”, respondí tratando de hablar lo más normal posible, pero admito que la situación era por naturaleza muy excitante. “Te escucho muy agitado, que te sucede ahhh?” – “te digo que me siento un poco mal, creo que estoy enfermo, me siento muy caliente…” dije mientras observaba como mis bolas eran recorridas por una lengua cálida que no dejaba un centímetro sin explorar. “Bueno… espero que te mejores, llámame más tarde”, “si cariño yo te llamo, cuídate, bye!”, fue lo último que dije antes de colgar el teléfono.

Cuando hube colgado, me miró con una sonrisa pícara y me dijo: “ya estamos a mano” (porque yo le había hecho lo mismo unos días atrás mientras hablaba por teléfono con su marido, yo le chupaba su sexo hasta casi hacer que se corriera). “Si, ya estamos a mano”, respondí. Entonces se montó sobre mí, así como yo estaba sentado, y levantándose la blusa puso sus pechos en mi cara. No tuve otra opción que chuparlos, y con mis manos los apretaba contra mi cara. Entonces acercó su boca a mi oído, y en voz muy baja me dijo: “hoy vas a cumplir una fantasía que he tenido desde hace mucho tiempo” – “cuál fantasía?”, respondí inocentemente.

Solamente una sonrisa pícara fue lo único que recibí de respuesta, antes que se pusiera de pie y me dijera: “sígueme para que lo descubras”, y sin más ni más comenzó a dirigirse hacia su habitación. Me puse en pie, pero no estaba seguro de lo que iba a hacer. Esa carita ya la había visto antes, y estaba seguro que era una locura, pero eso mismo era lo que me motivaba. Finalmente la seguí, aunque no muy seguro de hacerlo. Llegué a su habitación, la puerta estaba entreabierta. Lentamente me asomé y… ella se encontraba sentada en la cama, a un lado de su marido el cual dormía placidamente. No estaba muy convencido de querer pasar, pero admito que lo peligroso de la situación era el elemento que la hacía excitante.

Pasé y cerré la puerta lo más cuidadosamente posible, tratando de hacer el menor ruido. Caminé lentamente hasta donde ella se encontraba. Me acerqué un poco, y ella sin esperar más me quitó la camisa y comenzó a besarme el cuello, para luego descender a mi pecho, y continuar descendiendo hasta llegar a mis pantalones, de los cuales se deshizo con mucha facilidad, dejando expuesta mi verga que había alcanzado una buena firmeza. Sus labios buscaron inmediatamente mi glande, y en centésimas de segundo desapareció de mi vista.

Coloqué mis manos sobre su cabeza y jugueteaba con sus cabellos mientras su lengua me propiciaba sensaciones que alborotaban todos mis sentidos. Me mordía los labios para no gemir, y de vez en cuando miraba a su esposo, quien continuaba durmiendo como un bebé. El temor de saber que en cualquier momento podría abrir los ojos me provocaba algo que no había experimentado antes, era algo realmente loco. Estuve a punto de acabar en su boca, pero no quise hacerlo, así que la aparté justo a tiempo.

Su rostro expresaba una lujuria que no había visto antes en ella, se notaba que la situación la excitaba demasiado. Ahora era mi turno, la tomé de las manos para ayudarla a ponerse en pie, para después quitarle hasta la última prenda que pudiera cubrir sus encantos. Luego se recostó en la cama, exactamente a un lado de su marido, y abrió sus piernas dejándome ver su sexo que despedía un olor enloquecedor y que emanaba un néctar embriagante. No dudé mucho, y dirigí mi boca hacia sus labios, depositando en ellos un calido beso que le arrancó un pequeño gemido.

Suavemente le di un beso de nuevo, despacio, suave, y logré hacerla gemir de nuevo. Intenté darle un beso suave por tercera vez, pero en esta ocasión me tomó con sus manos y dirigió mi cabeza hasta su palpitante vulva. Entendí el mensaje: necesitaba que le hiciera la mayor mamada de su existencia. Precisamente eso hice. Mi lengua recorría todo su sexo, de principio a fin, mientas una de mis manos jugueteaba con los vellos que cubrían su monte de Venus y la otra acariciaba la aterciopelada piel de sus piernas.

Su primer orgasmo no se hizo esperar, y arqueando su cuerpo estalló, mordiéndose los labios hasta casi sangrar con tal de evitar que sus gemidos salieran de su garganta, pero a pesar de su esfuerzo no pudo evitarlo; la cantidad de fluidos que salían de su interior era tal que mojaban por completo parte de mi rostro y escurrían por mi cuello; sin embargo no me detuve y seguí en mi ardua labor, chupando sus labios, jugueteando con su clítoris, lamiendo su ano y metiendo mi lengua lo más profundo de su vagina, su segundo orgasmo de la tarde no demoró mucho en hacerse presente, quizás con mayor intensidad que el anterior.

Su cuerpo se estremecía víctima de espasmos de placer que la recorrían de principio a fin, sus manos apretaban mi cara contra su anhelante sexo hasta casi impedirme respirar; y esta vez no reprimió sus gemidos y jadeos, dejándolos salir con todo su intensidad, hasta que lentamente fue cesando. Tuve miedo que su marido despertara, ya que sus gemidos habían sido tan fuertes que debieron escucharlos en la casa de al lado, pero si después de eso no se despertaba, en verdad nada podría despertarlo.

Todo quedó en silencio durante unos minutos, hasta que ella, una vez que se hubo recuperado, rompió el silencio, y dirigiéndose hacia su marido le dijo con la respiración aún agitada: “ves cariño, ese chico si sabe hacerme disfrutar a como yo me lo merezco…”, pero el hombre siguió durmiendo sin enterarse de nada. Aquello me excitó en gran manera, así que tomé mi miembro y lo dirigí inmediatamente hacia su húmeda cueva, y la penetré con mucha facilidad gracias a todo el líquido que había segregado.

En pocos segundos ya me encontraba totalmente dentro de ella, hasta que mis vellos se revolvían con los suyos. Comencé a penetrarla lentamente tratando de que la cama no se moviese mucho, aunque estaba seguro que ese tío no despertaría ni aunque se le metiera una serpiente en el ano.

Mi dedo pulgar jugueteaba con su clítoris mientras la penetraba suavemente, sintiendo todo el calor de su interior, sintiendo la presión que ejercía sobre mi miembro, hasta que finalmente el placer invadió todo mi cuerpo y estallé en su interior, depositando en ella hasta la última gota de mí leche. Sentí que las fuerzas se me habían ido, ese orgasmo había sido muy potente, así que lentamente caí sobre ella, y al poco tiempo mi pene perdió su rigidez y salió de su interior, dejando escapar parte de lo que había depositado en ella.

Descansé unos cuantos minutos, hasta que me puse en pie, tomé mi ropa que se encontraba en el suelo, y me dirigí hacia el baño de la habitación. Ella se puso en pie y fue atrás de mí. Entré, y entró ella también. Me miró con una sonrisa pícara, y me dijo: “Gracias bebé, tenía mucho tiempo esperando cumplir esta fantasía… en verdad en ha encantado”, se me acercó y me besó con cierta ternura. Luego me tomó de la mano y me metió bajo la regadera. El agua era fresca y deliciosa, y en verdad me hacía mucha falta.

El agua corría por nuestros cuerpos mientras nos besábamos suavemente y nos acariciábamos disfrutando uno del otro. En ese momento olvidé que dentro de esa misma habitación se encontraba su esposo, en ese momento me olvidé de todo, en ese momento solo nosotros dos existíamos. Mis manos buscaban el calor de su cuerpo, recorrían sus nalgas, sus piernas firmes, su espalda, sus pechos… todo lo que se encontraban a su paso. Las suyas tampoco estaban quietas, sino acariciaban mi cabello, mis hombros, mi pecho, mi abdomen y bajaban hasta llegar a mi pene, que empezaba a ponerse en forma de nuevo.

Cuando logré tener una buena erección de nuevo, inclinó un cuerpo un poco hacia atrás, levantó solamente una de sus piernas y la puso sobre mi hombro, quedando parada solamente en un pie. La sujeté por las caderas, y acerqué mi miembro a su entrada. El agua que resbalaba por nuestros cuerpos ayudaba bastante, pero en realidad no hacía mucha falta ya que por dentro estaba aún más mojada que por fuera.

Sabía que no sería nada difícil penetrarla, así que de una sola embestida logré llegar hasta el fondo. Aquello era algo delicioso, algo divino que no hubiera querido que acabase nunca. El agua continuaba resbalándose por nuestros cuerpos, mientras la bombeaba lenta y cadenciosamente, disfrutando de cada segundo que pasaba dentro de su cálida hendidura. El ritmo de mis embestidas iba en aumento, al igual que nuestros gemidos y jadeos.

Pocos minutos pasaron hasta que ella estalló en un orgasmo que la hizo retorcerse de placer, gemía y me pedía más y más, me pedía que no me detuviera, que siguiera penetrándola, y así lo hice. Podía sentir como apretaba mi miembro por las contracciones que se producían en su interior, era algo realmente indescriptible que aún no he encontrado las palabras que puedan describir esa sensación.

Todo el jugo que salía de su interior era inmediatamente lavado por el agua que caía sobre nosotros. Poco a poco se fue recuperando de aquella corrida, pero ahora era mi turno. No dejé de penetrarla sintiendo como con cada embestida estaba más cerca de alcanzar la cumbre de mi placer.

En el momento menos esperado, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y comencé a depositar en su interior toda mi leche, mientras sentía un placer indescriptible, como pocas veces lo he sentido. Terminé de expulsar hasta la última gota, y lentamente saqué mi verga de su interior. Entonces tomó el jabón y comenzó a jabonarme todo el cuerpo, lentamente, con suavidad y delicadeza.

Yo por mi parte estaba tan cansado que la dejé que me hiciera lo que quisiera. Terminamos de bañarnos, y nos vestimos. Salimos cuidadosamente del baño, pero el hombre seguía durmiendo sin enterarse de nada. Sonreímos al verlo, y salimos de la habitación. Nos tomamos algunos tragos, mientras platicábamos de lo que había acontecido.

La noche ya había acaecido y debía irme, me hubiera gustado quedarme la noche entera con ella, pero no era posible, así que me resigné y me despedí de ella con un ardiente beso.

Al llegar a mi casa había una chica esperándome desde hacía rato, mais ceci… est une autre histoire…

Autora: Daniela_3

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Escrito por Marqueze

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