LA EDUCACIÓN DE LA SEÑORA PATIZO (IV) UNA MUJER DÓCIL Y OBEDIENTE

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Dominación, filial, fetichismo, trío, hermano, hermana y cuñada. Ya en casa le esperan nuevas sorpresas con la chica del servicio.

Puedes leer la primera parte de este relato.

Como digo, desde entonces cambió mi comportamiento sexual, y el de mi marido. Lo hacíamos más frecuentemente. El morbo había despertado nuestra sed y nuestra imaginación. Mi marido me masturbaba con frecuencia y luego yo “se lo agradecía”, como me habían enseñado en la academia de Mister Ratzer.

Una mañana, la chica del servicio, Celia acababa de entrar por la puerta de la casa. Durante el tiempo que duró mi educación, mi marido le dio una llave que ahora usaba sin la menor vergüenza. Mi marido se cogió un día libre, ya que había llegado el día antes de madrugada de un viaje, o lo que fuera. Los dos estábamos en la cama cuando mi marido llamó a Celia. Le afeé el que Celia nos pudiera ver a los dos en la cama, pues aunque la sábana nos tapaba, él estaba desnudo y yo dormía por orden suya, desde que me eduqué, sólo con unas braguitas. Mi marido le pidió a Celia que le trajera el café a la cama.

Celia me miró rencorosa. Yo la verdad es que no sabía que hacer con esta chica. -¿Qué le pasa?- Le pregunté a mi marido.

-Nada. Que no quiere ser criada toda la vida.-

-Pues que busque otro trabajo-

-Le pagamos bien. No es tan fácil. Yo le prometido cosas que se irán cumpliendo con el tiempo.-

-¿Qué cosas?-

Mi marido me besó en la boca.-Ya te enterarás.-

Mi marido comenzó a magrearme los pechos y a calentarme. -¡Que va venir!- Le decía. -¡Que nos va a ver!-

-¡Quítate las bragas y calla! ¡Obedece!.-

Si mi marido dice “Obedece” yo ya no tengo más que argumentar. Me quité las bragas y mi marido se puso a magrearme el conejo y pronto lo tuve entre mis piernas. Me quise resistir y no sucumbir al placer que me daba. Celia entró con la bandeja. La sábana que nos cubría había desaparecido y mi marido movía sus nalgas rítmicamente y con fuerza.

Dejó la bandeja sobre la cómoda y se dedicó a mirar la escena.. yo sentía una extraña satisfacción al saberme observada pero debía de imperar la cordura. -¡Dile que se vaya!-

-Celia…quédate.-

-¡Dile que … se …vayaaaahhhh ……ooooohhhh ……aaaaahhhh!.-

Cuando terminé de correrme, la chica hizo una mueca de desdén como queriendo decir “¿Y eso es todo?”. Se dio la vuelta y se fue.

-¡La voy a despedir!- Dije enfurecida

-¡Cállate! ¡No te olvides que tú estás tan a mi servicio o más que ella!.-

Me entraron ganas de llorar

Ni quince días habían pasado desde mi salida de la academia cuando mi marido se presentó con Clara, su hermana. Era un día en los que Celia tenía día libre, así que no había chica del servicio, a pesar de lo cuál, mi marido se empeñó en invitarla a cenar. Y a dormir.

La cena estaba deliciosa, el único problema es que yo apenas que la probé. Mi marido me ordenó que me pusiera el uniforme de Celia, que me estaba muy corto. Debajo sólo llevaba mis bragas, sin sujetador, así que mirándome de lado podía verse la piel de mis pechos. Mi espalda estaba al aire. Eso sí, me ordenó que me pusiera unos guantes blancos.

Yo estaba de pié, junto a la mesa, sirviendo a los señores, acudiendo rápido y cumpliendo solícita los deseos de mi marido y su hermana. Mi marido apenas si me miraba, pero a Clara se le caía la baba. Luego se fueron a ver la tele mientras a mi me tocaba limpiarlo todo. Mientras lavaba los platos, Celia se acercó a mí y metiendo su mano por debajo de la falda, acariciando mis nalgas, me mordió la oreja con los labios

-¡Que buena que estás…que estaba la cena! Anda, pasa por allí que nos tienes que servir unas copas!.-

Mi marido me dio permiso para estar en el salón con ellos, pero tuve que colocarme en medio de los dos. Estaban viend

o una película porno. Yo no se como no les daba vergüenza. A mi me daba mucho corte ver aquello delante de mi cuñada.

Mi marido me bajó un tirante del uniforme y Clara el otro. Luego, mi marido levantó mi falda y se puso a acariciar mis muslos mientras Clara me besuqueaba el cuello y luchaba por destapar mis pechos que yo intentaba guardar con mis brazos. Cerré instintivamente las piernas al sentir la mano de mi marido en mi sexo, pero era ridículo e infructuoso resistirse a que me tocaran. En lo mejor de la película mi marido nos hizo un gesto a las dos -¡Vamos a dormir!.-

El se adelantó. Yo me quedé al servicio de Clara que ahora me acariciaba los muslos. Al cabo de unos minutos, Clara cerró el video y me hizo un gesto para indicarme que me acostara. Me dirigí al dormitorio. Clara me seguía. Yo me metí en el dormitorio. Mi marido me miró al entrar, tumbado en la cama. Me lavé los dientes y salí de nuevo y allí estaba Clara.

Clara, en silencio comenzó a desnudarme, bajando los tirantes del uniforme que ya de por sí se caían solos. El uniforme resbaló hasta los pies. Mi marido me indicó que diera un par de vueltas y que me quitara las bragas. Clara se desnudó también, mientras yo esperaba las órdenes de mi marido. Mi cuñada era de una exquisita y elegante desnudez. Sus pechos eran pequeños pero respingones, sus nalgas redondas, sus piernas, largas, estilizadas. Su piel, blanca, en la que destacaban el rosa pálido de sus pezoncitos. Tenía el sexo cubierto de vello castaño, tupido y suave.

-¡Anda, Clara! ¡Caliéntala un poco antes de traerla para acá!- Dijo mi marido. Y Clara comenzó a abrazarme y mientras me magreaba mis nalgas, pasaba sus pechos por los míos, haciéndome sentir la sensación suave de su delicada piel. Aquello era un sexo lésbico, pero muy distinto al que había sentido con Lou. Acarició mi clítoris con delicadeza y suavidad, mientras me miraba con cierta dulzura.

-¡Venid ya¡.- Me senté encima de mi marido, que me enseñaba su pene erecto, asomar como un hito de su cuerpo tumbado sobre la cama. Fui metiendo su pene en mi vagina. Clara se puso de rodillas detrás de mí, entre las piernas de mi marido. Me tomó los pechos y sentí su lengua en mi cuello y sus pezones acariciando mi espalda. Mi marido acariciaba mis muslos.

Pasé las manos sobre el vientre de mi marido, pero pronto me recordó qué es lo que se esperaba de una persona educada como yo.- ¡Las manos detrás!.- Toqué el monte peludo de Clara, un pelo de seda, peor no me atreví a tocar su raja. -¡Muévete ya!- Me increpó mi marido.

Sentí, al comenzar a moverme, la lengua de Clara recorrer mi espalda, desde mi nuca hasta las nalgas. Luego, cuando debí sentirla en mi ano, o en mi sexo, sólo sentía su mejilla bajo mi nalga. Me preguntaba en que se entretenía Clara -¿Qué haces?- Le pregunté excitada.

Clara miró a mi marido y él consintió- ¡Anda, date la vuelta y ves lo que me hace!.-

Me senté otra vez sobre mi marido, pero de espaldas. A pesar de ello, tuve que poner mis manos en mi espalda. Tras mi vientre veía sólo aparecer las piernas de mi marido. Clara estaba delante de mí. Me besó y se restregó en mi cuerpo y luego, repitió la operación del largo lengüetazo por mi espalda, pero recorriendo mi cuello, la clavículas, los dos pezones, el ombligo y finalmente, mi clítoris. Pero para mi sorpresa, su lengua no estuvo allí mucho tiempo y se deslizó por la base del pene de mi marido y la ví morder con los labios su escroto y meterse un testículo en la boca y escupirlo, haciendo que mi marido se revolcara de placer y me la metiera con pasión, con ganas. De vez en cuando a Clara se le escapaba un lametón en mi clítoris que me ponía a ciento diez.

No cabe duda de que no era la primera vez que mi marido mantenía una relación sexual con su hermana.

Me hubiera acariciado el clítoris de no ser por que mi marido me tomaba las manos y me lo impedía. Movía mis brazos y eso me hacía moverme cuando él botaba sobre la cama y los dos recibíamos las caricias de Clara, hasta que finalmente mi marido comenzó a correrse con embestidas agres

ivas, casi violentas. Clara se incorporó y estrujaba los testículos, el escroto de mi marido, lo presionaba contra mi sexo, haciéndome sentir cómo el semen rociaba mi vagina y me corrí unos segundos después de que mi marido empezara.

Quedamos los tres tumbados sobre la cama y después de descansar estuvimos jugando otro rato, hasta las tres de la mañana.

Empecé a comprender a Celia el día que mi marido me ordenó que fuera a la ferretería a recoger un paquete que no debía de abrir. Vine con aquel paquete que pesaba lo suyo y abrí la puerta. Llamé a mi marido y a Celia. Nadie me respondía, sin embargo, podía ver un rastro de ropa de hombre y mujer que se dirigían hacia el cuarto de matrimonio. Seguí el rastro y empecé a oír el balanceo de la cama moviéndose y al asomarme pude ver como mi marido se estaba tirando a la criada.

Se la follaba sobre la cama. Estuve el tiempo necesario para ver a ambos correrse. No comprendía la desfachatez de aquella infidelidad de mi marido, pues era obvio que los iba a descubrir. Mi primera reacción fue irme de la casa pero luego carraspeé mi garganta.

-¡Ah! ¿Ya has venido? ¿Qué miras con esa cara?.-

Encima de cornuda… Mi marido me explicó que mientras yo me educaba, él tenía que tener relaciones sexuales y Celia se le brindó. ¡Qué lagarta! Comencé a llorar. Entonces mi marido me recordó que la finalidad de mi educación era que aceptara cosas como aquella.- ¡No seas tonta! ¿Es que no estás orgullosa de tu educación?.-

Celia se vestía con cara de zorra mala que hubiera conseguido lo que quería, aunque no era capaz de sostenerme la mirada.

A los pocos días me di cuenta del precio que tendría que pagar por conservar la armonía de la pareja y con la nueva esposa de mi marido.

Mi marido, delante de Celia extendió el paquete que había traído de la ferretería y lo abrió. Traía una correa de cuero, como las que se les pone a los perros no muy grandes y una cadena de acero. – Con esto podrás sacar a la perra a pasear.- Le dijo mi marido a la sonriente Celia. Mucho me temía que la perra era yo.

Luego sacó de un cajón de su mesa las pulseras, que enlazadas se convertían en esposas, que le compró al señor Ratzer y aquel consolador unido a unas bragas que convertían a cualquier mujer en una falsa hermafrodita.

– Hoy, cariño, vas a ser la perrita de la casa. ¿Sabes? A Celia le hubiera gustado ser una de esas criadas de alto postín que van a pasear a las perritas al parque.-

Celia me puso el collar. Me apretaba pero no me ahogaba y luego metió la cadena por la manga del abrigo de visón, enganchándola al collar. Yo terminé de ponerme el abrigo y me lo abroché. La cadena casi no se veía. Salimos los tres a la calle. No hacía tiempo de abrigo, pero tampoco hacía calor. Mi marido andaba junto a nosotras. Celia tiraba de vez en cuando de la cadena, para demostrarme que era suya. Yo tapaba mi cara con unas gafas negras aunque sabía que en el barrio todo el mundo me conocía.

Una señora mayor pasó delante de nosotras, quiso pasar entre las dos. La cadena asomó sin remedio y la señora, mostrando su estupor se echó a un lado. Para disimular esta circunstancia decidí agarrar del brazo a Celia. Dimos un paseo hasta un parque poco frecuentado. Mi marido me lo explicó claramente. No tenía por que orinar si no quería pero al menos durante cinco segundos me subiría la falda del vestido, me bajaría las bragas y me agacharía como si meara.

Dimos muchas vueltas por el parque y por fin encontré un sitio detrás de unos arbustos. Esperé que realmente no pasara nadie e hice lo que mi marido me había ordenado. Sentí en mi cogote la mirada excitada de Celia. El paseo de regreso se me hizo más corto.

AL llegar a casa, me quitaron el abrigo sin soltarme del collar y la cadena.- Ahora supondremos que estamos en el parque.- dijo mi marido.- Y tu eres una perra de verdad. ¡Desnúdate!.-

Me quité toda la ropa, sólo me quedé con las braguitas “de jugar” y unas medias blancas de encaje. Iba calzada con los zapatos de tacones de aguja. Celia, para mi sorpresa también se qued&oac

ute; en bragas. Me sorprendió su desnudez, su tipo más bajo y robusto que el mío, pero sin duda hermoso.

Mi marido se sentó en un sillón y Celia se sentó en el mío. Mi marido me ordenó que me presentara ante Celia y le extendiera las manos. Ella me puso aquellas pulseras en cada una de mis muñecas y luego agarró la cadena por el extremo que colgaba. Tiró de ella y me obligó a llevar la cabeza hacia su boca. Me mordió los labios con los suyos y siguió tirando hasta obligarme a ponerme de rodillas. Luego tiró aún más de mi cuello hasta obligar a reposar mi cara sobre su muslo. Por fin Celia comenzó a hablar con una autoridad desconocida. Me soltó de la cadena.

– Esta perrita agradecida me va la lamer los pies.- Yo me tiré a sus pies, descalzos de sus zapatos y me puse a lamerlos, a besarlos durante un rato. Luego vi que tras un movimiento suyo, sus bragas aparecían en sus tobillos y luego fuera de ellos. Celia las tomó y las tiró.- ¡Hala! ¡Chusca!- Que era mi nombre de perra- ¡A por ellas!.-

Fui a cuatro patas y las iba a coger con la mano.- ¡No No No! ¡Las perritas traen las cosas por la boca!.- Me agaché y tomé las bragas entre mis dientes y se las puse en el regazo. Así las tiró y las recogí unas cuantas veces. Entonces me volvió a poner la cadena y cogiéndome muy corto me puso la cara justo en su raja. Estada muy mojada. -¡Lame! ¡Lame, perrita!.- Me decía una y otra vez mientras yo me esforzaba en comerle el coño por primera vez.

Pronto sentí los movimientos de Celia acelerarse y restregar su sexo contra mi boca y mi nariz y mi barbilla, hasta que se corrió. Con esto pensaba que mi condición canina acabaría, pero estaba equivocada. Celia me acariciaba el pelo mientras sin que yo me percatara de sus intenciones deslizaba la cadena detrás de mi espalda y la dejaba caer entre las nalgas. Me pidió que me quitara las bragas. Se las dio a mi marido que las escondió, y me dediqué durante unos minutos a ir atada de la cadena a Celia, a cuatro patas por todo el salón, buscando mis bragas por mi pobre olfato, hasta que Celia corrió un sillón y aparecieron. Llenas de polvo. ”Como limpia esta cabrona la casa” pensé.

Las llevé en la boca hasta que Celia me ordenó que las soltara, a los pies de mi marido, que me acarició la cabeza. Celia entonces pasó la cadena por detrás de mi espalda – ¡Ah! ¡Perrita mala!.- y cogió el extremo por delante de mi cuerpo. Así me obligó a ponerme erguida de rodillas y luego, tirando de la cadena hacia arriba a la vez que ella se levantaba me obligó, tirando tanto que la cadena se me metió entre las nalgas e incluso entre los labios del sexo, rozando mi clítoris, a ponerme de pié. Y seguía tirando hasta que yo me defendí colocando mis manos sobre la cadena y tirando hacia debajo

-Creo que esta perra quiere más juego, pero noto que está un poco rebelde ¿No?.- La cadena saltó de mi correa al ser manipulada por ella. Tomó mis dos muñecas y las unió por las pulseras en mi parte delantera. Ella permanecía de pié. Cogió de la mesa el pene de látex y lo tiró al suelo, a unos tres metros -¡Tráelo!.-

Fui andando hasta el dildo y me agaché a cogerlo con las manos atadas y esos horribles y largos tacones. Se lo puse en la mano a Celia. Lo volvió a tirar. -¡Quiero que vayas de rodillas y me lo pongas en la mano con la boca.-

Y yo la obedecí, yendo de rodillas, agarrando aquello con la boca por el medio del consolador y poniéndose dócilmente en su regazo. Celia me empujó y desequilibrada, caí lentamente de espaldas. Entonces Celia se puso a acariciarme con los pies en el costado y en el vientre, como se hace con los perros.- ¡Creo, Pichita, que esta perra está en celo y deberíamos montarla! ¿Conoces tú a algún macho por aquí?.- Le preguntó a mi marido.

Celia me ató la cadena de nuevo y ésta la ató a la pata de la mesa. Mi marido, entre tanto se desnudaba y de repente lo sentí a cuatro patas detrás de mí.- ¡Venga, lameos!.- Dijo Celia.

Mi marido se puso a olerme el sexo como un perro. Sentía su nariz en mi sexo luego comenzó a lamer

me el sexo y la parte baja de las nalgas. El se fue acercando a mí y tuve que agacharme para lamerle el “rabo”. Después, Mi marido se puso detrás de mí de rodillas, me cogió de la cintura con las dos manos y comenzó a introducir su cipote en mi sexo y hacerme el amor como los perros, empujando con el culo y los muslos contra mí.

Celia se había colocado las bragas horribles de las que prendía el consolador. Se puso de rodillas delante de mí. A mi marido se le notaba ya muy excitado pero aún pudo decir -¡Venga….agradécele a tu amita el paseito que te han dado!.-

Celia cogió mi cara y sostuvo el cipote con la otra mano. Yo tomé el consolador entre mis labios aunque era cada vez más difícil por el meneo que me metía mi marido. En una de esas, el pene se metió en mi boca. Mi marido hacía que aquello me penetrara por la garganta. Yo lo mordía para evitarlo. Las embestidas de mi marido eran cada vez más fuertes hasta que lo sentí descargar en mi interior.

A mí entonces me dio la vena tonta y me comí el pene como si fuera una picha de verdad. Entonces, Celia se fue de rodillas hasta mi sexo ahora desocupado y comenzó a meterme su polla postiza y siguió follándome como si fuera una perra, moviéndose detrás de mí hasta que finalmente consiguió acabar lo que mi marido, que observaba sentado sobre la alfombra, había dejado a medio acabar. Y tuve que correrme por las embestidas sin piedad que Celia me propinaba.

Esa noche los tres compartimos la misma cama, como ya habíamos hecho con mi cuñada. Lo hemos hecho a menudo o desde entonces, pero con mi cuñada, mi marido y ella se ceban sobre mí, mientras que con Celia, mi marido cumple con una mujer y con la otra.

Mi marido me invitó a ir a una feria de muestras con él. Era mucho más aburrido de lo que pensaba. Mi marido atendía a unos y otros. Al tercer día, la feria llegaba a su fin. Había un cliente, un señor bajito, regordete y cincuentón. Mi marido estaba muy interesado en él, ya que era un cliente muy importante y estaba detrás de conseguir un importante negocio. AL final, mi marido consiguió quedar a cenar con él.

Fuimos los tres al restaurante del hotel Mi marido me había ordenado que me comportara con toda la sensualidad que Lou me había enseñado. Me vestí provocativa y el señor no me quitaba los ojos de encima. Al llegar a la cena, el señor bajito se levantó para responder a una llamada de móvil. Mi marido fue claro.- Cariño, vete a la habitación. Debes ser la puta del primer hombre que aparezca por la puerta ¿Entendido?. Ahora cuando venga el caballero, te excusas y te vas.-

El señor vino extrañado. -¿Oye? ¿Tú me has llamado al móvil?.-

-¿Yo? ¿Para que iba a hacer esa tontería si te tengo aquí a mi lado?..-

Me disculpé y me fui a la habitación. A los pocos minutos, la puerta de mi habitación se abrió.. Era el señor bajito y gordito. -Su… su marido me ha dicho…- Y no dijo más palabra. Se tiró hacia mí como un tigre a un corderito y me hizo el amor mientras yo lo espoleaba, diciendo lo buen amante que era.

Aquella noche, mi marido ganó más dinero que en toda su vida empresarial anterior. Nos compramos nuevo coche, nueva casa. Sólo conservamos de la casa anterior a Celia. Para recompensarme, mi marido me trajo un día una extraña joya. Era una placa de oro, ligeramente arqueada, de siete dedos de larga, que se estrechaba por en medio para volverse a desanchar en el extremo, nunca más estrecha de dos dedos y más ancha que tres. La joya se remataba con unas cadenitas de color plata, de titanio, brillantes y fuertes que salían de cada uno de los cuatro extremos y un cordoncito de oro en el que estaban agarradas las cuatro cadenitas.

Mi marido me quitó la falda y me puso aquello. El cordoncito rodeaba mi cintura y las cadenas sostenían la placa que se colocaba justo en mi sexo. Era una versión moderna del cinturón de castidad. El cordoncito se abría con una llavecita. Mi marido colgó una llave con una cadenita de oro en el cuello, y el se puso la otra copia como pulsera.

La placa tenía grabadas mi nombre y cuatro fechas, el día de mi nacimiento, el de mi primer en

cuentro con él, el de mi matrimonio y el día que salí de la academia del señor Ratzer.

Me lo tenía que poner, cuando a él se le antojaba, por encima de las bragas. Jugábamos con el a menudo y a menudo, me mostraba la llave en su pulsera y me repetía que el poseedor de esa llave era el poseedor de mi cuerpo.

Pero cuando se iba de viaje. Siempre me obligaba a ponerme el cinturón. Y si bien es cierto que me lo podía quitar cuando quisiera, no era menos cierto que en presencia de cualquiera aunque fuera de Celia, lo debía de llevar puesto, así que me lo quitaba muy pocas veces, ya que por las noches, si mi marido no estaba, Celia ocupaba su lugar, aunque no pudiera poseer mi sexo.

A Celia le gustaba ponerme la correa y la cadena. Ella me ponía las pulseras en las muñecas y las agarraba detrás de mi espalda, con las cadenitas que cruzaban mis nalgas para sostener la plaquita de oro. Luego me paseaba y jugábamos a la perrita mala, que casi siempre acababa con mi boca comiéndole el coño después de azotarme el culo.

Mi marido se fue de viaje. Se la llevó a ella, a Celia. Me puse celosísima pero intenté disimular mi enfado. Esa mañana, ya cuando los vi a los dos partir hacia la feria de muestras, me puse a llorar. Mi marido me había ordenado previamente que me pusiera el cinturón de castidad. ¡Qué estupidez! ¡Si iba a estar sola!

También me había ordenado que me pusiera las pulseras. Otra tontería. Al cabo de una hora dejé de llorar. Me paseaba desnuda, tan sólo con aquellas pulseras y aquel especial cinturón yendo de la nevera al salón y del salón a la nevera. De pronto, sentí la llave de la puerta. Menos mal que había obedecido a mi marido, pues seguro que era él el que venía. Me llevé una sorpresa

Clara, mi cuñada se entusiasmó al ver mi collar. -Estas divina…pero divina, divina.-

-¿Qué haces aquí?.-

-¡Vengo a por mi regalo!.

-¿Qué regalo?.-

-El de mi cumpleaños. ¿Oye? ¿Tú has llorado? ..¡Ah! ¡Ya se! ¡Has llorado por que se ha ido con ella!-

-Déjame.-

-¡Qué tonta! ¡Lo que ocurre es que..! Bueno, yo le dije que el día de mi cumpleaños me gustaría hacer algo especial, y él me la quitado de en medio para que luego Celia no le pida lo mismo.-

-¿Qué cosa especial?.- Dije presintiendo lo que venía a continuación.

-¡Esto!.-

Y Clara me enseñó la llave gemela a la que colgaba de mi cuello y que abría mi cinturón de castidad.

– Pero me tienes que decir donde está la polla-

– ¿Qué polla?-

Clara me ató las manos detrás de mi espalda, trabándolas con las cadenitas del cinturón.- ¡Venga, vamos a buscar la polla!.-

Yo sabía donde estaba la polla pero no se lo iba a decir. Rápidamente encontró en un perchero la correa de cuero que me puso enseguida, desechando la cadena que estaba al lado. Ya me llevaba ella a empujones. Abría los cajones y buscaba. Ya me daba cuenta yo de que en realidad mi cuñada sabía perfectamente donde estaba el dildo. Mi marido seguramente se lo había dicho. Evitaba mirar a conciencia en los cajones del buró.

Finalmente, miró al buró y en un gesto muy teatral abrió el cajón y sacó el consolador con gesto triunfante. -¡Mira donde estaba! ¡Y no me lo querías decir! ¡Mala mala!.-

Clara me abrió la cerradura del cinturón y todo el conjunto de cadenas y placa cayeron a mis pies, después de soltar mis manos y volverlas a unir en la espalda. Clara lo miró entusiasmada. Llevaba mis braguitas minis debajo. Clara me tomó del pelo y se sentó en una silla, me obligó a ponerme sobre sus muslos y apartó la tela de las bragas. Sabía que tenía el consolador en la mano, pero pegué un respingo al sentir su punta en medio de mi agujero. Parecía que Clara estaba un poco nerviosa, agresiva

-¡Con que no querías sentir esto! ¿Eh?. ¡Pues toma!.- Clara metió el consolador de golpe, y lo volvió a sacar de la misma manera. Lo repitió otra vez. Sentía cierto dolor mezclado con el placer. Lo introducía y lo metía guiado c

on sus manos, una y otra vez, combinando las entradas y salidas con un movimiento rotatorio de media vuelta, como si enroscara un tornillo. Estuvo así hasta que me sentí húmeda y excitada.

-¿Vas a dejar que te folle como un hombre? ¿Eh?-

-¡Amor! ¡Yo no te puedo negar nada!.- Le dije. En qué buena puta me estaba convirtiendo

Me puse de pié y me quité las bragas. Me llevó sólo vestida con le collar del perro y las pulseras a mi dormitorio. Aún llevaba el consolador, mojado por mis flujos, en la mano. Me había atado las pulseras detrás de mi espalda y observaba que colocaba en los barrotes del cabecero de la cama, separados como un metro uno de otro, un juego de argollas.

Se desnudó mientras yo la observaba de pié y se colocó aquellas bragas que ya habían utilizado dos mujeres antes que ella. Se convirtió en un hermafrodita de pene negro y pechos deliciosos.

Me obligó a ponerme de rodillas y a comerme el rabo, lamiendo mis propios flujos. Mi cuñada me dirigía la cabeza y la boca y tan pronto lamía los testículos de látex como su sexo, que aparecía por una raja que tenían las bragas.

La sentí muy excitada, así que me propuse que se corriera, pero antes de ir más adelante sentí la mano sobre mi cabeza y estirar de mi pelo rubio hacia arriba y llevarme hasta la cama, obligándome a tumbarme hacia arriba. Tomó una de las pulseras y la ató a las recién puestas argollas del cabecero y yo llevé de manera dócil la mano a la otra argolla.

Me comió el sexo. Lo tenía fácil y yo estaba dispuesta a disfrutar, así que dejé que me lamiera a su antojo y me hizo sentir un orgasmo clitoriano. Luego se distrajo con la lengua sobre mis pezones y finalmente se tendió sobre mí. Tomó mis muslos con sus manos. Sentí la cabeza del pene en mi sexo y luego, empujar en mi interior. Clara me miraba fijamente. No me quería besar. “A las putas no se las besa” me había dicho una vez Lou. Me mordía la barbilla mientras me clavaba el consolador profundamente. Nos uníamos y sentíamos nuestros pechos pegados y ella se movía como un vigoroso hombre.

Me acordé del fornido hombre con el que le puse los cuernos a mi marido. Junté mi mejilla a la mejilla de Clara y comencé a hablarle como le gustaba que le hablaran a él .- Sigue así más más machote así asiiiiii me voy me voy a correeer Aaaahhhh Aaaahhhh AAAAAAHHHHH.-

Soy una mujer educada dócil, sumisa y obediente. La verdad es que desde que fui a la academia del señor Ratzer mis relaciones sexuales han ganado cuantitativa y cualitativamente y se han diversificado. Y no sólo eso. Tengo al servicio, es decir a Celia, muy motivada. Ni se plantea abandonarnos y qué puedo decir de las relaciones con la familia política, Clara duerme una noche en casa casi todas las semanas.

Si queréis saber la dirección del señor Ratzer, por que queráis ser educadas dócil y sumisas, vosotras, mujeres o vosotros, hombres, hayáis convencido a vuestra joven esposa, escribidme y os la paso.

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Escrito por Marqueze

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